Mamá, yo también te quiero

7 Oct

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Y mira tú por dónde que la ley de los vasos comunicantes va a ser la que me salve el pellejo después de mi osadía de la pasada semana al “departir” afablemente sobre mi suegra. Porque ahí está la Wikipedia para iluminarme diciendo que “cuando sumamos cierta cantidad de líquido adicional, éste se desplaza hasta alcanzar un nuevo nivel de equilibrio, el mismo en todos los recipientes”. Equilicuá. Lo que viene siendo que en este post tengo que darle cerita a mi madre para compensar un poco.

Pensaba en ello hace unos días, tratando de imaginarme la reacción de mi paciente suegra cuando descubriera que había sido objeto de mis desvelos prosísticos. En mi descargo, sólo puedo decir que, antes de publicarlos, mi santo esposo fue reclamado para dar el visto bueno. Y a fe que lo hizo.

Así que, más contenta que unas pascuas, pulsé el “publicar” y ¡listo! Sin embargo el reconcome (que una es de colegio de monjas) y la pregunta repetida de:“¿Tu suegra no leerá el blog, no?”, me han asomado al abismo de la culpa.

Pero a grandes males, grandes remedios: pongamos a Pascal y a la ciencia de nuestro lado. Así que, vamos allá, amantísima mamá. Todo por no perder más puntos delante de la familia política…

¿Qué podría contar de mi madre? ¿Qué es una excelente pintora (pero no tiene ningún cuadro en El Prado)? ¿Qué todas sus alumnas la idolatran (pero no atesora ningún Nobel)? ¿Qué hace los mejores calamares rellenos del mundo (pero no ha conseguido ninguna Estrella Michelín)? (¡Qué, suegra, le estoy dando pal pelo, ¿eh?!). No, creo que no cuela.

Venga, un nuevo intento. ¿Acaso es malo haberse escondido toda la vida tras las puertas para oír las conversaciones al teléfono de tus hijos? ¿Acaso es excesivo que el gusto por la lectura te lleve a reventar el candado del diario adolescente de ésta que suscribe y a devorar, cual Quijote, su correspondencia postal? ¿Acaso es desmedido suplicar al médico una resonancia y/o una analítica completa ante cualquier mínimo rasguñín de tus hijos o tus nietos? ¿Acaso es exagerado seguir planchándole a tu hijo de 33 años la ropa para que no se canse?

Por favor, si ahí está la verdadera esencia de la humanidad: escuchad y seréis escuchados, leed y os convertiréis en sabios, pedid porque no se sabe hasta cuándo habrá Seguridad Social, planchad a los 60 y experimentaréis lo que es un dolor crónico de riñones…

Pero no, “anécdotas” aparte, sería injusta si no reconociera que mi madre es mi mejor ejemplo vital. Gracias a ella he aprendido a no quejarme, a no sobredimensionar mis problemas, a no venirme abajo por cualquier cosa… Sí, amigos, porque es infinitamente mejor tener una cuita que dos. Y cuando yo le cuento a mi madre mis preocupaciones, las mías se multiplican: pues a lo que me pasa, añado también su notorio desasosiego. Así que mejor me quedo solita con lo mío y me ahorro consolarla… Una auténtica jugada maestra para educarme; vamos que por eso a mi madre la llaman la Kasparov bastetana.

Gracias a ella he aprendido que éste es un mundo de riqueza incalculable, de sorpresas infinitas, de posibilidades insondables. Porque mi madre siempre conoce “un caso”. Sí, ella puede citarte el caso de una mujer que casi se muere de un quiste hidatídico por tener un perro; el caso de un niño que jugando en un tobogán se cayó así con “el cuellecito de lado”; el caso de una vecina que un día no lavó bien los tomates y casi perece de la infección… Mi madre es google en estado puro; eso sí, en lo que a desgracias, temores y terribles sucedidos se refiere, por lo que casi que voy a proponerle que funde la “CasoPedia”.

Gracias a mi madre he descubierto también que merece la pena cuestionarse lo evidente, que hay que ir más allá de lo visible, que la duda es un seguro intelectual. En efecto, porque cuando yo le digo: “No es nada, el médico dice que es sólo un virus”, ella salta como un resorte: “Sí, seguro, es que los médicos de hoy no tienen ni idea; mira que conozco un caso que le diagnosticaron un virus y acabó siendo una disfagia con diplopía, disuria, mialgia, queratoconjuntivitis, hematoquecia, ictericia, flatulencia y picor anal. Y como sea eso, ¡¡yo-es-que-me-voy-a-moriiiiiir!!”.

“Sí, mamá, si morirnos nos vamos a morir todos”, acabo diciendo en muchas de sus incontinencias mentales… Pero yo sé que, en el fondo, lo hace por mi bien. Para que mantenga el cerebro alerta (y el corazón tonificado a base de sobresaltos).

Así que, ¿cómo podría yo osar criticar a mi madre? ¿Qué pensáis: que soy una hija desnaturalizada además de una nuera montaraz? Pues no, no y mil veces no. Mi madre es la mejor. Y para que conste y no haya la menor duda, so malpensados, aquí lo digo, lo recalco y lo reitero: la mejor, la mejor, la mejor. Chimpún.

Terry Gragera
@terrygragera

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8 comentarios to “Mamá, yo también te quiero”

  1. Anónimo 8 octubre, 2013 a 22:15 #

    ¡Genial! ¡lo que me he reído leyéndolo con mis hijas!
    Ahora que lo pienso…me habrán visto reflejada en tu madre?
    Si al final va a resultar que cuando nos hacemos madres nos transformamos

    • Terry Gragera 8 octubre, 2013 a 22:25 #

      Sí, eso pienso yo también. Corregida y aumentada, que dicen por ahí. Muchas gracias por leerme. Un beso muy fuerte. 🙂

    • Anónimo 8 octubre, 2013 a 22:25 #

      No soy anónima, soy Alicia, tu compi del cole. Besos

      • Terry Gragera 8 octubre, 2013 a 22:26 #

        ¡¡Alicia!! Qué alegría tenerte por aquí también. Nos vemos dentro de poquito, ¿verdad? Un beso enorme. 😉

  2. Mamá 8 octubre, 2013 a 15:14 #

    No conozco a una persona mas inteligente que tú, y como dijo tu santo cuando erais novios refiriéndose a tu belleza… ¡yo por lo menos no la he visto!… Ah, el final de traca. Muchos besos.

    • Terry Gragera 8 octubre, 2013 a 18:13 #

      Te habré salido a ti, mamá. Es lo que tiene la genética. Gracias por no desheredarme todavía. Dale consejos a tu consuegra. 🙂

  3. Fi 8 octubre, 2013 a 13:08 #

    ¿Bastetana? ¿Sabe preparar el garum?

    • Terry Gragera 8 octubre, 2013 a 18:11 #

      Bastetana, de Baza. Y lo del garum, no me suena, pero como se lo proponga, ahí que lo hace. Bonica es mi madre… 😉

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