Archivo | octubre, 2013

Amor en primera persona

29 Oct

blog_quererCreo que estamos sobrecriando a nuestros hijos. (Y éste es el momento en que mi suegra se descoyunta asintiendo). Y así lo conjeturo después de preguntarle a Teo: “¿Tú a quién quieres más?”. Estábamos en su cama, después de los pertinentes cuentos de cada noche, y me arrebujé a su lado con los ojos entornaditos para recibir con todos los honores lo que tantas otras veces había escuchado: “A ti, mamá”.

“Sólo un poquito más que a papá, pero a ti”…. ¡¡Suficiente!! Me decía yo intrínsecamente, mientras, presa del disimulo, lo reconvenía: “Pero nos tienes que querer a los dos igual… aunque, bueno, si es un poquito solo, no pasa nada porque me quieras más a mí”.

Hasta ahora. Porque el dichoso niño ha cambiado. Y ni madre ni padre ni hermana. “¿A quién quieres más, Teo?”… “A MÍ”.
Eso me pasa por leer manuales cómo “Autoestima infantil para padres inútiles”, “No haga de su hijo un adulto frustrado” o “Lo primero es lo primero (pregúntele a sus hijos si tiene dudas)”. Por empapármelos y, sobre todo, por aplicarlos. Resultado: un niño con una autoimagen estratosférica que me desbanca en sus quereres.

Pero ¿cómo que a ti? Y ¿quitándote a ti?”. “¿Valen Kira y Cotton?”, me pregunta. Kira y Cotton, una cobaya y un conejo enano, que han ocupado nuestro salón con más encono que los del 15-M. ¿Cómo puede equipararme mi hijo a unos animalejos? A mí, su madre, que lo he parido con dolor…(porque no me hacía efecto la epidural, vale, pero con dolor).

Acongojada por lo que pudiera venir, tuve que decirle que en el ránking no valían otras especies vivas, porque lo mismo me ponía detrás de su planta carnívora come-moscas. Entonces se vio acorralado e hizo un triunvirato en el que nos metió a su padre, a su hermana Ada y a mí en el mismo saco. “Bueno, os quiero a los tres igual”. Fui incapaz de hacerle confesar si al mismo nivel que él o más abajo, pues bastante berrinche tenía con mi destronamiento como para indagar siquiera un poquito más.

Así es la vida, amigos, siete años preguntándole lo mismo de extranjis y sin sobresaltos, y ahora me viene con esto: ¡con que se quiere a sí mismo más que a nadie!

Desde luego, la educación en el colegio ya no es lo que era. Yo no sé lo que les enseñan. Pero ¿dónde ha quedado ese respeto reverencial por los padres? ¿Esa idolatría fraterna? ¿Ese desprendimiento generoso del amor? Que mi niño era bien bueno hasta que se escolarizó o hasta que descubrió su vocación de político, una de las dos cosas. Que-a-mí-me-lo-han-cambiado.

Sí, sí, es eso. Porque me niego a aceptar que la culpa de ese súper ego sea nuestra (o mía, que soy yo la que voy persiguiendo a mi santo con los manuales de marras). Cualquier cosa antes que darle la razón a mi suegra.

Aunque pensándolo bien: que se quiera ahora a fondo perdido. Total, es cuestión de tiempo, de esperar un poco para recuperar mi hegemonía porque en cuanto se encapriche de su primer móvil: ¿quién va a ser la mamá más guapa del mundo y a la que más quiere? La menda.

Si es que no hay nada como el amor desinteresado… aunque sea por uno mismo.

Terry Gragera
@terrygragera

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¿Por qué las mamás mandáis más que los papás?

23 Oct

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Lo bueno de tener hijos es que te taladran la realidad sin anestesia. Hace unos días, Teo me sorprendía con esta pregunta retórica: “¿Por qué las mamás mandáis más que los papás?”. Estuve a un tris de castigarlo por mentir o por insolente o por lo que fuera, pero en el último momento y cuando ya estaba con el índice apuntándolo, me retuve, envainé la lengua y me comí yo solita la indignación.

“Pero ¿cómo dices eso, hijo? Si papá y yo mandamos igual”. “No, mamá, tú mandas más que papá”. Vaya, ya estamos con los estereotipos de maruja sargenta que no le pasa ni una al pobre y paciente esposo.

Voy a tener que explicarles a mis hijos que un día dejé a mi santo escoger las cortinas del baño. ¿Puede delegarse más? ¿Cabe un acto mayor de generosidad marital? De esto hace ya varios lustros, pero yo se lo sigo recordando como gesto de amor, para que no me pida elegir la ropa de los niños ni la vajilla ni lo que vamos a comer o cenar, todas ellas cosas menores comparadas con ¡¡unas cortinas de baño!!

Yo es que a mi maridito lo adoro, y por eso no quiero que se enfrente a la duda, al terrible titubeo de las distintas opciones, a la vacilación impía de diferentes posibilidades, y por eso, y sólo por eso, se lo doy todo hecho.

Si a mí me gustara mandar, tendría siempre la última palabra y en nuestro humilde hogar no es así, sino todo lo contrario: yo hablo, él asiente y con un gesto de suprema resignación, me dice: “Yo no digo nada que luego…”. Mira que le gusta apostillar. Lo suyo es puro vicio.

Así que no me queda otra que gobernar esta casa. Tampoco es que tenga muchas más opciones, porque lo mío es meramente un desliz genético. Si no, que le pregunten a mi padre -ese prohombre que lleva 43 años al lado de mi madre-, quién es la que más manda en el mundo mundial y en las constelaciones interplanetarias.

Vamos, que me apuesto lo que sea a que cuando dentro de muuuuchos años llegue a las puertas del cielo, el mismísimo San Pedro le tenderá la alfombra celeste mientras con una palmadita en la espalda le espeta: “Pero Fernando…, y nosotros que pensábamos que éramos santos”.

No amigos no, la beatitud se esconde en lo cotidiano. En mi caso, por ejemplo, en la tensión diaria de decantarme por mí misma (y en la más absoluta de las soledades profundas) por tantas cosas que, de buena gana, dejaría en manos de mi maridito de no ser porque… ¡¡aquí mando yo!!

Así que mi santo ya puede ir renovando su carnet en ese Club de los Amantísimos Esposos del Paso Atrás (rebautizado por ellos, no-sé-yo-por-qué, como “de los calzonazos”), en el que mantiene una dura pugna con sus amigos de fatigas (ese Pedro, ese David y tantos otros que no puedo citar porque sus mujeres no me dejan…) por ocupar una honrosa primera posición.

Pero, digo yo, para qué tanto despliegue de energías, si la presidencia vitalicia es de mi padre. Y con todos los honores. Sí, señor. Así, se hace, Papá. Que no se diga quién manda aquí.

Terry Gragera
@terrygragera

15 años y un día

15 Oct

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Quince años. Quin-ce. Uno tras otro. Pom, pom, pom, cayendo ahí, inmisericordemente para hacerme parecer mucho más mayor de lo que soy. Sí, amigos porque acabo de celebrar mis bodas de cristal: mis primeros 15 años al lado de este santo varón que debió de portarse (muy) mal en sus anteriores reencarnaciones y ahora purga a mi lado.

Todo el mundo habla de la crisis de los cuatro años, de la crisis de los siete, pero ¿qué pasa con la de los 15? Al menos a mí se me ha caído el mundo encima, y no por los cálculos que he hecho de los días que llevo como esposa fiel y virtuosa de éste que osó maridar conmigo: ¡¡casi 5.500!!; ni porque esté aburrida, cansada o hasta másparriba sino porque ya hablamos de palabras mayores; bueno, más que de palabras, de edades mayores.

Porque tú vas tan contenta a la oficina y lo cuentas a tus compañeros (sí a esos prepúberes que están rondando los 25, y no saben ni de lejos lo que es un casamiento propio), y se te quedan mirando boquiabiertos como diciendo: “¿Qué tal tiempo tenéis ahí en Marte?”. Así que tras contemplar sus caras de espanto, siento como si un rodillo, brooommmm, me aplastara contra el suelo y cuando por fin me levanto, ya no soy esa cuarentona que postula a interesante, sino una viejuna al más puro estilo de la Vieja’l visillo o doña Rogelia. Con pañuelo en la testa incluido.

Vamos, que este aniversario, y no precisamente por mi esposo, me ha sumido en otra profunda crisis personal de la que sólo me rescatará un atracón de KitKats o, en su defecto, de alfajores con extra de dulce de leche.

Aún así, mi santo y yo lo celebramos. Intuyo que nuetros amigos habían hecho una porra sobre si me acabaría llevando al Palacio de las Gallinejas o al Paraíso de las Criadillas, por aquello de que con los años uno va adquiriendo más caché. Pero él, un hombre fiel a sí mismo (y de qué manera) me condujo, sin dudarlo, al ilustrísimo Rey de la Tortillas, donde pudimos recordar viejos tiempos mientras nos metíamos entre pecho y espalda un revuelto de huevos con chorizo, amén de la correspondiente especialidad de la casa (“Manolo, una trifásica para los chicos del fondo”). Al menos, el camarero había tenido piedad al pedir nuestra tortilla con tres salsas.

Como la cabra siempre tira al monte, yo, que me había ocupado de preparar la segunda parte de la velada, opté por ir al teatro. Y mira tú por dónde, no había obras en cartel, no, que tuve que elegir precisamente ésa en que una bloguera divorciada se enfrenta al abismo del paso de los años. Ainsss. ¡Qué cruz! Con lo bien que me lo hubiera pasado, rememorando mi infancia, en el musical “¿Cómo están ustedes?”. ¿Qué cómo estoy? Te lo digo o te lo cuento…

Ahora, eso sí, para nuestras bodas de alhelí (17) o, como tarde, de madreselva (19), que ya me he instruido yo en esto de los aniversarios, me he propuesto entregarme a la esencia del amor, como han hecho unos amigos para conmemorar su boda. Ella, feliz de cena con sus amigas; él, requetefeliz viendo en casa una sesión doble de Chuck Norris. Pero ¿cabe más desvelo, adoración, bienquerer e idolatría? Sí, queridos, tengo que convertirme en esa esposa munificente que se inmola entregando el mando a distancia a su marido para celebrar su próximo aniversario común.

Y al teatro, que vayan otros. Y en la oficina, mejor calladita. Que es que parezco nueva.

Terry Gragera
@terrygragera

Mamá, yo también te quiero

7 Oct

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Y mira tú por dónde que la ley de los vasos comunicantes va a ser la que me salve el pellejo después de mi osadía de la pasada semana al “departir” afablemente sobre mi suegra. Porque ahí está la Wikipedia para iluminarme diciendo que “cuando sumamos cierta cantidad de líquido adicional, éste se desplaza hasta alcanzar un nuevo nivel de equilibrio, el mismo en todos los recipientes”. Equilicuá. Lo que viene siendo que en este post tengo que darle cerita a mi madre para compensar un poco.

Pensaba en ello hace unos días, tratando de imaginarme la reacción de mi paciente suegra cuando descubriera que había sido objeto de mis desvelos prosísticos. En mi descargo, sólo puedo decir que, antes de publicarlos, mi santo esposo fue reclamado para dar el visto bueno. Y a fe que lo hizo.

Así que, más contenta que unas pascuas, pulsé el “publicar” y ¡listo! Sin embargo el reconcome (que una es de colegio de monjas) y la pregunta repetida de:“¿Tu suegra no leerá el blog, no?”, me han asomado al abismo de la culpa.

Pero a grandes males, grandes remedios: pongamos a Pascal y a la ciencia de nuestro lado. Así que, vamos allá, amantísima mamá. Todo por no perder más puntos delante de la familia política…

¿Qué podría contar de mi madre? ¿Qué es una excelente pintora (pero no tiene ningún cuadro en El Prado)? ¿Qué todas sus alumnas la idolatran (pero no atesora ningún Nobel)? ¿Qué hace los mejores calamares rellenos del mundo (pero no ha conseguido ninguna Estrella Michelín)? (¡Qué, suegra, le estoy dando pal pelo, ¿eh?!). No, creo que no cuela.

Venga, un nuevo intento. ¿Acaso es malo haberse escondido toda la vida tras las puertas para oír las conversaciones al teléfono de tus hijos? ¿Acaso es excesivo que el gusto por la lectura te lleve a reventar el candado del diario adolescente de ésta que suscribe y a devorar, cual Quijote, su correspondencia postal? ¿Acaso es desmedido suplicar al médico una resonancia y/o una analítica completa ante cualquier mínimo rasguñín de tus hijos o tus nietos? ¿Acaso es exagerado seguir planchándole a tu hijo de 33 años la ropa para que no se canse?

Por favor, si ahí está la verdadera esencia de la humanidad: escuchad y seréis escuchados, leed y os convertiréis en sabios, pedid porque no se sabe hasta cuándo habrá Seguridad Social, planchad a los 60 y experimentaréis lo que es un dolor crónico de riñones…

Pero no, “anécdotas” aparte, sería injusta si no reconociera que mi madre es mi mejor ejemplo vital. Gracias a ella he aprendido a no quejarme, a no sobredimensionar mis problemas, a no venirme abajo por cualquier cosa… Sí, amigos, porque es infinitamente mejor tener una cuita que dos. Y cuando yo le cuento a mi madre mis preocupaciones, las mías se multiplican: pues a lo que me pasa, añado también su notorio desasosiego. Así que mejor me quedo solita con lo mío y me ahorro consolarla… Una auténtica jugada maestra para educarme; vamos que por eso a mi madre la llaman la Kasparov bastetana.

Gracias a ella he aprendido que éste es un mundo de riqueza incalculable, de sorpresas infinitas, de posibilidades insondables. Porque mi madre siempre conoce “un caso”. Sí, ella puede citarte el caso de una mujer que casi se muere de un quiste hidatídico por tener un perro; el caso de un niño que jugando en un tobogán se cayó así con “el cuellecito de lado”; el caso de una vecina que un día no lavó bien los tomates y casi perece de la infección… Mi madre es google en estado puro; eso sí, en lo que a desgracias, temores y terribles sucedidos se refiere, por lo que casi que voy a proponerle que funde la “CasoPedia”.

Gracias a mi madre he descubierto también que merece la pena cuestionarse lo evidente, que hay que ir más allá de lo visible, que la duda es un seguro intelectual. En efecto, porque cuando yo le digo: “No es nada, el médico dice que es sólo un virus”, ella salta como un resorte: “Sí, seguro, es que los médicos de hoy no tienen ni idea; mira que conozco un caso que le diagnosticaron un virus y acabó siendo una disfagia con diplopía, disuria, mialgia, queratoconjuntivitis, hematoquecia, ictericia, flatulencia y picor anal. Y como sea eso, ¡¡yo-es-que-me-voy-a-moriiiiiir!!”.

“Sí, mamá, si morirnos nos vamos a morir todos”, acabo diciendo en muchas de sus incontinencias mentales… Pero yo sé que, en el fondo, lo hace por mi bien. Para que mantenga el cerebro alerta (y el corazón tonificado a base de sobresaltos).

Así que, ¿cómo podría yo osar criticar a mi madre? ¿Qué pensáis: que soy una hija desnaturalizada además de una nuera montaraz? Pues no, no y mil veces no. Mi madre es la mejor. Y para que conste y no haya la menor duda, so malpensados, aquí lo digo, lo recalco y lo reitero: la mejor, la mejor, la mejor. Chimpún.

Terry Gragera
@terrygragera

Suegra no hay más que una

1 Oct

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Malones, malones, que sois unos malones. ¡Mira que recordarme que hace mucho que no hablo de mi suegra…! Si es que me obligáis a ser perversa, si es que os gusta sacar lo peor de mí.

Pero qué voy a decir yo de ella sino maravillas, qué voy a relatar sino su excelso virtuosismo, qué voy a desgranar sino sus incontables parabienes. Vamos, que se me vuelva loco el teclado si no es así como lo siento.

นี้เกิดขึ้นกับฉันโกหก ¿Qué pasa: es que no entendéis el tailandés? Pues yo voy a clase y me ha apetecido refrescar la lección, que dicen que es el idioma del futuro… ¿Qué no?

Volviendo al tema que nos ocupa tras esta instructiva pausa. Pero ¿cómo me pedís, lectores sin alma, indagar en esa benévola e indulgente relación que mantengo con la madre que trajo al mundo a mi santo esposo?

Pero si no la llamo “mamá” porque me trabo de la emoción…  ¿Criticar a tan beatífica mujer? Es que no puedo, es que no me brota de las entrañas; vamos, que sería la primera vez que saliera de mi boca algo malo de ella. mwen pa kwè ke ni bwè ¿Tampoco sabéis criollo haitiano? Por favor, cómo está Internet…

Mi suegra lo es todo para mí. Y digo todo, en el más amplísimo y extenso sentido de la palabra. Y, por supuesto, es recíproco. Porque de mis cuñadas soy su favorita. Claro que las demás son su elegida, su predilecta y su preferida, tal como ella nos nombró, en un (1) alarde de sutil diplomacia, a cada una de sus cuatro nueras.

Yo cada noche, antes de acostarme, pienso: “Soy la favorita de mi suegra”, y en ese mismo instante dejo de desear que me toque la lotería, tener una casa más grande y que mi santo se transmute en Richard Gere. De-verdad-de-la-buena.

Qué bonito es tener a alguien que le pregunte a tu marido si estás embarazada cuando los gases hacen de las suyas, qué emocionante es que te recuerden a la novia anterior para desear que te parezcas a ella, qué impagable es hacerse con una colección de pijamas más amplia que la del señor Pikolín gracias, invariablemente, a los regalos de cada cumpleaños, cada santo, cada Navidad…

Pero no, tendrían que estrujarme las meninges y retorcerme la lengua con refinados métodos de tortura y aún así no me sacarían nada malicioso sobre ella. Me imagino que igual que a vosotros con vuestras respectivas, ¿verdad? ¿Veis? Estamos en el mismo barco, unidos por un inconmensurable amor que supera fronteras (“cada una en su casa y Dios en la de todos”).

Cuando pasen los años, seré consciente de que he tenido el mejor ejemplo de lo que es ser una suegra como está mandado, y ejerceré como tal con las parejas de mis hijos. Pero, espero, sinceramente, que esto de los blogs se haya pasado de moda para entonces, porque como a cualquier juntaletras le dé por ponerme a caldo en un post, se va a enterar de quién soy yo y de quién era mi suegra. Aviso: todo en uno y reconcentrado. Como diría mi amantísima suegra: ejem, ejem, ejem.

Terry Gragera
@terrygragera

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