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La felicidad a aa a (¡con ritmo!)

11 Dic

patito

Hace once años yo era una madre primeriza. Muy primeriza. Detallando: de las que se encerraba en casa tras las vacunas por si a la niña le daba reacción. De las que entraba constantemente a la habitación para comprobar si la recién nacida respiraba. De las que le cambiaba el body a las cuatro de la madrugada porque le había caído una (1) gotita de pipí.

Pero ahora todo ha cambiado. Ahora soy una primeriza con once años de experiencia. Aunque en esto de la maternidad sigo teniendo sueldo de becaria (oséase, nasti de plasti) y mis condiciones laborales son más que precarias: continúo trabajando días laborables, fines de semana y fiestas de guardar; en horario diurno y nocturno con turnos rotatorios y jornadas de 24 horas, y mis jefes, esos dos niños de casi 11 y 8 años que pululan por la casa, no tienen pinta de modificarme el contrato.

Tampoco he cambiado en mi querencia por leer todo lo que de educación infantil se hubiera escrito en esta u otras latitudes, lo que me ha sido muy útil con mi santo para imponer mi criterio: “Que no lo digo yo, que lo dicen los expertos…” (claro, basta con citar al sesudo de tu cuerda y asunto arreglado, pero lo importante es salirte con la tuya, que no es la suya sino la mía).

Debido a esa incomprendida manía, un día llegó a mis manos un documento más revelador que las profecías de Nostradamus: “Las 10 cosas que hacen más felices a los niños”. Como poseída por mí misma, me tiré a él y, antes de nada, lo plastifiqué para garantizar su integridad. Por fin tenía ante mí el enigma más esperado, el arcano más oculto, el secreto más recóndito.

Tal vez una eminente neuropediatra había investigado las conexiones cerebrales de un grupo seleccionado de niños ante unos estímulos cuidadosamente escogidos y bajo rigurosas condiciones ambientales. ¡Y yo iba a conocer el resultado! ¡Qué gozo, qué sin par alegría, qué molicie y algaraza! (me voy poniendo fina, que ya llega el resultado!

¿Y bien? Queridos amigos, tengo que confesaros que he mantenido ese documento conmigo durante muchos años para que no se me olvidara nunca que lo que realmente hace feliz a un niño no es vaciar la cuenta corriente de sus padres en un parque de atracciones, ni pintarle bigotes a la mismísima Gioconda, ni montar un alado caballo blanco, ni tan siquiera vivir en la casa de Pin y Pon.

Lo que de verdad hace felices a los niños es… ¡¡¡dar de comer a los patos!!!

Mi reino por un trozo de pan duro, me dije entonces. Y hasta hoy.

Pensaba en ello este fin de semana en que hemos tenido a dos invitados menudos en casa. Dos amiguitos más dos hijos hacen un total de cuatro organismos multicelulares que necesitan cuatro camas (y ya me quito las gafas de secretaria del Un, Dos, Tres). Sin problema. “¿Ves, querido marido, qué prácticas son las camas nido… ¡y no lo digo yo!?”.

Pero no. Mis hijos y sus amigos Pedro y Álvaro decidieron ser felices por su cuenta. Detallo: Uno (Teo) durmiendo en el hueco que deja la cama nido al sacarla hacia fuera; otro (Pedro) recostado en el suelo que para eso es un boy scout; otra (Ada) retrepada bajo su escritorio encima de unos cojines. Falta el cuarto (Álvaro), descendiente directo del Homo Sapiens, que decidió dormir sobre una cama a pierna suelta y dejarse de experimentos happy como los demás.

A la mañana siguiente, todos tan contentos y como una rosa. ¡Qué mala es la edad, si a mí con sólo pensarlo ya se me estaban deshaciendo los riñones!

Para el 2014 voy a proponerme volver a los orígenes, ser feliz con lo más puro, menos es más, amigos. Que hay que acercarse a los patos, pues me tendré que ir a Salzburgo a ver El Lago de los Cisnes; ¿que hay que dormir en recónditos lugares? Pues tendré que dar la vuelta al mundo en su búsqueda (en business, claro). Es que la felicidad está en esas pequeñas cosas… ¡Y no lo digo yo!

Terry Gragera
@terrygragera

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