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Yo por mis hijos cangre-je-o

13 Ago

arcanoe2

Nunca he sido amante de los animales, pero ya se sabe que cuando una se convierte en madre hace un cursillo acelerado de “donde dije digo, digo Diego”. Por eso, y desde que mis niños me lo piden, me dedico al noble arte del cangrejeo. Vamos, a lo que viene siendo pillarme un lumbago de narices apostada en cualquier roca costera esperando que un incauto cangrejillo asome las pinzas para, ¡¡zas!!, atraparlo como sea, para solaz de Ada y Teo.

Más de una vez me he llevado un buen picotazo y/o mordisco, pero el dolor no le llega ni a la suela de las chanclas a la cara de ilusión de mi prole cuando ponen al pobre bicho en el cubo. Así que vuelvo a cangrejear, porque es que a-mí-me-encanta desollarme los dedos y ganarme a pulso las tortícolis.

Después de recaudar unos cuantos cárabos, cual cobrador del frac, los dejamos en libertad, pues ya se sabe que mis hijos son la encarnación en la tierra de San Francisco de Asís.

Cinco gallinas (ponedoras), tres pollitos, una cobaya, un conejo enano y ¡cómo no! un periquito, comparten con nosotros las vacaciones. Tanto que veo asomarse a mi santo con barba de 15 días y me parece estar contemplando a Noé a bordo del Arca.

Esto por citar a los vivos, porque también está Acqui de cuerpo presente. Compañero del ilustre Caballito, el pobre pez lleva cuatro meses envuelto en film transparente para ser enterrado junto a su hermano de aleta en el campo de los abuelos, a 500 kilómetros de casa, según órdenes estrictas de Teo. Para que luego la gente se admire con la momia de Tutankamon. Los egipcios, unos aficionados a nuestro lado.

En general, nuestros animalillos disfrutan de la bucólica vida campestre. En general, digo. Porque de vez en cuando tenemos visita. Como el pasado viernes: 11 niños persiguiendo a las pobres gallinas, 11 niños acorralando a los pollos, 11 niños corriendo tras el conejo, y Sara, de dos años, acosando a la cobaya con tal de ponerle su chupete en la boca.

Con lo tranquilitos que estábamos los padres degustando unos piononos de Santa Fe y van y nos obligan a ejercer. Así no hay quien digiera una frugal comida.

Definitivamente, éste es un verano bestial, aunque espero que mis hijos no se asalvajen (aún más). No obstante, hay algo que me preocupa. ¿Por qué cuándo jugamos al diccionario me miran tan fijamente cual lechuza o batracio sin compasión?

Oye, es comenzar… con la B: ballena; con la F: foca; con la M: manatí… y no quitarme la vista de encima. ¿Debería sospechar algo?

Terry Gragera
@terrygragera

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