Archivo | enero, 2014

Dudo, luego existo

28 Ene

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Descartes fue un pringao. Un pardillo, un pajarel, un pechicolorado. ¿Pero a quién se le ocurre propugnar lo de la duda metódica? ¿A quién sembrar la pepita de la incertidumbre universal?

Porque digo yo, si filósofos como él se hubieran ocupado de desentrañar cuestiones trascendentes de verdad, otro gallo nos cantaría. Asuntos como: “¿Que mis hijos jueguen media hora al día con la tablet es mucho o poco?”, “¿Me estoy pasando a regañinas con mi hija preadolescente?”, “¿Cuántas docenas de veces se puede repetir una orden sin haber perdido la autoridad?”.

Cosas como ésta. De cada día. De todos los días. Que te consumen la paciencia. Y las fuerzas. Y que te hacen pensar que no sabes nada de nada, que te han regalado el carnet de madre en una tómbola y que la muñeca chochona tiene más virtudes que tú para educar a tus hijos.

Porque qué difícil es a veces domar a la prole, queridos míos. Sobre todo cuando hay gente delante. Me refiero a otros adultos, para más señas con hijos, que sólo con la mirada ya te están haciendo un traje: el de progenitor MD (¿muy demasiado?, no… ¡¡muy deficiente!!).

Me sentí así el pasado fin de semana cuando, después de ir a un partido de baloncesto, Teo no quiso finalmente jugar. Confieso que lo intentamos con todos los métodos y que lo sobornamos con un listado de tentaciones que ni Paris Hilton en sus mejores tiempos. Pero ni por ésas. Dijo que no jugaba y no jugó.

Así que ahí estábamos mi santo y yo sin saber qué cara poner, porque en el fondo, ¡oh, desgracia!, desconocíamos lo que teníamos que hacer. (si-lo-obligamos-a-ver-si-se-traumatiza-pero-si-lo-dejamos-hacer-lo-que-quiera-nos-va-a-tomar-por-el-pito’lsereno-pues-no-sé-lo-que-será-mejor-ni-yo-tampoco-pues-vamos-a-presionarlo-un-poco-más-¿más?-si-nos-ha-faltado-desheredarlo-pues-prométele-algo-¿algo-más-de-las-cuatro-bolsas-de-gogos-y-las-20-chuches-quieres-decir?-mira-yo-ya-no-sé-qué-hacer-y-para-colmo-qué-vergüenza-qué pensarán-los-otros-padres-yo-era-igual-de-pequeño-y-mírame-ahora-sí-has-cambiado-mucho-ahora-eres-aún-más-testarudo-si-nos-vamos-a-poner-así-yo-no-me-pongo-de-ninguna-manera-pero-el-partido-va-a-empezar-y-tendremos-que-decir-si-va-a-jugar-o-no-pues-yo-no-sé-qué-hacer-pues-yo-tampoco).

¿Es o no para meterle una demanda al tal Descartes?

Desde el “tú juegas porque si no estás castigado hasta que cumplas 18 años sin ver la tele”, hasta el “venga, bonito, venga, campeón, venga, mi cielo”, sin olvidar el socorrido: “¡Cuando lleguemos a casa verás!”, pasando por “pero si eres el mejor del equipo, qué van a hacer los demás sin ti, ay, mi niño, guapooooo”. Todo. Retodo. Y todo otra vez pensamos, dijimos o murmuramos sin éxito alguno.

Y todo ello en la más absoluta incertidumbre, indecisión y titubeo. Con lo bonito que es tenerlo claro… Debería estar prohibido que los padres dudáramos. Ya que nadie nos explica cómo hacernos cargo de los cachorros que la vida nos regala, al menos que nos programaran para no dudar. Hombre ya.

Ay, amigos, aún me estoy recuperando del sofocón del sábado. Y lo peor de todo es que horas después de poner nuestra capacidad paternal en entredicho, Teo se descolgaba, risilla mediante, con un: “Pues me arrepiento de no haber jugado”.

Desde entonces vivo en un mar de vacilaciones, y aún no he podido desovillar mi cabeza. ¿Soy una madre incapaz?, ¿he sido abducida por unos extraterrestres de Raticulín (fiu, fiu) que me han borrado el juicio y las certezas?, ¿si continúo dudando me quedaré calva?, ¿los niños nacen o se hacen?, ¿a qué huelen las nubes?

Pero qué fatigoso es titubear. Lo que yo os digo, Descartes… un espabilado. Duda metódica, duda metódica. Anda, que me sale la abeja que todos llevamos dentro y si no fuera porque este es un blog respetable acabaría con aquello de: “¡Que te pego, leche!”.

Terry Gragera
@terrygragera

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El amarillo no es un color

22 Ene

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El amarillo no es un color. El amarillo es un sacrilegio. Una impiedad. Una inclemente penitencia. Sobre todo para biparidas como yo que pasan de la cuarentena.

Y es que, amigos, este fin de semana me transmuté con el resto de mis compañeras en una Minion cualquiera (aquí tenéis la foto). Era la fiesta de Año Nuevo de mi empresa y tocaba disfrazarse.

Ya he glosado antes aquí la proverbial juventud de la chavalería con la que tengo a bien compartir mi vida laboral. Algo que se hace especialmente patente en estas ocasiones. Porque donde una madre como yo hubiera elegido un hábito de monja franciscana sueltecito y cómodo, sin poner en evidencia las lorzillas de más y la inevitable e impía ley de la gravedad que no deja cuerpo con prestancia, ellas eligieron un trajecillo corto y llamativo. En amarillo chillón.

Sí, queridos, sí. Y ahí me veis a mí con un petito vaquero “cubreingles” que se acompañaba de una camiseta tan ceñida que podría ser homologada para hacer torniquetes en los brazos y por unas medias de ese color que todo lo adelgaza, todo lo disimula, todo lo oculta, todo lo enmascara: habéis acertado, ¡el amarillo!

Porque no hay nada comparable a meter unas patas de jamón cinco jotas (las mías) en unas medias de talla única creadas para ser lucidas por una estrella de +/- 45 kilos del manga japonés, y luego mirarse en un espejo. Virgensantadelapiedadbendita. Celulitis… ¡presente! Grasa localizada… ¡en sus puestos! Descolgamientos varios… ¡arrr!

Pero eso no fue todo. Dispuestas a darme la noche, las medias de marras se me iban bajando cual pantalones “cagaos” a cada paso, para recordarme cada uno de los (kilo)gramos que me sobran y que, por supuesto, y esta vez sí que sí, pienso perder este año. Y, claro, tenía dos opciones: o medias a medio muslamen o peto arriba y culete al aire para subirlas cada 0,2 segundos. Afortunadamente, soy muy sufrida. Mis secretos siguen siendo míos.

Aún así, y pese a todos estos pequeños “inconvenientes”, tengo que confesaros que pasear por París (sí, mi empresa es francesa) vestida de Minion, con pestañas postizas (por primera vez a mis 42), mi gorrito (amarillo, of course), unas gafas de aviador retirado y canturreando “Ni-no-ni-no-ni-no”, como en la película, es un excelente antídoto para liberar la mente.

Lo que no me queda muy claro es lo que pensarán mis niños de mí. ¿Me verán como a un personaje de ficción? ¿Comenzarán los trámites para ingresarme en un frenopático? ¿Habrán hecho terapia de grupo en la asamblea del cole a mi costa?: “Mi madre se viste de Minion”. “Ooooh, lo sentimos”. “Estamos contigo”. “Apóyate en nosotros”…

Con lo agustito que hubiera ido yo disfrazada de Gru, con un abrigo de paño bien gordo hasta los pies, y me toca lucir cuerpazo, azo, azo…

Aunque en el fondo, ¿sabéis lo que os digo? Que viva el amarillo y los cuerpos contundentes enfundados en él. Aunque sea una única (y osada) vez al año. Et c’est fini. Lo que viene siendo: Ysanseacabó.

Terry Gragera
@terrygragera

Un cumpleaños, un parto y una emoción

15 Ene

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Me temo que este post me va a salir un poco ñoño. Melancólica que está una. Hace exactamente ocho años, en este mismo momento en que escribo, me encontraba recostada en el salón de casa, casi en penumbra, sintiendo las primeras contracciones que traerían a mi hijo Teo al mundo al día siguiente, un 15 de enero.

Con esa capacidad visionaria que dan las hormonas del embarazo a todas las mujeres, me había dedicado los dos días anteriores a ordenar fotos: las de los tres primeros años de vida de su hermana Ada. Pensé que iba a tardar mucho tiempo en disponer de nuevo de tiempo libre para esa tarea (y muchas otras) y estaba en lo cierto. Hoy, ocho años después, la caja de las fotos permanece como la dejé.

Mi niño cumple ocho años. Ese bebé que me tocaba suavemente la espalda de madrugada para que me girara y le diera el pecho, ese torpedillo que se rebozaba como una croqueta en la playa, ese niño sensible al que había que acompañar en los cumpleaños de los amigos… se nos hace mayor.

Cuando lo miro ahora parece que llevara toda su vida así: hecho un tirillas, diciendo “tomaaa” cuando le confirmo que puede jugar al Scalextric, pidiendo “dos chuches y una bebidita” como premio de cualquier cosa… Y, sin embargo, la sensación de notarlo dentro de mí permanece intacta.

Mi embarazo fue de libro. De libro Guinness de los Récords, quiero decir. Porque puedo dar fe de que es posible comenzar a sentirse (muy) mal, incluso antes del test de embarazo y continuar así nueve meses hasta dar a luz. Mi santo también. Tanto que juró una automutilación de salva sea la parte (a lo Lorena Bobbitt) antes de aguantarnos (a mí, a mi malestar y a mis hormonas) otra gestación más. Afortunadamente para todos, no fue necesario.

Sí, mi pequeño, definitivamente, está dejando de serlo. Y tal vez por eso recuerdo más que nunca esos meses de comunión perfecta, de sentirme, a pesar de todo, bendecida por llevarlo dentro de mí. Como si el parto hubiera sido ayer.

Y es que llega un día en que dejas de fingir que tu niño te llega por la barbilla porque de verdad te ha alcanzado. Un día en que tienes que pedirle a tu hija que se siente para peinarla porque ya no te llegan los brazos. Un día en que se te olvida que durante más de una década has dejado de ser tú, te has desleído, te has desculturizado, te has “enlorzado”.

Un día en que te das cuenta de que no puedes pedir nada más  porque hay dos pajarillos de 11 y 8 años que revolotean ¡sin parar! a tu lado.

Y es entonces cuando ves que la vida va pasando para quedarse. En lo más profundo de tu corazón.

No digáis que no os avisé…

Terry Gragera
@terrygragera

Pensando en el futuro

7 Ene

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Lo prometido es deuda. Aquí estamos de nuevo, Periquitos. A estas alturas del año, siete días después de su estreno, y tras unas completísimas Navidades, os imagino exultantes de júbilo y satisfacción. Exactamente igual que yo. Porque, admitámoslo, no hay nada más reconfortante ni energizante (aunque sea por aquello de poner los pelos de punta) que ligar una con otra, y con otra, y con otra… celebración familiar. Claro que sí.

Para nosotros han sido unas semanas muy intensas. Es lo que sucede cuando el cumpleaños de tu hija y el santo de tu marido se unen a los escasos compromisos propios de las fechas. Sí, Ada ya tiene 11 añitos, y por eso me ha entrado un ataque de pánico y he sobreexplotado las jorobas de los camellos de Oriente pidiendo cuatro libritos como cuatro soles sobre el proceloso mundo de la adolescencia. Para irme preparando. Para ir entrando en materia.

Sé que con esto avivo una vez más mi inmerecida leyenda de madre máspalláquepacá, pero como cita en su último libro mi reverenciado Carlos González: “La humanidad se divide en psicóticos, que son los locos, y neuróticos, que son los cuerdos”. Así que tengo que alimentar mi voraz neurosis.

Mi niñita ya ha pasado de la decena y para celebrarlo nos fuimos con sus amigos al zoo. Qué graciosos son los animalitos, oye. Sobre todo cuando delante de doce jovenzuelos y dos padres al borde de la implosión les da por aparearse. “Están jugando…”, dijo una de las amiguitas de Ada con alma caritativa ante nuestro ojiplático estado. “…Eso o están…”, continuó. Ay, ay, requeteayyyyyy. “…Eso o están… pensando en el futuro”. ¡¡Aleluya, aleluya!! (Cánticos celestiales). Qué alivio, qué sin par descanso. Yo que me esperaba oír lo peor, y aquella chavalilla me da una lección de buen gusto.

Pero el azoramiento me duró un buen rato. Casi tanto como cuando vino a visitarnos otra amiguita húngara de Ada. Mientras las chicas jugaban en casa, la madre se escapó al cine para ver una película y así refrescar su castellano. Todo perfecto. De no ser porque a la vuelta, muy educadamente, me interrogó: “¿Puedes explicarme qué significa la palabra ‘cachonda’? Salía todo el rato en la película”. Virgensantadelapiedadbendita, y yo que creía que con lo del acoplamiento animal ya había tenido suficiente.

Ada recibió como regalo de sus amigos una nueva cobaya a la que ella y Teo han llamado Lola. Así que de nuevo nuestro salón está ocupado por ruiditos, heno y esa jaula tamaño XXL en la que procuramos su bienestar a cambio de mortificarme visualmente cada día.

Y llegó la noche de Reyes, pero, oh cielos, cuando escribimos las cartas, Lola no estaba en casa y ahora sí. “Vamos a pedirle a los Reyes en una notita al lado de nuestros zapatos que le traigan algo a ella también”. “Pero a estas alturas, no sé yo si van a llevar en los sacos algo para cobayas…”. “Tranquila, mamá, que ellos son magos”. ¡¡¡!!!

Así que la noche de Reyes fue es-pec-ta-cu-lar. Ada no consiguió dormirse hasta las dos de la madrugada de puro nervio. Fue entonces, a una hora tan mágica como conveniente, cuando hubo que proceder con el empaquetado de regalos (“el año que viene esto no me pasa, los preparo antes”, llevo diciendo más de un lustro sin éxito). Resuelto el asunto de los envoltorios hacia las tres de la madrugada, ese bendito que haría lo que fuera por complacer a sus hijos, se dedicó con voluntad y acierto a materializar el presente cobayil: una patata artística digna de MasterChef talladita toda ella a cuchillo con el nombre de la homenajeada, pero a la que el bichito ignoró a conciencia al día siguiente.

Misión cumplida. Tres y media de la madrugada. Mi reino por una almohada. Pestañas recién plegadas. Cuatro de la madrugada, vocecita de Teo: “Papáááááá´: ¿ya han venido los Reyes?”. Y así cada media hora hasta las siete. Entre siete y nueve, breve cabezadita y a las nueve, saltando sobre el lecho conyugal para despertarnos sutilmente: “¡¡Que ya han llegado, que ya han llegado!!”.

Por lo demás, han sido unas vacaciones perfectas…

Antes de terminar este post quiero alabaros el gusto porque estáis leyendo uno de los 14 blogs que ha recomendado seguir en 2014 Álvaro Varona, un gurú de los buenos de esto del Internés. Como os podéis imaginar, para mí es todo un orgullo. Si yo sólo soy una humilde madre contando sus desventuras… Pero, bueno, hacedle caso, y a periquitizarse este año.

Un abrazo muy fuerte para todos. Estoy encantada de veros de nuevo por aquí.

Terry Gragera
@terrygragera