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Dudo, luego existo

28 Ene

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Descartes fue un pringao. Un pardillo, un pajarel, un pechicolorado. ¿Pero a quién se le ocurre propugnar lo de la duda metódica? ¿A quién sembrar la pepita de la incertidumbre universal?

Porque digo yo, si filósofos como él se hubieran ocupado de desentrañar cuestiones trascendentes de verdad, otro gallo nos cantaría. Asuntos como: “¿Que mis hijos jueguen media hora al día con la tablet es mucho o poco?”, “¿Me estoy pasando a regañinas con mi hija preadolescente?”, “¿Cuántas docenas de veces se puede repetir una orden sin haber perdido la autoridad?”.

Cosas como ésta. De cada día. De todos los días. Que te consumen la paciencia. Y las fuerzas. Y que te hacen pensar que no sabes nada de nada, que te han regalado el carnet de madre en una tómbola y que la muñeca chochona tiene más virtudes que tú para educar a tus hijos.

Porque qué difícil es a veces domar a la prole, queridos míos. Sobre todo cuando hay gente delante. Me refiero a otros adultos, para más señas con hijos, que sólo con la mirada ya te están haciendo un traje: el de progenitor MD (¿muy demasiado?, no… ¡¡muy deficiente!!).

Me sentí así el pasado fin de semana cuando, después de ir a un partido de baloncesto, Teo no quiso finalmente jugar. Confieso que lo intentamos con todos los métodos y que lo sobornamos con un listado de tentaciones que ni Paris Hilton en sus mejores tiempos. Pero ni por ésas. Dijo que no jugaba y no jugó.

Así que ahí estábamos mi santo y yo sin saber qué cara poner, porque en el fondo, ¡oh, desgracia!, desconocíamos lo que teníamos que hacer. (si-lo-obligamos-a-ver-si-se-traumatiza-pero-si-lo-dejamos-hacer-lo-que-quiera-nos-va-a-tomar-por-el-pito’lsereno-pues-no-sé-lo-que-será-mejor-ni-yo-tampoco-pues-vamos-a-presionarlo-un-poco-más-¿más?-si-nos-ha-faltado-desheredarlo-pues-prométele-algo-¿algo-más-de-las-cuatro-bolsas-de-gogos-y-las-20-chuches-quieres-decir?-mira-yo-ya-no-sé-qué-hacer-y-para-colmo-qué-vergüenza-qué pensarán-los-otros-padres-yo-era-igual-de-pequeño-y-mírame-ahora-sí-has-cambiado-mucho-ahora-eres-aún-más-testarudo-si-nos-vamos-a-poner-así-yo-no-me-pongo-de-ninguna-manera-pero-el-partido-va-a-empezar-y-tendremos-que-decir-si-va-a-jugar-o-no-pues-yo-no-sé-qué-hacer-pues-yo-tampoco).

¿Es o no para meterle una demanda al tal Descartes?

Desde el “tú juegas porque si no estás castigado hasta que cumplas 18 años sin ver la tele”, hasta el “venga, bonito, venga, campeón, venga, mi cielo”, sin olvidar el socorrido: “¡Cuando lleguemos a casa verás!”, pasando por “pero si eres el mejor del equipo, qué van a hacer los demás sin ti, ay, mi niño, guapooooo”. Todo. Retodo. Y todo otra vez pensamos, dijimos o murmuramos sin éxito alguno.

Y todo ello en la más absoluta incertidumbre, indecisión y titubeo. Con lo bonito que es tenerlo claro… Debería estar prohibido que los padres dudáramos. Ya que nadie nos explica cómo hacernos cargo de los cachorros que la vida nos regala, al menos que nos programaran para no dudar. Hombre ya.

Ay, amigos, aún me estoy recuperando del sofocón del sábado. Y lo peor de todo es que horas después de poner nuestra capacidad paternal en entredicho, Teo se descolgaba, risilla mediante, con un: “Pues me arrepiento de no haber jugado”.

Desde entonces vivo en un mar de vacilaciones, y aún no he podido desovillar mi cabeza. ¿Soy una madre incapaz?, ¿he sido abducida por unos extraterrestres de Raticulín (fiu, fiu) que me han borrado el juicio y las certezas?, ¿si continúo dudando me quedaré calva?, ¿los niños nacen o se hacen?, ¿a qué huelen las nubes?

Pero qué fatigoso es titubear. Lo que yo os digo, Descartes… un espabilado. Duda metódica, duda metódica. Anda, que me sale la abeja que todos llevamos dentro y si no fuera porque este es un blog respetable acabaría con aquello de: “¡Que te pego, leche!”.

Terry Gragera
@terrygragera