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El amarillo no es un color

22 Ene

blog_minion

El amarillo no es un color. El amarillo es un sacrilegio. Una impiedad. Una inclemente penitencia. Sobre todo para biparidas como yo que pasan de la cuarentena.

Y es que, amigos, este fin de semana me transmuté con el resto de mis compañeras en una Minion cualquiera (aquí tenéis la foto). Era la fiesta de Año Nuevo de mi empresa y tocaba disfrazarse.

Ya he glosado antes aquí la proverbial juventud de la chavalería con la que tengo a bien compartir mi vida laboral. Algo que se hace especialmente patente en estas ocasiones. Porque donde una madre como yo hubiera elegido un hábito de monja franciscana sueltecito y cómodo, sin poner en evidencia las lorzillas de más y la inevitable e impía ley de la gravedad que no deja cuerpo con prestancia, ellas eligieron un trajecillo corto y llamativo. En amarillo chillón.

Sí, queridos, sí. Y ahí me veis a mí con un petito vaquero “cubreingles” que se acompañaba de una camiseta tan ceñida que podría ser homologada para hacer torniquetes en los brazos y por unas medias de ese color que todo lo adelgaza, todo lo disimula, todo lo oculta, todo lo enmascara: habéis acertado, ¡el amarillo!

Porque no hay nada comparable a meter unas patas de jamón cinco jotas (las mías) en unas medias de talla única creadas para ser lucidas por una estrella de +/- 45 kilos del manga japonés, y luego mirarse en un espejo. Virgensantadelapiedadbendita. Celulitis… ¡presente! Grasa localizada… ¡en sus puestos! Descolgamientos varios… ¡arrr!

Pero eso no fue todo. Dispuestas a darme la noche, las medias de marras se me iban bajando cual pantalones “cagaos” a cada paso, para recordarme cada uno de los (kilo)gramos que me sobran y que, por supuesto, y esta vez sí que sí, pienso perder este año. Y, claro, tenía dos opciones: o medias a medio muslamen o peto arriba y culete al aire para subirlas cada 0,2 segundos. Afortunadamente, soy muy sufrida. Mis secretos siguen siendo míos.

Aún así, y pese a todos estos pequeños “inconvenientes”, tengo que confesaros que pasear por París (sí, mi empresa es francesa) vestida de Minion, con pestañas postizas (por primera vez a mis 42), mi gorrito (amarillo, of course), unas gafas de aviador retirado y canturreando “Ni-no-ni-no-ni-no”, como en la película, es un excelente antídoto para liberar la mente.

Lo que no me queda muy claro es lo que pensarán mis niños de mí. ¿Me verán como a un personaje de ficción? ¿Comenzarán los trámites para ingresarme en un frenopático? ¿Habrán hecho terapia de grupo en la asamblea del cole a mi costa?: “Mi madre se viste de Minion”. “Ooooh, lo sentimos”. “Estamos contigo”. “Apóyate en nosotros”…

Con lo agustito que hubiera ido yo disfrazada de Gru, con un abrigo de paño bien gordo hasta los pies, y me toca lucir cuerpazo, azo, azo…

Aunque en el fondo, ¿sabéis lo que os digo? Que viva el amarillo y los cuerpos contundentes enfundados en él. Aunque sea una única (y osada) vez al año. Et c’est fini. Lo que viene siendo: Ysanseacabó.

Terry Gragera
@terrygragera