Archivo | marzo, 2014

Ya que me preguntáis…

25 Mar

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En ciertos momentos como éste me gustaría parecerme a mi madre. Porque entonces no me daría vergüenza poner aquí que mi hija ha ganado un concurso de Ortografía representando a su colegio. Pero una es pudorosa y recatada y no le gusta ir proclamando a los cuatro vientos (o a las tres w) que la retoño de una es una genia, aunque la Real Academia no contemple todavía dicho término.

Si yo fuera como mi madre, diría que mi niña es la mejor del mundo mundial en cuanto a reglas ortográficas se refiere. Y recalcaría: ¡y con sólo 11 años!, moviendo de arriba para abajo el dedo índice. Pero, claro, yo no soy ella, así que no lo haré.

Mi madre, esto es, la abuela de la premiada, es de las que sueltan la artillería pesada en cuanto el contrario pestañea:

-¡Hola, María Teresa!
– Hola. Dices bien. Hola con hache, claro. Y ya que me sacas el tema… Te diré que mi nieta Ada acaba de ganar un concurso de Ortografía.
– Ah…
– Sí, sí, como te veo con interés, te contaré que ha competido con un montón de colegios. Si es que mi hija le leía cuentos desde que nació y, claro, la niña ha sacado gusto por los libros y es una lectora empedernida, y claro… y claro… (dos horas más tarde y la vecina a punto del paralís) y claro…

Sí, esa es mi madre. Una mujer que ha reinventado la traumatología a fuerza de no dislocarse el hombro cargando toda la vida con un bolso lleno de fotos, dibujos, folletos y publicaciones varias protagonizadas por sus hijos y/o sus nietos… Con el único objetivo de fardar, alardear, pomponearse y regocijarse ante todo el que se le pusiera por delante. Conocido o no, eso es lo de menos.

Yo le digo que está de frenopático. Pero de frenopático puro. Aunque ahora debo confesar que la entiendo. Porque lo que a mí me apetecería de verdad sería proclamar lo lista que es mi niña y lo bien que escribe en la época del “m enkanta q ables asín”.

Pero no quiero parecerme ni a mi progenitora ni a la madre de la Pantoja. Porque luego pasa lo que pasa. En un arranque de debilidad, el otro día y pidiendo perdón por acercarme al mundo “tonadilleril”, conté lo del premio como se revelan ahora las cosas importantes: en uno de mis grupos de WhatsApp.

– Perdonad que haga de madre de la Pantoja, pero estoy muy contenta porque Ada ha ganado un concurso de Ortografía.
– ¿Cómo? ¿Tú con hirsutismo?, me contestó enseguida mi amigo Pedro, que es de Jaén, y con eso no digo nada y lo digo todo.

Así que dejé el móvil y probé, documento con el nombre de mi laureada niña en mano, a ver cómo reaccionaban los demás. Y por eso, y sólo por eso, se lo dije a mis jefes y a mis compañeros y a mis amigas y lo puse en el Facebook, y en Twitter… En fin, mudita que he estado. Mordiéndome la lengua. Qué le vamos a hacer…

Sé que todos los que leáis esto y tengáis hijos vais a entender cuánto me gustaría proclamar que mi niña ha ganado, porque estos premios hacen más ilusión que un (inalcanzable) reconocimiento por parte de la suegra o que un reintegro de la bonoloto, la Qh, el euromillón y la Polla Loto de Chile (cuidado, que éste es un blog para cosmopolitas y viajados)…

Porque como el orgullo que se siente por un hijo no hay nada. Absolutamente nada. Y mi madre lo sabe y lo ejerce.

A mí me queda por aprender aún la parte socializadora de estas profundas satisfacciones maternales. Pero no quiero dejarlo para mucho más adelante. Así que en el próximo post me lanzo y os cuento por fin: ¡¡que mi niña ha ganado un concurso!! Ay, me ha costado, ¿eh?

Terry Gragera
@terrygragera

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Hablando de “eso”: Vaginesil affaire (2ª parte)

18 Mar

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Después de que mi post de la semana pasada, Cariño, hoy tampoco toca, batiera récords de visitas, de “me gustas”, de comparticiones varias, y de comentarios negativos, tengo que deciros esto:

En mi próxima vida quiero ser ardiente y voluptuosa para que “me apetezca” cada día. ¡Qué digo cada día!… ¡¡Cada hora!! Aunque tenga migraña, aunque esté con un ataque de ciática, aunque me halle contracturada de cuello para abajo después de diez horas delante del ordenador.

En mi próxima vida quiero ponerme pijamas de seda cada noche y picardías picantones de lunes a domingo y de domingo a lunes, y hacerle ojitos a mi santo cada madrugada. Plin, plin, plin.

En mi próxima vida revocaré el cargo, gentilmente adjudicado por la concurrencia, como presidenta honorífica de Frígidas Anónimas. Porque entonces no desearé, anhelaré, codiciaré y/o ambicionaré pillar la cama… ¡¡en soledad!! (aunque esté reventaíca viva), sino al lado de mi ma-cho.

En mi próxima vida no diré nunca, nunca, nunca que los hombres siempre tienen ganas y las mujeres no. Porque jamás de los jamasés utilizaré tópicos ni aunque sea en broma. Y porque a las amigas que me cuenten que se hacen las dormidas o que fingen dolor de cabeza porque no les apetece retozar (¡santo cielo, qué barbaridad!) les diré que se lo hagan mirar, no sin antes inscribirlas a perpetuidad en Frígidas Anónimas (FA), claro está.

En mi próxima vida les pediré educadamente a mis hijos que en los tres primeros años de su existencia tengan a bien no despertarse por la noche, porque su padre y yo tenemos otras cosas que hacer, (¡que hay que explicarlo todo!), y porque si no me dejan descansar estaré al día siguiente llorando de agotamiento y entonces no tendré ganas y, en ese caso, ¡oh cielos!, volveré a ingresar en FA.

En mi próxima vida negociaré con mis jefes que no me den problemas en el trabajo para tener siempre la mente abierta y dispuesta a las alegrías conyugales. Y en lo que respecta a mi vida doméstico-familiar, desterraré todas las tareas fútiles e inconvenientes como la plancha, las lavadoras, la comida, el orden y la limpieza, e incluso aquellos asuntos espinosos de la educación de mis vástagos que puedan entristecerme, preocuparme o desasosegarme, desviándome así de mi objetivo principal: darme a la concupiscencia.

Así que ya lo sabéis. Por el momento, y mientras siga teniendo esos terribles arranques de “Cariño, hoy tampoco toca”, ostento la presidencia de FA. Ahora que en mi próxima vida, ni la Sharon Stone, oye. Es que no me vais a conocer. Sobre todo, tú, santo mío.

Terry Gragera
@terrygragera

Cariño, hoy tampoco toca

11 Mar

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Me vais a perdonar, pero aprovechando que mis padres tienen la tablet rota y no pueden leer esto que aquí escribo, me lanzo a tratar un tema espinoso.

Sí, porque como todos sabréis, y aunque una haya pasado de los 20, de los 30 y hasta de los 40… las hijas no hablamos (y mucho menos) practicamos sexo. Tenemos los hijos por inseminación transubstancial, con sólo desearlo, porque nosotras no hacemos “eso”. Faltaría más. Lujuria: mala, mala, mala. Lascivia: quííííííííía. Desenfreno: fus, fus.

Todo esto viene a cuento del dichoso y quimérico anuncio de Vaginesil. Sí, habéis acertado, ese que con una cremita mágica hace decir a una mujer de su casa: “Yo es que no veo la hora de que los niños se vayan a dormir…”. ¿Perdonaaaaaaa?

O sea, lo que tú me estás vendiendo es que después de 16 horas en pie, ¿estás deseando que tus niños plieguen la pestaña para cumplimentar a tu marido? No hija no. Que me dan ganas de llamar a David Civera para que te cante eso de: “Que la detengan, que es una mentirosa, malvada y peligrosa…”.

Que sabemos de qué va la película… Si eres madre, tú lo quieres es que tus niños se vayan a la cama cuanto antes, pero para alguna de estas nobles tareas:

a. Hacer la comida del día siguiente, tender una lavadora, poner otra y recoger la cocina.

b. Dejarte caer en el sofá por primera vez en todo el día para que tu santo te arrebate el mando a los cinco minutos porque empieza una tertulia futbolera.

c. Caer inconsciente en tu propia cama, pero eso sí, tapada hasta las cejas con un pijama de franela para no dar pie a nada… pero a nada de nada (y si hace falta simular un ronquido anti-eros, se simula, oye).

¿Y bien? Pero si no está la opción de gozar en el lecho conyugal cual poseída por el espíritu de Nefertiti. ¡Pues no! Las madres queremos dormir, dormir y descansar, a partes iguales. Pero qué se habrá creído la del anuncio…

Tal vez porque desde hace unos días estaba dándole vueltas a la idea de escribir sobre las relaciones carnales (uy, uy, qué fuerte), me han llamado la atención dos testimonios contrapuestos de esos que circulan por Internet. Uno, el de una mujer que asegura que tras una sequía conyugal de las buenas  buenas se propuso practicar el coito todos los días durante un año (tranquilos, varones, dejad de aplaudir con las orejas) y otro, el de una reciente mamá que confiesa haber estado un año sin tener sexo (¿veis, queridos maridos, cómo hay casos peores que el vuestro?).

He pensado sobre uno y otro caso para no llegar a ninguna conclusión. Porque al margen de los propósitos de “dar vidilla” a la relación, y aunque tu santo siga siendo guapérrimo y/o sexérrimo, como el mío, luego el día a día te aplatana y a ciertas horas una yanoestápaná.

Una. Porque uno sí que está. Para dispendios erótico-festivos y para lo que le eches. ¿No podría Iker Jiménez estudiar esto en Cuarto Milenio en vez de perder el tiempo con fantasmas azules que no existen?

“Esta noche abordamos el increíble caso del varón (del latín varonis, que significa fuerte, esforzado). Ese macho común que provenga de donde provenga, atesore los años que atesore y sufra los problemas que sufra… ¡siempre tiene ganas! Es así, amigos, al hombre siempre le apetece la cópula, la coyunda, la fornicación. ¿Fue así desde siempre? ¿Qué dicen los archivos ocultos de la NASA? Tenemos cacofonías para desentrañar este misterio y en el plató nos acompañan…”.

Mientras Iker se decide o no a batir récords de audiencia con el programa, qué se le va a hacer, las raritas seguiremos pareciendo nosotras, las sufridas mujeres que aguantamos cada noche esa mirada perdida que incrimina: “¿Pero hoy tampoco toca?”.

Claro, si es que están muy mal acostumbrados. Porque encienden la tele para sulfurarse con Pedrerol y Punto Pelota, les sale la del Vaginesil con esa mirada picarona como si en su jardín cada noche floreciera un geranio… ¡Y ya la tenemos liada! Aunque sea por comparación…

Estoy por patentar yo otra cremita. Pero esta vez para ellos. Sólo os digo que tendría bromuro en su composición. Ay, mujeres, cuánto me lo vais a agradecer…

Terry Gragera
@terrygragera

¡Paraíso a la vista!

4 Mar

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Podría quedar como una rosa y decir que mis establecimientos preferidos son las librerías. Que cada vez que entro en una me da un aire y es como si me expandiera. Que cada vez que atravieso uno de sus dinteles me da un flus y empiezo a sentirme mística como Santa Teresa. Que cada vez que toco un libro, me siento arrebatada y entro en éxtasis flotatorio. Pero no. Eso sólo me pasa en un comercio, que no es éste. (Hala, a tomar viento mi reputación intelectual).

Eso sólo me pasa… ¡¡en las tiendas de las gasolineras!! Sí, queridos míos, sí. ¿Porque puede haber un lugar que condense, reúna o aglutine más placeres por metro cuadrado? A saber: patatas, cheetos, risketos y demás pecados en bolsa; chocolatinas a tutiplén (con galleta, con miel y almendras, con ¡¡dulce de leche!!); gominolas (en tarro, en bolsa, en brochetas); galletitas saladas, galletitas dulces, bollería variada que asustaría al propio colesterol… Y, además, revistas del corazón: el Hola, el Semana, el Lecturas, el Qué Me Dices…

Virgensantadelapiedadbendita… estoy entre salivando y llorando al mismo tiempo. Eso sí que es un paraíso. Porque, además, ¿cómo negarte un caprichito cuando llevas taaaaaantos kilómetros encima? (por tantos se entiende más de 5, que quede claro). Con lo que el coche cansa.

Pues unas patatillas y unos anarcados para acompañar y una fantita de medio litro para pasarlos y unos Miguelitos de la Roda de chocolate, para terminar. Porque cómo negarse a degustar en probatura la repostería típica de la zona, ¡eso sería un pecado gastronómico-cultural imperdonable!, un atentado contra los más elementales valores patrios.

¡Qué felicidad! Las tiendas de la gasolinera representan todo el quiero y no debo del día a día. Pero… ¡ah, se siente! Cuando uno viaja, todo está permitido. ¿A que sí? ¿A que sí, mamá, a que tú me dejas? Pues eso.

Yo no soy como Elsa Pataky. Y no solamente por lo que estáis pensando. Embarazada de gemelos y con un tripón ad hoc no ha pestañeado para declarar: “Me ha dado por las galletas de mantequilla. Muy ligeras no son, pero me tomo una al día y me cubre la tentación del dulce”.

¡Cielos, rayos y centellas! ¿Pero de dónde ha salido esta mujer? Una galleta, dice, una raquítica y mísera galletita de mantequilla al día como capricho culinario del embarazo. ¡Se han perdido todos los valores! ¿Pero cómo que una (1) galleta, criatura?

Ella no sabe lo que es entrar en una gasolinera. Que los ojos te hagan chiribitas, que recorras, cual sala de El Prado, cada una de sus estanterías con indisimulada devoción, que vayas a la caja a pagar sin que te quepa un productito más y seas capaz de agarrar la última chocolatina con la boca haciendo malabares con el Phoskitos que llevas en el antebrazo…

Ella no sabe lo que es vivir esta conversación con tus hijos:

-“Mamá, pon algo muy pesado encima de la cometa para que no se vuele”.
– “¿Y qué pongo?”
– “Pues ponte tú misma, je, je, je”.

Ella no sabe lo que es no poder castigar, sancionar y/o desheredar a un hijo que te llama oronda… porque tiene toda la razón. Claro, con una exigua galletita al día, qué va a saber…

Ahora, que a mí me da igual. No cambio una tienda de gasolinera ni por una fiesta de los Óscar repleta de canapés. De gustos sencillos que es una.

Es que quien no es feliz es porque no quiere. ¡Amos anda, con las de Hollywood!

Terry Gragera
@terrygragera

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