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Un antiValentín cualquiera

11 Feb

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¿Algún abogado matrimonialista en la sala? ¡Bien! Me alegro. Más que nada para alejar definitivamente de mí las pérfidas tentaciones que casi me llevan ayer a pedir el divorcio exprés y/o la anulación conyugal.

¿Y me diréis: pero tú no cohabitas con un santo varón cuya benevolencia glosas sin reparo? Y yo os contestaré: sí… Eso es así casi siempre. Porque el hombre es un ser imperfecto y contrahecho y, cuando resulta más inconveniente, ¡zas!, decide ser humano en toda su magnitud. Y si no fuera tan fina como soy diría, con el meñique levantado y todo: la ca-ga.

Así pasó ayer: un día en que yo NO podía llegar tarde a la oficina, uno de esos momentos en que NO conviene en absoluto destacarse para mal, una de esas jornadas en que NO basta con serlo sino que hay que parecerlo… Y tuvo que suceder. Justo ayer.

Os pongo en antecedentes. Ada se había despertado con dolor de cabeza, así que, ingenua de mí, pensé: un sanDalsy y al cole. Pero, mira tú por dónde, que la molestia, misteriosamente, no se le pasaba después de un tiempo. Y, claro, una a veces es borrica, pero no para mandarla de esa guisa a clase. Así que, pese a que ayer NO era el día, tuve que esperarme con ella en casa a que el medicamento le hiciera efecto. “Será cuestión de minutos”, pensé. Sí, sí. Cuestión de 60 minutos, y de otros 60 y de otros 60…

Hasta que, temiéndome lo peor, me dio por telefonear:

-“Estooooo, cariño, boniiiiito, corazón de mis entretelas, ¿cuánto Dalsy le has dado a Ada?”
-“Pues 5, como siempre”

A eso le llamo yo ser un sentimental, un hombre de profundos arraigos, un padre con convicciones. ¿A quién si no se le ocurriría dar a su hija de 11 años la misma dosis que cuando era una bebé de 12 meses?

El fin de la historia ya la sabéis. Tan sólo llegué tarde cuatro horitas de nada a la oficina, justo el día en que NO debía retrasarme. Y, je, je, casualidades, unos minutejos después de darle a la pobre criaturita mía la dosis exacta que, oh milagro, le quitó el dolor al instante.

¿Comprendéis ahora por qué adoro a mi marido sobre todas las cosas? ¿Por qué renovaría mis promesas matrimoniales hoy mismo? ¿Por qué hay momentos en que cogería un exprimidor para dar buena cuenta de esta media naranja con la que la vida me ha obsequiado?

No busquéis en mí una Infanta cualquiera. Que no sabe, no recuerda, ni le constan los pecadillos de su urdangarin particular. Soy mucho más arpía y bienmemoriada. Y, en esto, queridas mías, sé que no estoy sola, porque de hombres ocurrentes y oportunos está el mundo lleno.

Como veréis, hoy estoy totalmente poseída por el espíritu de San Valentín. ¿Qué os creíais que era sólo un invento de unos grandes almacenes o qué?

Terry Gragera
@terrygragera