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15 años y un día

15 Oct

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Quince años. Quin-ce. Uno tras otro. Pom, pom, pom, cayendo ahí, inmisericordemente para hacerme parecer mucho más mayor de lo que soy. Sí, amigos porque acabo de celebrar mis bodas de cristal: mis primeros 15 años al lado de este santo varón que debió de portarse (muy) mal en sus anteriores reencarnaciones y ahora purga a mi lado.

Todo el mundo habla de la crisis de los cuatro años, de la crisis de los siete, pero ¿qué pasa con la de los 15? Al menos a mí se me ha caído el mundo encima, y no por los cálculos que he hecho de los días que llevo como esposa fiel y virtuosa de éste que osó maridar conmigo: ¡¡casi 5.500!!; ni porque esté aburrida, cansada o hasta másparriba sino porque ya hablamos de palabras mayores; bueno, más que de palabras, de edades mayores.

Porque tú vas tan contenta a la oficina y lo cuentas a tus compañeros (sí a esos prepúberes que están rondando los 25, y no saben ni de lejos lo que es un casamiento propio), y se te quedan mirando boquiabiertos como diciendo: “¿Qué tal tiempo tenéis ahí en Marte?”. Así que tras contemplar sus caras de espanto, siento como si un rodillo, brooommmm, me aplastara contra el suelo y cuando por fin me levanto, ya no soy esa cuarentona que postula a interesante, sino una viejuna al más puro estilo de la Vieja’l visillo o doña Rogelia. Con pañuelo en la testa incluido.

Vamos, que este aniversario, y no precisamente por mi esposo, me ha sumido en otra profunda crisis personal de la que sólo me rescatará un atracón de KitKats o, en su defecto, de alfajores con extra de dulce de leche.

Aún así, mi santo y yo lo celebramos. Intuyo que nuetros amigos habían hecho una porra sobre si me acabaría llevando al Palacio de las Gallinejas o al Paraíso de las Criadillas, por aquello de que con los años uno va adquiriendo más caché. Pero él, un hombre fiel a sí mismo (y de qué manera) me condujo, sin dudarlo, al ilustrísimo Rey de la Tortillas, donde pudimos recordar viejos tiempos mientras nos metíamos entre pecho y espalda un revuelto de huevos con chorizo, amén de la correspondiente especialidad de la casa (“Manolo, una trifásica para los chicos del fondo”). Al menos, el camarero había tenido piedad al pedir nuestra tortilla con tres salsas.

Como la cabra siempre tira al monte, yo, que me había ocupado de preparar la segunda parte de la velada, opté por ir al teatro. Y mira tú por dónde, no había obras en cartel, no, que tuve que elegir precisamente ésa en que una bloguera divorciada se enfrenta al abismo del paso de los años. Ainsss. ¡Qué cruz! Con lo bien que me lo hubiera pasado, rememorando mi infancia, en el musical “¿Cómo están ustedes?”. ¿Qué cómo estoy? Te lo digo o te lo cuento…

Ahora, eso sí, para nuestras bodas de alhelí (17) o, como tarde, de madreselva (19), que ya me he instruido yo en esto de los aniversarios, me he propuesto entregarme a la esencia del amor, como han hecho unos amigos para conmemorar su boda. Ella, feliz de cena con sus amigas; él, requetefeliz viendo en casa una sesión doble de Chuck Norris. Pero ¿cabe más desvelo, adoración, bienquerer e idolatría? Sí, queridos, tengo que convertirme en esa esposa munificente que se inmola entregando el mando a distancia a su marido para celebrar su próximo aniversario común.

Y al teatro, que vayan otros. Y en la oficina, mejor calladita. Que es que parezco nueva.

Terry Gragera
@terrygragera

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