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Un cumpleaños, un parto y una emoción

15 Ene

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Me temo que este post me va a salir un poco ñoño. Melancólica que está una. Hace exactamente ocho años, en este mismo momento en que escribo, me encontraba recostada en el salón de casa, casi en penumbra, sintiendo las primeras contracciones que traerían a mi hijo Teo al mundo al día siguiente, un 15 de enero.

Con esa capacidad visionaria que dan las hormonas del embarazo a todas las mujeres, me había dedicado los dos días anteriores a ordenar fotos: las de los tres primeros años de vida de su hermana Ada. Pensé que iba a tardar mucho tiempo en disponer de nuevo de tiempo libre para esa tarea (y muchas otras) y estaba en lo cierto. Hoy, ocho años después, la caja de las fotos permanece como la dejé.

Mi niño cumple ocho años. Ese bebé que me tocaba suavemente la espalda de madrugada para que me girara y le diera el pecho, ese torpedillo que se rebozaba como una croqueta en la playa, ese niño sensible al que había que acompañar en los cumpleaños de los amigos… se nos hace mayor.

Cuando lo miro ahora parece que llevara toda su vida así: hecho un tirillas, diciendo “tomaaa” cuando le confirmo que puede jugar al Scalextric, pidiendo “dos chuches y una bebidita” como premio de cualquier cosa… Y, sin embargo, la sensación de notarlo dentro de mí permanece intacta.

Mi embarazo fue de libro. De libro Guinness de los Récords, quiero decir. Porque puedo dar fe de que es posible comenzar a sentirse (muy) mal, incluso antes del test de embarazo y continuar así nueve meses hasta dar a luz. Mi santo también. Tanto que juró una automutilación de salva sea la parte (a lo Lorena Bobbitt) antes de aguantarnos (a mí, a mi malestar y a mis hormonas) otra gestación más. Afortunadamente para todos, no fue necesario.

Sí, mi pequeño, definitivamente, está dejando de serlo. Y tal vez por eso recuerdo más que nunca esos meses de comunión perfecta, de sentirme, a pesar de todo, bendecida por llevarlo dentro de mí. Como si el parto hubiera sido ayer.

Y es que llega un día en que dejas de fingir que tu niño te llega por la barbilla porque de verdad te ha alcanzado. Un día en que tienes que pedirle a tu hija que se siente para peinarla porque ya no te llegan los brazos. Un día en que se te olvida que durante más de una década has dejado de ser tú, te has desleído, te has desculturizado, te has “enlorzado”.

Un día en que te das cuenta de que no puedes pedir nada más  porque hay dos pajarillos de 11 y 8 años que revolotean ¡sin parar! a tu lado.

Y es entonces cuando ves que la vida va pasando para quedarse. En lo más profundo de tu corazón.

No digáis que no os avisé…

Terry Gragera
@terrygragera