Admito que somos unos blandengues y que hemos sucumbido al “truco o trato”. De hecho, es una fiesta grande en casa, y los niños la esperan y la preparan durante semanas.
Muy distinto a mis recuerdos infantiles cuando acompañaba a mis padres al cementerio a poner flores y a adecentar la lápida de mis abuelos según se acercaba el Día de Todos los Santos. No me traumaticé por ello, no, pero entiendo que los jovencitos de hoy prefieran el jolgorio al drama. No es lo mismo ver a tus padres lógicamente cariacontecidos que contemplar cómo tu madre muta en enfermera zombi y tu padre en el hijo de Frankestein.
Así que, dándolo todo una vez más, preparamos la fiesta de Halloween a conciencia con un menú de lo más suculento: magdalenas envenenadas, jugos gástricos, meado de camello, agua de alcantarilla, vómito de calabaza, bastoncillos usados con cera de oídos, tiritas infectadas, sangre en jeringuillas, mini momias y gusanos de muerto, entre otras delicatessen que abren de por sí el apetito.
Pero la tarde se torció, y de qué manera, cuando Lola, nuestra (segunda) cobaya, dio muestras de no estar para muchas algarabías. Tras la pertinente visita al veterinario, nos la llevamos a casa para dejarla descansar en la habitación más tranquila mientras esperábamos a los diez niños convocados para celebrar con los nuestros el jalogüin.
Os reconozco que ese día sí que fuimos generosos porque acabamos dando una fiesta para los amigos de nuestros hijos, ya que ellos, especialmente Ada, no se hallaba en sí y fue incapaz de disfrutar (¡igualita que su madre!).
Al acabar la velada vino lo peor. Descubrimos con nuestros peques que Lola había decidido vivir la noche de los muertos en el estricto sentido del término. Y dramón al canto, como no podía ser de otra manera.
Me di cuenta entonces cómo de mayor se está haciendo Ada, pues su llanto ya no era el de una niña al que se le ha ido su mascota, sino el de una “adulta en proceso” que se siente culpable por no haber estado con su cobaya en los últimos momentos. Y que, además, experimenta tristeza y rabia (su primera rebelión contra la vida) a partes iguales. Y fui plenamente consciente de que está creciendo muy deprisa.
Así que esa noche, además de recoger restos del suelo como meados de camello y otras exquisiteces, y tras consolar el llanto inconsolable de Ada, mi santo, que cada vez se gana más el sitio, se dedicó a embalsamar a la cobaya Lola.
Como el resto de nuestras mascotas, y sin posibilidad de otro tipo, Lola tiene que ser enterrada en el campo de los abuelos, a 500 kilómetros de casa. Allí están Kira, la (primera) cobaya, Francis, el pollito, y algunos peces que aguantan el paso del tiempo envueltos en papel film.
Está bien tenerlos allí juntitos, bajo el nogal de la Casa del Árbol, pero cuando no hay previsto ningún viaje, la cosa se complica. Es lo que sucedió con Kira, que pasó varios meses en la cámara frigorífica de la gentil veterinaria, antes de que pudiéramos recogerla para darle esos funerales cuasi de Estado que mis niños organizan.
Así que volveremos a hacer kilómetros en cortejo fúnebre, pero esta vez con nuestra querida Lolita, e intuyo que Ada y Teo dejarán otra vez dibujos y cartas bajo la tierra para que quede constancia de sus sentimientos.
No me gusta ver sufrir a mis niños, pero si soy sincera, me alegro de que sean capaces de entristecerse incluso por una conejilla de Indias de apenas 300 gramos, aunque sea a costa de hacer rico al señor Kleenex estos días.
Es una forma de aprender que hay dolores que no se eligen y que hay que tolerarlos, a ser posible sin anestesia; algo que para una madre (protectora) como yo no es nada, pero que nada fácil.
Para que luego critiquen que Halloween es una fiesta de mentira. ¿Me lo dices o me lo cuentas?
Terry Gragera
@terrygragera
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