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¡Paraíso a la vista!

4 Mar

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Podría quedar como una rosa y decir que mis establecimientos preferidos son las librerías. Que cada vez que entro en una me da un aire y es como si me expandiera. Que cada vez que atravieso uno de sus dinteles me da un flus y empiezo a sentirme mística como Santa Teresa. Que cada vez que toco un libro, me siento arrebatada y entro en éxtasis flotatorio. Pero no. Eso sólo me pasa en un comercio, que no es éste. (Hala, a tomar viento mi reputación intelectual).

Eso sólo me pasa… ¡¡en las tiendas de las gasolineras!! Sí, queridos míos, sí. ¿Porque puede haber un lugar que condense, reúna o aglutine más placeres por metro cuadrado? A saber: patatas, cheetos, risketos y demás pecados en bolsa; chocolatinas a tutiplén (con galleta, con miel y almendras, con ¡¡dulce de leche!!); gominolas (en tarro, en bolsa, en brochetas); galletitas saladas, galletitas dulces, bollería variada que asustaría al propio colesterol… Y, además, revistas del corazón: el Hola, el Semana, el Lecturas, el Qué Me Dices…

Virgensantadelapiedadbendita… estoy entre salivando y llorando al mismo tiempo. Eso sí que es un paraíso. Porque, además, ¿cómo negarte un caprichito cuando llevas taaaaaantos kilómetros encima? (por tantos se entiende más de 5, que quede claro). Con lo que el coche cansa.

Pues unas patatillas y unos anarcados para acompañar y una fantita de medio litro para pasarlos y unos Miguelitos de la Roda de chocolate, para terminar. Porque cómo negarse a degustar en probatura la repostería típica de la zona, ¡eso sería un pecado gastronómico-cultural imperdonable!, un atentado contra los más elementales valores patrios.

¡Qué felicidad! Las tiendas de la gasolinera representan todo el quiero y no debo del día a día. Pero… ¡ah, se siente! Cuando uno viaja, todo está permitido. ¿A que sí? ¿A que sí, mamá, a que tú me dejas? Pues eso.

Yo no soy como Elsa Pataky. Y no solamente por lo que estáis pensando. Embarazada de gemelos y con un tripón ad hoc no ha pestañeado para declarar: “Me ha dado por las galletas de mantequilla. Muy ligeras no son, pero me tomo una al día y me cubre la tentación del dulce”.

¡Cielos, rayos y centellas! ¿Pero de dónde ha salido esta mujer? Una galleta, dice, una raquítica y mísera galletita de mantequilla al día como capricho culinario del embarazo. ¡Se han perdido todos los valores! ¿Pero cómo que una (1) galleta, criatura?

Ella no sabe lo que es entrar en una gasolinera. Que los ojos te hagan chiribitas, que recorras, cual sala de El Prado, cada una de sus estanterías con indisimulada devoción, que vayas a la caja a pagar sin que te quepa un productito más y seas capaz de agarrar la última chocolatina con la boca haciendo malabares con el Phoskitos que llevas en el antebrazo…

Ella no sabe lo que es vivir esta conversación con tus hijos:

-“Mamá, pon algo muy pesado encima de la cometa para que no se vuele”.
– “¿Y qué pongo?”
– “Pues ponte tú misma, je, je, je”.

Ella no sabe lo que es no poder castigar, sancionar y/o desheredar a un hijo que te llama oronda… porque tiene toda la razón. Claro, con una exigua galletita al día, qué va a saber…

Ahora, que a mí me da igual. No cambio una tienda de gasolinera ni por una fiesta de los Óscar repleta de canapés. De gustos sencillos que es una.

Es que quien no es feliz es porque no quiere. ¡Amos anda, con las de Hollywood!

Terry Gragera
@terrygragera

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