Mis amigos del Club

3 Sep

escalera

Como algunos ya sabéis, conocí a la joya de la corona, esto es, a mi santo, en el Club. ¿En el de Poooolo, en el de Caaaaampo, en el de Tiro de Pichóóóón? (pronúnciense todos ellos como hacia dentro, ¿saesss?). Pues no, me encontré con él en el Club Aspacen, un oasis donde jóvenes con y sin discapacidad nos reuníamos a charlar, bailar y ligotear los sábados por la tarde.

Gracias al Club tengo dos hijos, un marido (a ratos bueno, a ratos mejor) y también un montón de amigos del alma que conservo desde los 20 años. A lo largo del tiempo, muchos de los voluntarios nos hemos ido casando entre nosotros (cada uno con el suyo o la suya ¿eh?, sin desmadrear) y ahora vamos juntos por ahí, con trece niños a cuestas, como si fuéramos una sola familia.

Para reproducirnos, todos hemos empleado el mismo método. Obviedades aparte (tranquilos, que en este blog siempre hay horario infantil protegido), la cosa consiste en organizar una comida de Navidad. Pareja que la convoca, pareja que se queda embarazada al año siguiente. Comenzamos en nuestra casa un diciembre de 2001 y, milagrosamente, nunca nos ha fallado el invento, tanto que ya van trece churumbeles y estamos por patentarlo…

Algunos años ha habido disputas, pues todos queríamos reunirnos en nuestra casa, y otros como estos últimos, con los cupos familiares a punto de estallar, ya nos vamos batiendo en retirada. “No, mirad, mejor una meriendita allá por febrero”, “pues es que a nosotros no nos viene bien, que tenemos que cambiarle el alpiste al canario”… Aunque al final siempre hay suerte, pues algún valiente o insensato acaba ofreciéndose, aun a riesgo de tener familia supernumerosa.

Una de las mejores cosas de que sigan naciendo niños en el grupo es que podemos ir a conocerlos al hospital. Ése es un día grande porque, siguiendo la tradición, acudimos todos juntos para agasajar con cervezas frías al padre, mientras la madre devora el embutido que no ha podido degustar en todo el embarazo. Me conozco al dedillo el gesto de estupefacción de cada una de las enfermeras que al entrar en la habitación de la recién parida casi se caen de espaldas por el olor a chorizo. ¿Quién había dicho que los bebés olían a Nenuco? Los nuestros huelen a morcón de lomo.

Sí, mis amigos son especiales. Por ejemplo, Esther es la única persona en el mundo con el don (real) de la ubicuidad; David es el único ser (sin inteligencia artificial) que podría disertar, en pleno campamento, sobre la rentabilidad de cambiar el diseño de los cartones de huevos y Pedro es el único ingeniero capaz de apoyar una tabla entre una barandilla y un caballete, colocar encima una escalera, subirse, caerse y seguir manteniendo después que el invento era seguro. Podría hablar también de Rosa y de su admiración por los que vivimos en “tiempo real”, de Virginia, de Alberto I o de Alberto II (que con su lenguaje críptico deja en pañales a la Piedra Rosetta), de Patricia y su gula con las quesadas, de Rocío, de Juan Antonio, de “Maia”, de Pepón…

Ya que me he puesto sentimental, voy a aprovechar para hacer una cosa que siempre he querido… “¿Puedo saludar?”, me pregunto a mí misma. “Sí, anda, saluda…”, me contesto simulando incomodo. “Pues aprovecho este blog para saludar a mis amigos del Club que tanto quiero, y especialmente a Pedro y Esther que necesitan ahora muchos achuchones”. “¿Algo más?”, me apremio. “Bueno, sí, que a ver quién organiza este año la comida de Navidad”.

Pido no. O sí, que nunca se sabe.

Terry Gragera
@terrygragera

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6 comentarios to “Mis amigos del Club”

  1. Anónimo 4 septiembre, 2013 a 10:07 #

    Me he vuelto a acordar del Señor Lobo y su mítica frase. Y si Pedro necesita achuchones, puede hablar con la polaca que va a batir un record mundial. Besos.

    • Terry Gragera 4 septiembre, 2013 a 11:11 #

      Querido Anónimo,

      Compruebo que tus recuerdos son muy evocadores. Con respecto a lo del récord mundial, mejor no dar ideas. Besos mil.

  2. Alea 3 septiembre, 2013 a 18:39 #

    Lo que no sé si sabéis es que todos los que nos acercamos a vosotros siempre nos vamos con una dosis extra de energía positiva, varios kilos de sonrisas para repartir y la sensación de que el mundo, con vosotros, es mucho mejor cada día. Desde hace más de veinte años.
    Gracias,
    Alea

    • Terry Gragera 3 septiembre, 2013 a 20:12 #

      Muchas gracias a ti, Alea. Ya sabes que los amigos de mis amigos son mis amigos. Un besazo.

Trackbacks/Pingbacks

  1. Sicilia… 1940 | Mamá, Periquito me quiere pegar - 27 mayo, 2014

    […] qué barbaridad! Pero es así: conservamos la amistad desde nuestros tiempos del Club como uno de esos regalos que la vida te hace para […]

  2. ¡Manda huevos! | Mamá, Periquito me quiere pegar - 17 septiembre, 2013

    […] al menos fue rebautizado por mi hermana Elisa cuando, como ya os conté, en un campamento le dio por desarrollarnos la teoría de por qué era más rentable que los ídem […]

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