Archivo | Tiki RSS feed for this section

A mi Yaya, de su Teresilla

13 Nov

blog_13nov

Mi Yaya hubiera cumplido 100 años esta semana. Quizá porque es una fecha tan significativa me acuerdo de ella aun más de lo habitual, aunque confieso que en estos 11 años desde que se fue ha ocupado mi pensamiento al menos una vez cada día.

Mi Yaya es la esencia de ese amor verdadero que se tiene, además de por los hijos, por casi nadie. No fue una abuela especialmente cariñosa, ni especialmente divertida, ni tan siquiera dadivosa. Mi Yaya estaba en casa, sentada en su sofá, con su bata y sus calientapiés de lana y desde ahí se hacía querer a rabiar.

Es la única que me ha llamado otra cosa que no sea Terry. Bautizada como Mª Teresa Ana Asunción; el primero como mi madre, el segundo por el día de mi nacimiento, y el tercero, en honor a mi madrina, me quedé con Terry para no crear equívocos con mi progenitora. Terry para todos, menos para ella, que siempre me llamó, hasta el final, Teresilla.

Yo también en sus últimos años dejé de llamarla Yaya para llamarla Tiki, porque me gustaba tocarle la piel caída y suave de su cuello y jugaba a pillarla como cuando corres tras un niño pequeño (“¡que te cojo el culo!”), para acabar con sus perfectas carnes flácidas a mi alcance: “tiki, tiki”.

Mi Yaya, mi Tiki, nunca me llevó al cine, ni a tomar un helado, ni me leyó un cuento, como hacen las abuelas modernas con sus nietos. Ella sólo estaba. Con su carga de vida encima, que no aireaba ni ocultaba. Por eso cuando le preguntaba: “¿Cuántos años cumples, Yaya?”. Ella respondía: “72, y lo pasado pasado”, y al año siguiente: “73 y lo pasado pasado”. Y así cada vez.

Vivió hasta los 88 años, los últimos con una adorable demencia senil que lo mismo la llevaba a guardarse una loncha de jamón en el vestido que una pera en el edredón. Por eso tuve que convencerla muchas veces, foto en mano, de que había sido convenientemente invitada a nuestra boda y que allí había estado. Aun así me dijo: “No quiera Dios”, cuando le conté que estaba embarazada de Ada. Para ella yo seguía siendo Teresilla, la niña que le decía Tiki-Tiki y que le pedía dinero para un pastel los viernes por la tarde.

Como una dama de la alta sociedad, cada semana se leía el Hola a conciencia, aunque cuando llegaba a la pobre Lady Di siempre decía: “¡Pero qué nos importa a nosotros Lady Di!”. Y tal vez tenía razón, pero el viernes siguiente (porque entonces las revistas del corazón llegaban para el fin de semana) la volvía a comprar, para suspirar minutos más tarde: “¡Pero qué nos importa a nosotros Lady Di!”. Estoy segura de que si le hubiese escrito al director del Hola con su primorosa caligrafía y sus modales refinados, él hubiera mandado a la princesa triste a las páginas de crucigramas con tal de no hacer enfadar a mi Yaya.

Uno de los últimos paquetes de Reyes que recibió fueron los vídeos de Lina Morgan en Vaya Par de Gemelas y similares fuentes de erudición. Se reía como una niña y era capaz de verlos una y otra vez sin recordar que los chistes estaban a punto de llegar. Mucho antes yo le había regalado un collar de perlas sin cultivar, que llevaba en todas las bodas, bautizos y comuniones, donde lucía su bolso marrón de piel y sus trajes, que seguía haciéndose en modistas, como en los viejos tiempos, para cada ocasión. Esa y la de comer pescado fresco cada día eran de las pocas costumbres del pasado a las que se aferraba una mujer que había tenido y perdido todo.

Cuando estaba ya muy malita, me dijo un día por teléfono, sin saber a quién se dirigía: “A ver cuándo vienes a verme”. Horas después cogimos el coche y llegamos al hospital. Yo sabía que era la última vez. Y así sucedió.

Cuando salí de la habitación le dije adiós para siempre. Y gracias, por permitirme sentir que una abuela es un regalo de la vida.

Voy a veces al cementerio a llevarle flores, intentando encontrar algo de ella, pero siempre me vuelvo vacía porque no está. Yo quiero el olor de mi Yaya, sus manos maravillosamente maduras, sus ojillos vidriosos tras sus gafas de pasta, su labio torcido, su pelo blanco con ondas como si Asunción (la peinadora que iba a su casa) la acabara de arreglar. Busco a esa Yaya perfectamente amorosa e imperfectamente humana de la que tanto disfruté.

Ya no está. Pero con esos cien años, y “lo pasado pasado”, me sigue enseñando cada día que es posible querer del todo y para siempre de manera absolutamente incondicional.

 

Terry Gragera
@terrygragera

Anuncios
A %d blogueros les gusta esto: