Luz y taquígrafos

26 Nov

blog_iker

Desde que osé hacer público lo de “La taaaaapa, la taaaaapa”, mi vida se ha convertido en un infierno. Mi santo, cual cobrador del frac, me persigue por toda la casa al bramido de “Las luuuuces, las luuuuces”. Es un hombre poco derrochón, qué le vamos a hacer. Exactamente igual que yo, a excepción del asunto lumínico, en que me gusta que mi hogar parezca una feria.

Esta querencia me viene de antiguo, pues recuerdo cómo de pequeña mi padre, al llegar de trabajar, y ante el asombroso espectáculo de no ver ni una sola bombilla apagada, nos inquiría: “¿¡Es que somos accionistas de La Sevillana!?”. Y justo después: “¿Qué os creéis, que nos regalan el dinero en el Banco’spaña?“. “Pues más vale, porque con lo que vais a tener que pagar de luz…”.

Así que aquí me tenéis, unos cuantos años más tarde, ahíta, agotada, fatigada porque mi maridito le ha declarado la guerra a los vatios. Al menos, aparentemente. Porque me barrunto que tal vez sea una venganza sin piedad por revelar tan íntimo secreto de nuestra vida escatológica.

Él, que es el hombre tranquilo, el hermano mayor del santo Job, se ha dejado llevar por la revancha más roñosa. Y en el momento más inoportuno. Sí, porque no entiende que volver a la miopía a los 42 años es una desgracia como otra cualquiera. Porque yo era, amigos, una operada feliz, muy feliz, hasta que las traicioneras dioptrías han vuelto a mi vida, así que me paso el día diciendo “¡que no veeeeo!, ¡que no veeeeo”. Lo que me obliga a volver a los anteojos, a las lentes, a las gafitas de marras que taaaanto me gustan. “Claro, es la edad”, me dice todo el mundo, como si me hubiera convertido ya en una abuela con presbicia. Pues no, que lo mío es miopía adolescente.

Porque no veo un pimiento, y porque tengo otras cosas en qué pensar que en accionar interruptores cada vez que cambio mi ubicación en casa tan solo unos centímetros, nuestro hogar resplandece cual imperio en tiempos de Felipe II.

Pero la obsesión de mi santo es tan alta que no baja la guardia ni fuera de nuestro hogar. “Piiip, piiip”, sonaba mi  whatsapp hace unos días: “Las luuuuces, las luuuuces”, leía estupefacta mientras él me reconvenía desde el coche. Ay, qué cruz. ¿Cómo le hago entender que un halógeno encendido no hace daño a nadie, mientras que una tapa levantada es un delito contra la higiene y contra mi precario equilibrio mental? Me siento más perseguida que Iker Casillas, que ya es decir.

Aunque ¿sabéis qué os digo? Que yo sigo a lo mío. Abajo la penumbra, arriba los corazones. Olvidemos el crepúsculo doméstico, la sombra, la oscuridad. Que echen humo los contadores de la luz para que haya quien se forre de una vez con todo el derecho. Y a mí costa. Que estoy rumbosa.

Luz y taquígrafos, amigos. Luz y taquígrafos.

Terry Gragera
@terrygragera

Kira, la robacorazones

20 Nov

blog_ocasoEl post de esta semana sale un poco más tarde de lo habitual por asuntos estrictamente familiares. Y digo familiares porque Kira, nuestra cobaya, con su saber estar cual dama de la alta sociedad se había ganado a pulso ser considerada una más de la familia. Siempre discreta y tranquila, había conseguido robarme el corazón incluso a mí, que fui el mayor escollo para que acabara recalando en casa, gracias a la alergia de nuestra amiga Amaya y a la generosidad de su hija Claudia.

Pero esa naturaleza delicada tiene también sus contrapartidas, y el lunes se fue a hacerle compañía a San Francisco de Asís, que a este paso nos va a pedir un plus por cuidar de tantas mascotas allí arriba.

Mi jefe, que demostró sobrada sabiduría al contratarme, me decía que el problema de los animales domésticos es el cariño que les toman los niños y lo mal que lo pasan cuando se van. Y tiene razón. Pero sólo a medias. Porque para Ada y Teo, este proceso de ida y vuelta ha sido todo un aprendizaje.

Ayer en casa lloró hasta el apuntador. Unos por dentro, como mi santo, y otros a lágrima viva, como los niños, o intentando mantener el tipo, como en mi caso. Pero esta dolorosa experiencia nos ha servido y nos servirá para pensar en lo que nos enseñan quienes nos rodean, en las vivencias que compartimos y en lo que significa echar de menos y tolerar la tristeza. La propia y la de los hijos que, en mi caso, es lo que más me cuesta porque debí de saltarme la vacuna de la sobreprotección como amable e insistentemente (muy insistentemente) se encarga de recordarme mi querido hermano Fernando.

Hoy, y a pesar de mis miedos, tengo que reconocer que los peques están mejor de lo esperado; sin embargo, mi santo y yo seguimos renqueando al pensar en la encantadora cobaya.

Las perspectivas el lunes no eran halagüeñas: “Pues yo mañana no quiero ir al cole”, “me da igual suspender el examen”, “tengo ensayo de la obra de Navidad y no voy a poder hacerlo”… Un dramón en toda regla. Aunque según fue avanzando la tarde, cada uno fue definiendo su duelo. Ada siguió llorando durante horas y horas (al estilo de su madre) y Teo se escoró al lado pragmático (a la manera de su padre).

-“Mamá, ¿estará abierto el kiosco todavía?”.
– (Querrá una tarjeta de despedida, pensé yo). “¿Para qué, Teo?”.
– “Para que me compréis unos go-gos y así se me quita la pena”.
– “Pero, Teo, ¡¡cómo puedes pensar en eso ahora!! “, hipaba su hermana.

Eso se llama sacar rédito del asunto. Si cuando yo digo que este niño va para político, no ando desencaminada.

Luego tocó charla en la cama con los dos. Cada uno en su estilo.

-“Mamá, ¿se puede uno morir después de muerto?”.
– “No, Teo, pero ¿para qué quieres saber eso?”.
– “Porque si en el cielo Kira se pone muy malita y se muere allí, ¿adónde irá entonces?”.

Ay, qué carraspeo.

-“Vale, entonces, ¿cuánto se tarda en llegar desde la Tierra hasta la atmósfera?”.

Uf, qué sofoco.

Para deducciones astronómicas estamos…

Mientras, Ada se admiraba de la respuesta de su papá, un hombretón de 43 años, que salía no corriendo sino volando con la cobaya hacia el veterinario. «Cómo nos quiere, papá». Y recordábamos juntas el reciente cumpleaños de Kira, que por supuesto habíamos celebrado, con un gorrito de fiesta casero y una tarta hecha a base de zanahoria, calabacín y heno que hizo las delicias de la homenajeada.

Lo dicho, que cada cual vive la pena a su manera. Unas al estilo de Anne Shirley en Ana de las Tejas Verdes, y otros con la calculadora en la mano. Pero todos con sentimiento por haber perdido a la adorable Kira. Al final no lo vamos a estar haciendo tan mal.

Terry Gragera
@terrygragera

¡Que no decaiga!

12 Nov

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¿Soy la única que no recuerda haber juramentado, en un arranque culposo, doloso o, cuando menos, insensato, que una de mis tareas principales durante esta gozosa vida marital sería… ¡¡¡bajar todos los días mil veces la tapa del váter!!!?

¿Pero qué sucede? ¿Cuál es el problema, el insalvable obstáculo que incapacita a mi santo para bajar el adminículo dichoso después de miccionar?

Pongámonos en situación: uno siente un cosquilleo en la vejiga… ¡ha llegado la hora de hacer aguas menores! Se aproxima a un waterclose, se baja la bragueta, extrae el instrumento, lo alivia, lo envaina, se sube la bragueta, tira de la cadena y… y…¡¡¡YYYY!!! Ba-ja-la-ta-pa (suenan violines y cánticos celestiales).

Pero en casa ¡no! La tapa queda erguida, arriba, en todo lo alto, como una alegoría del ánimo, la bravura y la voluntad que nunca decaen.

Y yo voy detrás, cerrándola. Unas cien veces al día. Todos los días de mi vida. Cuando estoy de humor musitando: “Ay, qué despistadillo es”; cuando estoy premenstrual, perjurando: “Me voy a cag… en todo lo que se menea”. Es en esos momentos cuando puede oírseme por la casa, cual alma que lleva el diablo: “¡La taaaapa, la taaaapa!”. Pero mi santo, como el que oye llover. Parece haber hecho suyo aquello de “lo bueno si breve, dos veces bueno”, y es descargar la última gotita y salir escopeteado del baño.

Hace unos meses, la luz llegó a mí: descubrí las tapas del váter con autocierre. Sí, esas a las que das un liviano toque y caen solitas, en una cadencia lenta y progresiva hasta, cataplún, dejar sellado el wc. Y compré dos. Una para cada baño. “Problema resuelto”, pensé.

Pero no es intención de mi santo hacerme conocer la felicidad de esta manera. Así que no se digna a empujar suavemente, casi como si se tratase de una caricia al aire, la tapa, para que ella acabe de plegarse en solitario. No. Sigue dejándola levantada, bien arriba, ¡banderas al viento!

Y lo peor de todo es que, con este sistema, cuando voy detrás y me toca bajarla a mí ya no puedo dar un golpetazo ¡con todas mis ganas! para que se entere mientra digo lo de “¡La taaaapa, la taaaapa!”.

Esto del váter ha echado por tierra a más de un matrimonio, que lo sé yo. Por eso, unos científicos norteamericanos muy píos se han dedicado a investigar el ángulo de ataque ideal para que los hombres no se orinen fuera de la taza. Y no han tenido pudor en publicarlo. Yo, por la parte que no me toca, les agradezco mucho la intención, pero tengo que admitir que mi marido, ya sea con caudal a chorro o a caño, nunca lo hace fuera. Sería perfecto, tengo que confesarlo, de no ser por el desagradable asunto de la tapa izada.

Como las desgracias nunca vienen solas, una de las maravillosas, aunque inútiles, tapas autocerrables que adquirí se ha atascado y ahora ofrece un “quiero, pero no puedo” a mitad de camino entre la taza y la cisterna. Una visión que me aflige sobremanera y que despierta una sonrisilla de venganza en mi santo.

“Vaya, parece que no se cierra”, me dice envalentonado. ¡Esto es un sinvivir! ¿Algún arreglador de tapas en la sala?

Terry  Gragera
@terrygragera

El tercer ojo

5 Nov

blog_telefonoNi vampiros, ni fantasmas ni espíritus de Halloween, lo que da miedo de verdad es el tercer ojo de mi madre. Sí, ése que le hace radiografiarme con solo descolgar el teléfono, a pesar de los 500 kilómetros que nos separan.

-Hola.

-¿Qué te pasa?, ¿estás mala?, ¿te duele la cabeza?, ¿te has tomado algo?, ¿cuándo tienes que volver al acupuntor?, ¡acuéstate ya!

Todo eso según termino de decir tímidamente  –la.

-Que no, mamá, que no me pasa nada.

-A mí me vas tú a engañar…

Y lo más increíble de todo es que encima… ¡tiene razón! Así que después de despotricar de esos genes (herencia paterna, faltaría más) que me colocan en el top de migrañosas-hasta-la-peineta, mi apesadumbrada madre cuelga entre soplidos e hiperventilando, mientras se encomienda a no sé qué santos para que me quiten el dolor.

Inútil, inútil total, porque estoy convencida de que Santa Rita me hace vudú con eso de “lo que se da no se quita” y mis dolores de cabeza son más pertinaces que la sequía que nos lleva acechando desde no se sabe cuándo.

Pero mi madre es inasequible al desaliento, así que nada más amanecer se tira como poseída al teléfono para confirmar que todo el santoral la ha obedecido sin chistar como hace mi padre: “¿Qué, estás mejor?”. “Claro, mamá; estoy perfecta como siempre”.

Esa clarividencia sí que asusta, aterra, espeluzna. Dónde vamos a llegar. Es que una ya no puede ni mentirle a su propia madre, que todo lo adivina, todo lo predice, todo lo presiente, todo lo augura… Vamos, que estoy tan sensibilizada con el oráculo que cuando veo a Esperanza Gracia moviendo sus manitas alegremente en la tele, casi me da por llamarla “tita”. Y a un tris me encuentro de invitar a Rappel, Carlos Jesús y todos los habitantes de Raticulín a mis próximos eventos familiares.

Al margen de la sagacidad materna, el fin de semana largo ha sido provechoso. Debo confesar que soy de las que acogen alegremente las nuevas tradiciones. Y como mis niños nos pidieron fiesta de Halloween, fiesta de Halloween que tuvieron (que sí, que soy muy blanda, lo admito).

Yo me disfracé de bruja (más que nada por sentirme un día en el bando de algunas que no dejan la escoba ni para dormir. Y no, no voy a ser tan temeraria de señalar). Así que con Ada caracterizada de momia, con Teo de esqueleto y con mi santo, de zombie, nos montamos una Halloween party en casa para 12 infantes. Y lo pasamos genial. Hay que aprovechar al máximo estas ocasiones, que en menos de nada tus niños se convierten en relaciones públicas de la Joy Eslava, como Froilán, y vete tú a proponerles una fiestecita casera, ni aunque sea en el mismísimo Palacio Real.

Tal vez imbuido por el ambiente paranormal de estos días, y como no puede dejar reposando sus meninges, Teo me asaltó de nuevo: “Mamá, ¿cuántas dimensiones tienen las sombras?”. Estuve por simular que me entraba una llamada urgente al móvil, pero en un nanosegundo tuve que decidir si mandarlo a que le respondiera mi santo, que para eso ha estudiado una ingeniería, o telefonear a mi madre, que tiene línea directa con el universo astral.

No contento con la respuesta que su azorado progenitor le había proporcionado, y como estaba especialmente parlanchín, mi niño me atacó por otro flanco: “Mamá, ¿Jesús hace milagros?”. “Sí, hijo”. “Pues ojalá me arregle mi arco. Por cierto, mamá, ¿de dónde nació Jesús?”. “De la Virgen, ya lo sabes”. “¿Y la Virgen?”. “¿De san Joaquín y santa Ana?”. “¿Y el primer hombre y la primera mujer?”. “Pues fueron Adán y Eva”. “Sí, pero ¿cómo se crearon?”. “Pues los creó Dios”. “¿Y quién creó a Dios?”. “El estaba ahí desde siempre”. “Alááááá, qué morro, así le da tiempo a hacer de todo. Si no acaba algo un día, pues lo deja para dentro de mil años y solucionado…”. Pero, virgensantadelapiedadbendita, es que este niño va a llevarme directamente a la hiperhidrosis…

Al menos, ya tenemos los “deberes” hechos para Navidad, que hay que pensar en positivo. Pero es que yo ya no estoy para semejantes trotes mentales, que estos niños míos me agotan. ¿Por qué no les dará por aprenderse la alineación del Madrid a uno y por memorizar los capítulos de Violeta a la otra? No, ellos, ahí, sacando jugo de mi castigado cerebro. No tengo alternativa. Voy a tener que mandarlos una temporada con mi madre para que los instruya en el noble arte de la adivinación y así me dejen de preguntar.

Terry Gragera
@terrygragera

Amor en primera persona

29 Oct

blog_quererCreo que estamos sobrecriando a nuestros hijos. (Y éste es el momento en que mi suegra se descoyunta asintiendo). Y así lo conjeturo después de preguntarle a Teo: “¿Tú a quién quieres más?”. Estábamos en su cama, después de los pertinentes cuentos de cada noche, y me arrebujé a su lado con los ojos entornaditos para recibir con todos los honores lo que tantas otras veces había escuchado: “A ti, mamá”.

«Sólo un poquito más que a papá, pero a ti”…. ¡¡Suficiente!! Me decía yo intrínsecamente, mientras, presa del disimulo, lo reconvenía: “Pero nos tienes que querer a los dos igual… aunque, bueno, si es un poquito solo, no pasa nada porque me quieras más a mí”.

Hasta ahora. Porque el dichoso niño ha cambiado. Y ni madre ni padre ni hermana. “¿A quién quieres más, Teo?”… “A MÍ”.
Eso me pasa por leer manuales cómo “Autoestima infantil para padres inútiles”, “No haga de su hijo un adulto frustrado” o “Lo primero es lo primero (pregúntele a sus hijos si tiene dudas)”. Por empapármelos y, sobre todo, por aplicarlos. Resultado: un niño con una autoimagen estratosférica que me desbanca en sus quereres.

Pero ¿cómo que a ti? Y ¿quitándote a ti?”. “¿Valen Kira y Cotton?”, me pregunta. Kira y Cotton, una cobaya y un conejo enano, que han ocupado nuestro salón con más encono que los del 15-M. ¿Cómo puede equipararme mi hijo a unos animalejos? A mí, su madre, que lo he parido con dolor…(porque no me hacía efecto la epidural, vale, pero con dolor).

Acongojada por lo que pudiera venir, tuve que decirle que en el ránking no valían otras especies vivas, porque lo mismo me ponía detrás de su planta carnívora come-moscas. Entonces se vio acorralado e hizo un triunvirato en el que nos metió a su padre, a su hermana Ada y a mí en el mismo saco. “Bueno, os quiero a los tres igual”. Fui incapaz de hacerle confesar si al mismo nivel que él o más abajo, pues bastante berrinche tenía con mi destronamiento como para indagar siquiera un poquito más.

Así es la vida, amigos, siete años preguntándole lo mismo de extranjis y sin sobresaltos, y ahora me viene con esto: ¡con que se quiere a sí mismo más que a nadie!

Desde luego, la educación en el colegio ya no es lo que era. Yo no sé lo que les enseñan. Pero ¿dónde ha quedado ese respeto reverencial por los padres? ¿Esa idolatría fraterna? ¿Ese desprendimiento generoso del amor? Que mi niño era bien bueno hasta que se escolarizó o hasta que descubrió su vocación de político, una de las dos cosas. Que-a-mí-me-lo-han-cambiado.

Sí, sí, es eso. Porque me niego a aceptar que la culpa de ese súper ego sea nuestra (o mía, que soy yo la que voy persiguiendo a mi santo con los manuales de marras). Cualquier cosa antes que darle la razón a mi suegra.

Aunque pensándolo bien: que se quiera ahora a fondo perdido. Total, es cuestión de tiempo, de esperar un poco para recuperar mi hegemonía porque en cuanto se encapriche de su primer móvil: ¿quién va a ser la mamá más guapa del mundo y a la que más quiere? La menda.

Si es que no hay nada como el amor desinteresado… aunque sea por uno mismo.

Terry Gragera
@terrygragera

¿Por qué las mamás mandáis más que los papás?

23 Oct

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Lo bueno de tener hijos es que te taladran la realidad sin anestesia. Hace unos días, Teo me sorprendía con esta pregunta retórica: “¿Por qué las mamás mandáis más que los papás?”. Estuve a un tris de castigarlo por mentir o por insolente o por lo que fuera, pero en el último momento y cuando ya estaba con el índice apuntándolo, me retuve, envainé la lengua y me comí yo solita la indignación.

“Pero ¿cómo dices eso, hijo? Si papá y yo mandamos igual”. “No, mamá, tú mandas más que papá”. Vaya, ya estamos con los estereotipos de maruja sargenta que no le pasa ni una al pobre y paciente esposo.

Voy a tener que explicarles a mis hijos que un día dejé a mi santo escoger las cortinas del baño. ¿Puede delegarse más? ¿Cabe un acto mayor de generosidad marital? De esto hace ya varios lustros, pero yo se lo sigo recordando como gesto de amor, para que no me pida elegir la ropa de los niños ni la vajilla ni lo que vamos a comer o cenar, todas ellas cosas menores comparadas con ¡¡unas cortinas de baño!!

Yo es que a mi maridito lo adoro, y por eso no quiero que se enfrente a la duda, al terrible titubeo de las distintas opciones, a la vacilación impía de diferentes posibilidades, y por eso, y sólo por eso, se lo doy todo hecho.

Si a mí me gustara mandar, tendría siempre la última palabra y en nuestro humilde hogar no es así, sino todo lo contrario: yo hablo, él asiente y con un gesto de suprema resignación, me dice: “Yo no digo nada que luego…”. Mira que le gusta apostillar. Lo suyo es puro vicio.

Así que no me queda otra que gobernar esta casa. Tampoco es que tenga muchas más opciones, porque lo mío es meramente un desliz genético. Si no, que le pregunten a mi padre -ese prohombre que lleva 43 años al lado de mi madre-, quién es la que más manda en el mundo mundial y en las constelaciones interplanetarias.

Vamos, que me apuesto lo que sea a que cuando dentro de muuuuchos años llegue a las puertas del cielo, el mismísimo San Pedro le tenderá la alfombra celeste mientras con una palmadita en la espalda le espeta: “Pero Fernando…, y nosotros que pensábamos que éramos santos”.

No amigos no, la beatitud se esconde en lo cotidiano. En mi caso, por ejemplo, en la tensión diaria de decantarme por mí misma (y en la más absoluta de las soledades profundas) por tantas cosas que, de buena gana, dejaría en manos de mi maridito de no ser porque… ¡¡aquí mando yo!!

Así que mi santo ya puede ir renovando su carnet en ese Club de los Amantísimos Esposos del Paso Atrás (rebautizado por ellos, no-sé-yo-por-qué, como “de los calzonazos”), en el que mantiene una dura pugna con sus amigos de fatigas (ese Pedro, ese David y tantos otros que no puedo citar porque sus mujeres no me dejan…) por ocupar una honrosa primera posición.

Pero, digo yo, para qué tanto despliegue de energías, si la presidencia vitalicia es de mi padre. Y con todos los honores. Sí, señor. Así, se hace, Papá. Que no se diga quién manda aquí.

Terry Gragera
@terrygragera

15 años y un día

15 Oct

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Quince años. Quin-ce. Uno tras otro. Pom, pom, pom, cayendo ahí, inmisericordemente para hacerme parecer mucho más mayor de lo que soy. Sí, amigos porque acabo de celebrar mis bodas de cristal: mis primeros 15 años al lado de este santo varón que debió de portarse (muy) mal en sus anteriores reencarnaciones y ahora purga a mi lado.

Todo el mundo habla de la crisis de los cuatro años, de la crisis de los siete, pero ¿qué pasa con la de los 15? Al menos a mí se me ha caído el mundo encima, y no por los cálculos que he hecho de los días que llevo como esposa fiel y virtuosa de éste que osó maridar conmigo: ¡¡casi 5.500!!; ni porque esté aburrida, cansada o hasta másparriba sino porque ya hablamos de palabras mayores; bueno, más que de palabras, de edades mayores.

Porque tú vas tan contenta a la oficina y lo cuentas a tus compañeros (sí a esos prepúberes que están rondando los 25, y no saben ni de lejos lo que es un casamiento propio), y se te quedan mirando boquiabiertos como diciendo: “¿Qué tal tiempo tenéis ahí en Marte?”. Así que tras contemplar sus caras de espanto, siento como si un rodillo, brooommmm, me aplastara contra el suelo y cuando por fin me levanto, ya no soy esa cuarentona que postula a interesante, sino una viejuna al más puro estilo de la Vieja’l visillo o doña Rogelia. Con pañuelo en la testa incluido.

Vamos, que este aniversario, y no precisamente por mi esposo, me ha sumido en otra profunda crisis personal de la que sólo me rescatará un atracón de KitKats o, en su defecto, de alfajores con extra de dulce de leche.

Aún así, mi santo y yo lo celebramos. Intuyo que nuetros amigos habían hecho una porra sobre si me acabaría llevando al Palacio de las Gallinejas o al Paraíso de las Criadillas, por aquello de que con los años uno va adquiriendo más caché. Pero él, un hombre fiel a sí mismo (y de qué manera) me condujo, sin dudarlo, al ilustrísimo Rey de la Tortillas, donde pudimos recordar viejos tiempos mientras nos metíamos entre pecho y espalda un revuelto de huevos con chorizo, amén de la correspondiente especialidad de la casa (“Manolo, una trifásica para los chicos del fondo”). Al menos, el camarero había tenido piedad al pedir nuestra tortilla con tres salsas.

Como la cabra siempre tira al monte, yo, que me había ocupado de preparar la segunda parte de la velada, opté por ir al teatro. Y mira tú por dónde, no había obras en cartel, no, que tuve que elegir precisamente ésa en que una bloguera divorciada se enfrenta al abismo del paso de los años. Ainsss. ¡Qué cruz! Con lo bien que me lo hubiera pasado, rememorando mi infancia, en el musical “¿Cómo están ustedes?”. ¿Qué cómo estoy? Te lo digo o te lo cuento…

Ahora, eso sí, para nuestras bodas de alhelí (17) o, como tarde, de madreselva (19), que ya me he instruido yo en esto de los aniversarios, me he propuesto entregarme a la esencia del amor, como han hecho unos amigos para conmemorar su boda. Ella, feliz de cena con sus amigas; él, requetefeliz viendo en casa una sesión doble de Chuck Norris. Pero ¿cabe más desvelo, adoración, bienquerer e idolatría? Sí, queridos, tengo que convertirme en esa esposa munificente que se inmola entregando el mando a distancia a su marido para celebrar su próximo aniversario común.

Y al teatro, que vayan otros. Y en la oficina, mejor calladita. Que es que parezco nueva.

Terry Gragera
@terrygragera

Mamá, yo también te quiero

7 Oct

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Y mira tú por dónde que la ley de los vasos comunicantes va a ser la que me salve el pellejo después de mi osadía de la pasada semana al “departir” afablemente sobre mi suegra. Porque ahí está la Wikipedia para iluminarme diciendo que “cuando sumamos cierta cantidad de líquido adicional, éste se desplaza hasta alcanzar un nuevo nivel de equilibrio, el mismo en todos los recipientes”. Equilicuá. Lo que viene siendo que en este post tengo que darle cerita a mi madre para compensar un poco.

Pensaba en ello hace unos días, tratando de imaginarme la reacción de mi paciente suegra cuando descubriera que había sido objeto de mis desvelos prosísticos. En mi descargo, sólo puedo decir que, antes de publicarlos, mi santo esposo fue reclamado para dar el visto bueno. Y a fe que lo hizo.

Así que, más contenta que unas pascuas, pulsé el “publicar” y ¡listo! Sin embargo el reconcome (que una es de colegio de monjas) y la pregunta repetida de:«¿Tu suegra no leerá el blog, no?», me han asomado al abismo de la culpa.

Pero a grandes males, grandes remedios: pongamos a Pascal y a la ciencia de nuestro lado. Así que, vamos allá, amantísima mamá. Todo por no perder más puntos delante de la familia política…

¿Qué podría contar de mi madre? ¿Qué es una excelente pintora (pero no tiene ningún cuadro en El Prado)? ¿Qué todas sus alumnas la idolatran (pero no atesora ningún Nobel)? ¿Qué hace los mejores calamares rellenos del mundo (pero no ha conseguido ninguna Estrella Michelín)? (¡Qué, suegra, le estoy dando pal pelo, ¿eh?!). No, creo que no cuela.

Venga, un nuevo intento. ¿Acaso es malo haberse escondido toda la vida tras las puertas para oír las conversaciones al teléfono de tus hijos? ¿Acaso es excesivo que el gusto por la lectura te lleve a reventar el candado del diario adolescente de ésta que suscribe y a devorar, cual Quijote, su correspondencia postal? ¿Acaso es desmedido suplicar al médico una resonancia y/o una analítica completa ante cualquier mínimo rasguñín de tus hijos o tus nietos? ¿Acaso es exagerado seguir planchándole a tu hijo de 33 años la ropa para que no se canse?

Por favor, si ahí está la verdadera esencia de la humanidad: escuchad y seréis escuchados, leed y os convertiréis en sabios, pedid porque no se sabe hasta cuándo habrá Seguridad Social, planchad a los 60 y experimentaréis lo que es un dolor crónico de riñones…

Pero no, “anécdotas” aparte, sería injusta si no reconociera que mi madre es mi mejor ejemplo vital. Gracias a ella he aprendido a no quejarme, a no sobredimensionar mis problemas, a no venirme abajo por cualquier cosa… Sí, amigos, porque es infinitamente mejor tener una cuita que dos. Y cuando yo le cuento a mi madre mis preocupaciones, las mías se multiplican: pues a lo que me pasa, añado también su notorio desasosiego. Así que mejor me quedo solita con lo mío y me ahorro consolarla… Una auténtica jugada maestra para educarme; vamos que por eso a mi madre la llaman la Kasparov bastetana.

Gracias a ella he aprendido que éste es un mundo de riqueza incalculable, de sorpresas infinitas, de posibilidades insondables. Porque mi madre siempre conoce “un caso”. Sí, ella puede citarte el caso de una mujer que casi se muere de un quiste hidatídico por tener un perro; el caso de un niño que jugando en un tobogán se cayó así con “el cuellecito de lado”; el caso de una vecina que un día no lavó bien los tomates y casi perece de la infección… Mi madre es google en estado puro; eso sí, en lo que a desgracias, temores y terribles sucedidos se refiere, por lo que casi que voy a proponerle que funde la “CasoPedia”.

Gracias a mi madre he descubierto también que merece la pena cuestionarse lo evidente, que hay que ir más allá de lo visible, que la duda es un seguro intelectual. En efecto, porque cuando yo le digo: “No es nada, el médico dice que es sólo un virus”, ella salta como un resorte: “Sí, seguro, es que los médicos de hoy no tienen ni idea; mira que conozco un caso que le diagnosticaron un virus y acabó siendo una disfagia con diplopía, disuria, mialgia, queratoconjuntivitis, hematoquecia, ictericia, flatulencia y picor anal. Y como sea eso, ¡¡yo-es-que-me-voy-a-moriiiiiir!!”.

“Sí, mamá, si morirnos nos vamos a morir todos”, acabo diciendo en muchas de sus incontinencias mentales… Pero yo sé que, en el fondo, lo hace por mi bien. Para que mantenga el cerebro alerta (y el corazón tonificado a base de sobresaltos).

Así que, ¿cómo podría yo osar criticar a mi madre? ¿Qué pensáis: que soy una hija desnaturalizada además de una nuera montaraz? Pues no, no y mil veces no. Mi madre es la mejor. Y para que conste y no haya la menor duda, so malpensados, aquí lo digo, lo recalco y lo reitero: la mejor, la mejor, la mejor. Chimpún.

Terry Gragera
@terrygragera

Suegra no hay más que una

1 Oct

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Malones, malones, que sois unos malones. ¡Mira que recordarme que hace mucho que no hablo de mi suegra…! Si es que me obligáis a ser perversa, si es que os gusta sacar lo peor de mí.

Pero qué voy a decir yo de ella sino maravillas, qué voy a relatar sino su excelso virtuosismo, qué voy a desgranar sino sus incontables parabienes. Vamos, que se me vuelva loco el teclado si no es así como lo siento.

นี้เกิดขึ้นกับฉันโกหก ¿Qué pasa: es que no entendéis el tailandés? Pues yo voy a clase y me ha apetecido refrescar la lección, que dicen que es el idioma del futuro… ¿Qué no?

Volviendo al tema que nos ocupa tras esta instructiva pausa. Pero ¿cómo me pedís, lectores sin alma, indagar en esa benévola e indulgente relación que mantengo con la madre que trajo al mundo a mi santo esposo?

Pero si no la llamo “mamá” porque me trabo de la emoción…  ¿Criticar a tan beatífica mujer? Es que no puedo, es que no me brota de las entrañas; vamos, que sería la primera vez que saliera de mi boca algo malo de ella. mwen pa kwè ke ni bwè ¿Tampoco sabéis criollo haitiano? Por favor, cómo está Internet…

Mi suegra lo es todo para mí. Y digo todo, en el más amplísimo y extenso sentido de la palabra. Y, por supuesto, es recíproco. Porque de mis cuñadas soy su favorita. Claro que las demás son su elegida, su predilecta y su preferida, tal como ella nos nombró, en un (1) alarde de sutil diplomacia, a cada una de sus cuatro nueras.

Yo cada noche, antes de acostarme, pienso: “Soy la favorita de mi suegra”, y en ese mismo instante dejo de desear que me toque la lotería, tener una casa más grande y que mi santo se transmute en Richard Gere. De-verdad-de-la-buena.

Qué bonito es tener a alguien que le pregunte a tu marido si estás embarazada cuando los gases hacen de las suyas, qué emocionante es que te recuerden a la novia anterior para desear que te parezcas a ella, qué impagable es hacerse con una colección de pijamas más amplia que la del señor Pikolín gracias, invariablemente, a los regalos de cada cumpleaños, cada santo, cada Navidad…

Pero no, tendrían que estrujarme las meninges y retorcerme la lengua con refinados métodos de tortura y aún así no me sacarían nada malicioso sobre ella. Me imagino que igual que a vosotros con vuestras respectivas, ¿verdad? ¿Veis? Estamos en el mismo barco, unidos por un inconmensurable amor que supera fronteras («cada una en su casa y Dios en la de todos”).

Cuando pasen los años, seré consciente de que he tenido el mejor ejemplo de lo que es ser una suegra como está mandado, y ejerceré como tal con las parejas de mis hijos. Pero, espero, sinceramente, que esto de los blogs se haya pasado de moda para entonces, porque como a cualquier juntaletras le dé por ponerme a caldo en un post, se va a enterar de quién soy yo y de quién era mi suegra. Aviso: todo en uno y reconcentrado. Como diría mi amantísima suegra: ejem, ejem, ejem.

Terry Gragera
@terrygragera

Marx y Kaká en el parque de atracciones

24 Sep

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Atención, pregunta: ¿cuál es el lugar en el que se pueden contemplar más insinuantes barrigas cerveceras bajo camisetas de Messi, Ronaldo o Kaká?

-“En un campo de fútbol”… ¡Meeeec! Incorrecto

-“En una manifestación pidiendo que haya Liga 12 meses al año”… ¡Meeeec! Incorrecto

-“En un debate sobre el imperativo categórico de Kant”… ¡Meeeec! Casi, pero incorrecto una vez más.

Por favor, pensad un poco. ¿Es que no os habéis tropezado con hordas de hombres que, sin ningún pudor, se calzan la ca-mi-se-ti-ta de licra de su jugador y/o equipo favoritos como si fueran a redimir al mundo: ¡¡¡cada vez que acuden a un parque de atracciones!!!?

¡Qué estampa! ¡Qué aparición! ¡Qué pintas! Por esto (aunque no sólo por ello) ir con tus hijos a un recinto de este tipo es todo un acto de amor. Yo, como a mis niños los adoro, me fui el domingo a la Warner a empaparme de tatuajes king size al descubierto y equipaciones varias. Pero si hasta vi una de cuando Butragueño jugaba, allá por el Pleistoceno, en el Atlético Celaya; que eso es amortizar…

Al margen de esta pasarela de estilo, la visita resultó de lo más instructiva. Sí, porque aproveché para iniciar a mis hijos en los postulados del marxismo cuando me preguntaron: “¿Por qué esos niños no esperan la cola y nosotros sí?”. Ajajá. Buena cuestión.

«Pues esos nenes y sus papás tan simpáticos no esperan la cola de las atracciones porque han pagado un suplemento especial para diferenciarse del resto y, más chulos que un ocho, saltarse todas las esperas y colocarse los primeros cuando vosotros, hijos, lleváis aquí media hora a pleno sol, para que unos enteradillos os den lecciones de capitalismo salvaje y os planten en toda la cara que vale más el dinero que la inocencia de un niño. Y por eso, Marx ya habló de la lucha de clases hace dos siglos. Pero no os preocupéis, vuestra madre y vuestro padre son honrados trabajadores con la conciencia tranquila; a saber de dónde han sacado el dinero ellos”.

“Jo, mamá, cómo te enrollas, y ¿todo eso para decirnos que tienen un fast pass?”.

Ejem. Para pasar el trago, y como buena madre abnegada, me monté con mis niños incluso en una montaña rusa familiar. El shock vino después cuando, buscándome en la foto de los mejores momentos revuelve-estómagos no me veía. “Ada, parece que no ha salido la nuestra”. “Pero mamá, si estamos ahí”. Aquello fue un cataclismo. Debe de ser que mi santo ha trucado el espejo del baño para que no me deprima, pero ver mis carnes gravitatorias en una instantánea sin photoshopear fue demasiado. Ay, virgensantadelapiedadbendita, ¡qué me he comido yo para merecer esto!

Total, que salí de allí con un bajón de caballo entre los modelitos futboleros, los listillos del pase rápido y la foto canalla que me devolvió a mi cruenta realidad postvacacional.

No obstante, al menos en esta ocasión a Teo no le dio por ejercer de enviado del mismísimo Rouco Varela. Como algunos ya sabéis, mis hijos no tienen inconveniente en hacer aguas mayores donde encarte; es más, parece que es un aliciente insalvable porque en cuanto salimos a la calle, ahí están ellos proclamando su urgencia rectal.

Así que, siguiendo sus instintos más básicos y primarios (que, dejo claro, no ha heredado de mí), nos hallábamos en el Parque de Atracciones hace dos años cuando Teo le pidió a mi santo ir al baño. En el servicio de al lado alguien debía de tener una apretura inaplazable, porque cuenta mi imponderado esposo que se oían ruidos extraños y por la parte de abajo se dejaban ver cuatro pies adultos, en lugar de dos.

Y digo que mi niño es un adalid de la moralidad perdida porque, ni corto ni perezoso, y con toda inocencia, comenzó a pisar con (mucho) ahínco esas sandalias tan juntitas, que, claro pensaría él, estaban en el sitio equivocado, provocando, casi con total seguridad, un interruptus como Dios manda. Ay, si en Roma se enterasen de esto me lo hacían papable…

Desde luego, lo que da de sí una jornada familiar. Para que digan que los parques de atracciones son caros. ¡Pero donde vas a reunir tan impagables enseñanzas! Filosofía y estética en estado puro. Si los griegos levantaran la cabeza, ponían un parque temático en el mismísimo Partenón.

Terry Gragera
@terrygragera