Archivo | junio, 2014

¡Que me gusta una boda…!

17 Jun

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Ay, mira que me gustan las bodas, las uniones de derecho con toda su pompa y, sobre todo, con el baile final. Porque para una madre cuarentañera como yo, escasean las oportunidades para mover la lorza, así que los enlaces matrimoniales son ese reducto en que puedo bailotear al menos varias canciones.

Lo hice este fin de semana, en la boda de mi prima Alba, comiéndome la pista hasta que mis pequeños dijeron “hasta aquí” y tuvimos que retirarnos.

Las bodas son esa ocasión única para ponerse guapa, para encontrarse con familiares, para ver y escuchar cosas bonitas. Como cuando mi primo Curro me dijo: “Qué recuperada estás, tu santo ya mismo coge una carretilla”. Son de esas palabras que llegan al corazón, que te hacen derramar una lagrimilla emocionada, que te implosionan por dentro cual ejército de caballería.

Menos mal que, ante mi desconsuelo, mi madre estaba al quite para decir que yo era la más guapa de la fiesta, cosa del todo punto incierta, pero que le agradecí como pecadillo venial sin necesidad de confesión.

Aun no repuesta del todo, pero para entrar en faena, me marqué la mar de decidida un pasodoble con mi padre, lo que me hace pensar que, definitivamente, me estoy haciendo (muy) mayor. Lástima que no compartí pista con mi primito para haberle dejado comprobar en sus propias carnes la contundencia de mi cuerpo con un delicado a la par que discreto pisotón.

La verdad es que íbamos todos muy elegantes. Yo, de gris empolvado (que dirían los estilistas principescos), mi santo de traje y corbata (¡¡!!), Teo de chico de familia bien, y Ada con un look azul total, producto de la complacencia de su beatífico padre, que le permitió jugar un poquito antes del enlace con colorante alimentario de ese color, que, por supuesto, impregnó manos, cara y todo lo que se puso por delante.

Como la boda era en Granada, tuvimos que hacernos unos estupendos viajes de ida y vuelta de más de 400 kilómetros. El domingo llegamos a nuestro humilde hogar casi a medianoche y ¡oh cielos!, tocaba hornear unas galletas de despedida para Charlotte, una profesora en prácticas de Teo que se marchaba del cole el lunes. Así de cumplido es mi niño. Y así de resignado su padre, que para no quitarle ni un minuto de las escasas horas de sueño que le quedaban por delante a su retoño, se puso él a las 12 de la noche a darle al asunto repostero.

Nada excepcional, si tenemos en cuenta el sucedido del puzle. Ocurrió hace un tiempo, cuando en casa nos ayudaba una señora excepcionalmente eficaz. Excepcionalmente eficaz y sensata. Menos un día. Un día en que vio un puzle de Teo en el suelo y pensó que, una vez completado, debía recogerlo. Todo muy bien, si no fuera porque el niño se había pasado varios días para enseñárselo totalmente acabadito a su papá, que estaba de viaje.

Cuando me asomé al salón y no vi el puzle de ¡¡400 piezas!! en el suelo me entraron unos sudores fríos difícil de contener.

-¿Dónde está el puzle, mamá?, me preguntó Teo con cara de mosqueo.

– Ejem, lo he metido con sumo cui-da-do debajo del sofá para que no corra ningún peligro y puedas mostrárselo a papá cuando llegue.

Mi santo llegó de su viaje de estudios a la una de la madrugada, después de lidiar durante unos cuantos días con un puñado de adolescentes y sus respectivas hormonas. Por suerte, Teo ya dormía, así que su padre y yo, cual frikis de la pieza, no tuvimos otra opción que tirarnos al suelo y recomponer el puzle de ¡¡400!! piezas (repito) para que el niño no se frustrara al día siguiente.

Acabamos tarde, muy tarde, y aquel día comprendí que hay cosas que sólo se hacen por un hijo.

Dicho lo cual, tan sólo me queda proclamar: ¡Vivan los novios!

 

Terry Gragera
@terrygragera

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Mi jaca-a-a-a

10 Jun

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Desde que cumplí los 40 me he abandonado a la calma y la madurez. Sí, sí. No me bastaba con haberme recorrido París vestida de Minion, ni con haber bailado en la Puerta del Sol de Madrid el Gangnam Style disfrazada de Fruiti.

Este fin de semana he vuelto a hacerlo. El sábado, ataviada de india en una gymkhana familiar por la Plaza Mayor, y el domingo, haciendo honor a mi personaje anterior, montando a caballo por primera vez cual Jerónima embravecida.

Del asunto del sábado sólo contaré que ganamos la contienda después de asaltar a turistas ojipláticos para que se caracterizaran de payaso, entrar en tiendas de souvenirs recitando un trabalenguas y protagonizar una improvisada manifestación, pancarta mediante, a favor de la liberación de las empanadillas.

Por su parte, del asunto del domingo sólo relataré que hoy camino en modo abertura pélvica maxi, ultra, mega, extra, súper, plus, pero que le cogí el gustillo a esto de ser una valiente amazona.

Para una mozuela como yo, que tan sólo había montado en los caballitos de la feria, fue toda una experiencia, aunque debo decir que eché terriblemente de menos a mis amigos David y Alberto A. cantando tras de mí, a dos voces, cual eunucos de una polifonía, aquello de:

Mi jaca

Galopa y corta el viento

Cuando pasa por El Puerto

Cami-ní…

…To de Je-re-e-ez

Intuyo, no obstante, que ellos, al igual que Pedro y alguno más, hubieran preferido ahondar en el arte ecuestre, pero como pupilos de una cowgirl miss camiseta mojada, para más señas.

Pero la felicidad completa no existe, queridos míos.

¡Qué le vamos a hacer!

En el devenir de la monta, mi simpático equino se desbocó por unos segundos. “Sooooooo”, lo calmé cual mujer que susurraba a los caballos. Como dijo luego mi santo, se nota que tengo experiencia en “domar a potros desbocados”. Y a caballos percherones, añadí yo.

Ada y Teo montaron también como si lo hubieran hecho toda la vida, fantaseando por esos prados de Dios con el momento en que puedan vivir su aventura salvaje.

-Mamá, ¿puedo comerme una hormiga?

– Evidentemente no, hija.

– Pues Papá me deja. Dice que un fin de semana nos vamos a ir de supervivencia a vivir sólo de las cosas que encontremos por el campo y tenemos que ir ensayando.

Es en esos momentos cuando tengo que pellizcarme para callar y recordar que mi santo es el mejor padre del mundo y que cualquier otra cosilla que pueda mancillar su intachable expediente como amoroso progenitor no debe ser tenida en cuenta ni en consideración porque… de lo contrario ¡¡¡era a él a quien mandaba bien lejos a alimentarse de coleópteros por una buena temporada!!!

Pero no. Tomo aire, respiro hondo y me aseguro de que estas tropelías no lleguen a oídos de nadie más para que no acaben pensando que estoy casada con uno que está maspalláquepacá.

Ay, ¡qué dura es la vida de la amazona en ciernes!

Y, ahora, si me disculpáis, os dejo al galope. Voy a ver si cojo la horizontal porque tengo los abductores echando humo. Si es que ya no estoy para estos trotes…

 

Terry Gragera
@terrygragera

Operación Refajo

3 Jun

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Yo no voy a ser menos, así que… ¡ABDICO! Abdico de la Operación Bikini. Y vosotros, mis queridos lectores, os preguntaréis: “¿por qué?, ¿por qué?, desvélanos el motivo de tu renuncia…”.

Pues bien, ahí voy. Renuncio, abandono, depongo… toda intención de volver a ponerme un dos piezas bañícola.

Este año será el primero porque hasta ahora me había ido autoengañando: “Pues me compro un pareíto y disimulo un poco”, “pues me pongo este modelo que es más tapadito”.

Pero creo que ha llegado el momento de asumir: ¡¡¡que ya no tengo cuerpo para esas alegrías!!! Que la lorza y el bikini nunca se han llevado bien y que estoy harta de caminar por la piscina a lo Anita Obregón metiendo tripa aun a riesgo de quedarme un día sin aire.

Así que se acabó. Desde este año: bañador al canto. Sniff, sniff.

Sí, moqueo y lagrimeo porque tengo alergia… Una terrible e inoportuna alergia.

Aunque, en el fondo me da igual no ser ya la mozitatiposa que encandiló a mi santo…

En el fondo no me importa que el bañador tarde en secarse mil horas después de salir del agua, pegándose ahí bien al cuerpo como para que no se te olvide que es tuyo…

En el fondo me es indiferente (o inverosímil, que diría Sofía Mazagatos) no broncear ¡nunca más! esa delicada tripilla que me adorna…

Ya veis, una va cumpliendo años con total tranquilidad, asumiendo el paso del tiempo con toda sensatez, acercándose a la senectud con plena aceptación… ¡¡¡y-una-M-así-de-grande!!!

Porque, encima, me he comprado dos bañadores oscuritos y bien renegridos para disimular aquello justamente que me ha hecho enemiga del bikini. Ah, y con refuerzo abdominal, para que quepa, sí o sí, todo lo que se tenga que recoger.

Por lo que he podido comprobar, no soy la única que se empeña en que hay cosas que no pueden descolgarse de su sitio original. Fui testigo el otro día al probarme un bañador que mostraba cierta “descosura” por la parte del trasero, después de que una clienta se lo intentase calzar tras asumir igual de bien que yo el paso del tiempo.

“Es que hay gente que se empeña en meterse en el bañador aunque no quepa y lo acaba reventando”, me dijo la dependienta.

“Hay gente pató”, contesté tan ricamente.

Y salí de allí con mi bañador nuevo, con las costuras intactas por ahora, pero en franco peligro de explosión.

Si se hubieran cumplido los pronósticos de mi madre cuando nací: “El Príncipe, para mi niña”, ahora no me encontraría en esta tesitura, pues me habría hecho ya nosecuantas lipos y retoquillos sin importancia, para tener un tipín regio como exige la situación.

Mi madre iba encaminada, pero erró en el último momento: el Príncipe acabó casándose con una periodista, sí, pero no fui yo. A mí el destino me tenía preparado no a un príncipe, sino a un santo. ¿Se puede pedir más?

Aprovechando la coyuntura, y ya que estamos metidos en faena, pido desde mi humilde blog un cambio de modelo, pero nada de asuntos intrascedentes como monarquía o república o cuestiones afines. Vamos a lo verdaderamente importante: ¡abajo la Operación Bikini, arriba la Operación Refajo!

 

Terry Gragera
@terrygragera

 

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