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El huevo infinito

8 Abr

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Yo no sé por qué filósofos, eruditos y, en general, gente de meninge inquieta, lleva toda la vida debatiendo acerca de qué fue antes: el huevo o la gallina.

No me explico cómo no se lo han preguntado a Teo:

–  Pues qué va a ser, mamá… ¡La gallina! Primero estaba la gallina y luego vino el huevo, porque son ellas las que los ponen.

Dicho así, el chico a sus ocho añitos tiene toda la razón, por lo que no he vuelto (ni volveré) a plantearme la cuestión. Concluimos entonces que inicialmente vino el cacareo y luego el cascarón.

Ahora bien, aunque mi niño parece sabio (y este es el momento en que mi madre, oséase, su abuela, se está descoyuntando diciendo que no lo semeja sino que lo es), tiene algunas dudas, digamos, particulares.

– Mamá, ¿cuál es el número que viene justo antes del infinito?

Así, sin anestesia y justo antes de dormirse. Y, claro, ¿dónde están los libros que te enseñan a contestar a esta pregunta?

En menos de una décima de segundo, y mientras veía cómo sus ojos estaban clavados en mí esperando la contestación, me planteé algunas posibilidades:

Opción A: ¡Pues cual va a ser! El infinito menos uno.

Opción B: Eso te lo van a explicar mañana en el cole y si te lo cuento yo ahora le estropeo la lección a la seño, cariño mííííííííííííío.

Opción C: No hay más preguntas, a callar y dormir, que como no te duermas en menos de un minuto, mañana no hay dibujos animados.

Opción D: Uy, ¿qué es esa sombra? A dormir que viene el hombre del saco…

Como no me convencía ninguna (más que nada por la probabilidad cierta de contrarréplica), decidí darle un beso de buenas noches y hacerme la mudita para obviar el compromiso. Pero nada.

Él quería saber. Así que finalmente tuve que reconocer mi ignorancia, no sin antes proferir: “¿Pero cómo se te ocurren esas cosas?”. “Porque tengo muchas ideas en la cabeza”.

Y tanto.

Un nanosegundo después llegaba a mis oídos una nueva consulta (lo del hombre del saco hubiera sido infalible…).

–  ¿Y cuándo nació Dios?

–  Dios no nació nunca, hijo. Estaba ahí desde siempre.

Ceño fruncido. Cara de esto-no-me-gusta-ni-me-convence y yo viéndome que me taladraba con otra repregunta más.

Pero no. El pobre se quedó transido de preocupación, atribulado y cariacontecido porque, descendiendo a lo importante a su edad, se dio cuenta de un detalle crucial:

–   ¡Pues, vaya! Entonces no puede celebrar nunca su cumpleaños.

En el fondo, mi niño es un sentimental. Pese a sus tonteos con la filosofía pura, sus aproximaciones a la gnosis de lo divino y lo humano y sus escarceos con la matemática elemental, se me viene abajo por unas velitas de aniversario.

Cuando se entere de que el desventurado infinito nunca acaba, lo veo, huevos en mano, manifestándose ante la Comunidad Europea por explotación numeral.

 

Terry Gragera
@terrygragera