¡Manda huevos!

17 Sep

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Algunos de los lectores más fieles de este Blog son también buenos amigos. Tengo a Pedro, el “niño del F5”, que me acucia insistentemente en cuanto el post no sale a primera hora del martes; tengo a Eva, la mejor reenviadora del planeta; tengo a Laura, que me ha ido siguiendo por el proceloso mundo de Internet y, entre muchos otros más, tengo a David, “el de los huevos”.

Así al menos fue rebautizado por mi hermana Elisa cuando, como ya os conté, en un campamento le dio por desarrollarnos la teoría de por qué era más rentable que los ídem se vendieran en packs de 4×3 en lugar de en cartones de 6×2. Ojiplática y turbada, desde aquel momento le dio al mozo otra identidad, de tal forma que cuando en casa hacía alusión a él siempre era con la coletilla de “tu amigo el de los huevos”.

No sé si los demás tenéis la misma impresión que yo, pero mi vida es totalmente circular u ovoidal. Las historias se abren en un punto y se cierran en el mismo. Pues bien, en este asunto de los eggs, he podido comprobarlo de nuevo.

Hace poco asistía a una comida de trabajo en la que se nos hablaba de disfunción eréctil. Y claro, compartir mesa y mantel con veinte extraños, entre médicos y periodistas, que degluten mientras hablan de penes y erecciones parece más propio de una película de Almodóvar, pero así fue. El caso es que entre los platos del muy suculento menú, el segundo intitulaba así: huevo poché sobre crema de patata, trufa y tierra de torreznos. Muy propio.

Pedro y David son ilustrísimos miembros de la Cofradía del Torrezno, por eso en cuanto acabé con el huevo poché y con el postre (a base de bizcocho de fruta de la pasión… que ya es afinar), me fui directa a enviarles un correo: “He estado en una comida sobre disfunción eréctil y ¡cómo me he acordado de vosotros!”.

Creo que cual vedettes de revista, tan sólo les falto levantar la patita peluda y canturrear: “Agradecidos y emocionados, solamente podemos decir, vete a tomar por allí”. Pero no, la amistad vale mucho más que todo eso. Y, afortunadamente, sigo dando fe de ello.

Así, con el paso de las semanas, y como un hombre fiel a su destino, David se ha visto envuelto de nuevo en un asunto oval. En un arranque de filantropía, hace unos días me facilitó un tema fascinante e inspirador para este Blog: por qué los hombres que tienen los testículos pequeños se involucran más en el cuidado de los hijos. ¡Quietos todo el mundo! Ojo con las conclusiones precipitadas, que mi amigo es un ser cabal con dos carreras en su expediente.

Sí, queridos, sí, unos investigadores americanos se han tomado la molestia de estudiar la correlación entre el tamaño de salva sea la parte y el tiempo, el amor y la atención que los padres dedican a sus niños. Y como no se puede tener contento a todo el mundo, a los menos dotados les han dado una palmadita en la espalda por buenos progenitores, mientras que a los que rebosan testosterona les han dicho que eso de la crianza, para la próxima reencarnación. 

Yo no tengo problema (¡faltaría más!), pero lanzo en este momento un mensaje a todas las casaderas que me quieran escuchar: no os fijéis ni en el color de los ojos ni en la altura ni en la cuenta corriente de vuestros pretendientes. Hacedme caso: para elegir marido, comprad un traje de torero, ponédselo al maromo y ved qué tal calza. Que no hay nada que arregle más la vida que un buen padre en casa.

Y si tenéis dudas, llamadme sin compromiso, que yo le pido el favor a mi amigo David o a mi amigo Pedro y en un minuto os montan una fórmula matemática teniendo en cuenta caída, turgencia y complexión de la zona a analizar para que elijáis con garantías.

Ya se dijo en el Congreso aquello de “manda huevos”; menos mal que estoy yo para hablaros del tamaño…


Terry Gragera
@terrygragera

Feliz (y relaxing) vuelta al cole

10 Sep

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Lo confieso. He hecho algo horrible. Espeluznante. Pavoroso. Ejem… Digamos que mi hija no está muy animada con eso que se denomina sin piedad la FVC (feliz vuelta al cole), así que después de estrujarme el cerebelo con mil y una respuestas a su pregunta feliz: “Dime para qué me sirve ir al colegio”, he tenido que hacerlo.

No me valió de nada replicarle “para aprender” (pues ya me enseñáis vosotros en casa), “para tener más amigos” (ya puedo conocerlos en la piscina), “para hacer actividades interesantes” (con vosotros me lo paso genial)… y toda la retahíla que mis pobres neuronas a punto del colapso pudieron exponer.

Ella, erre que erre: que eso de que en el cole se lo pasan bien es un cuento y que si a mí me gustaría hacer deberes cuando saliera de la oficina, que lo que le interesa de verdad es jugar, hacer manualidades y cuidar de nuestro pequeño zoo como en verano.

Eran las 10 de la noche, pero me corría el sudor por la espalda, así que tan acorralada me vi que no tuve más remedio que tirar por la calle de en medio. Sé que debería cuidar más lo que hago y lo que digo para no traumatizar a mis niños, pero no tuve alternativa. Y lo hice… ¡¡¡¡Le puse el discurso de Ana Botella en inglés!!!

Durante esos dos minutos vi cómo los ojos se le salían de las órbitas, cómo iba abriendo y cerrando la boca, cómo se tocaba los oídos para despejar bien el conducto auditivo. Y yo, una madre sin escrúpulos, aproveché el momento para plantearle sin piedad: “Por esto tienes que ir al cole, hija mía, precisamente por esto”.

Ada debió de sentirse touché porque no dijo ni mú, se volvió a la cama, me dio un beso de buenas noches y se durmió sin rechistar antes de lanzar una mirada benevolente a su mochila.

Yo, sin embargo, no he podido pegar ojo en toda la noche pensando qué clase de monstruo soy que en vez de proteger a mi hija de todo susto, sobresalto o impresión la lanzo al abismo para engendrar terribles pesadillas en su mente. ¡¡Mi niña sólo tiene 10 años!!

Al menos, el atropello me ha salido bien. Esta mañana cuando le he preguntado si estaba más motivada para ir al cole, me ha contestado en un nanosegundo: “Yes, certainly, I am wishing it”, con un acento británico que para sí quisiera Michael Robinson.

No obstante, me arrepiento. Todo tiene un límite. Insensata de mí. Creo que necesito a relaxing cup of café con leche. Me voy pitando a la Plaza Mayor.

Terry Gragera
@terrygragera

Mis amigos del Club

3 Sep

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Como algunos ya sabéis, conocí a la joya de la corona, esto es, a mi santo, en el Club. ¿En el de Poooolo, en el de Caaaaampo, en el de Tiro de Pichóóóón? (pronúnciense todos ellos como hacia dentro, ¿saesss?). Pues no, me encontré con él en el Club Aspacen, un oasis donde jóvenes con y sin discapacidad nos reuníamos a charlar, bailar y ligotear los sábados por la tarde.

Gracias al Club tengo dos hijos, un marido (a ratos bueno, a ratos mejor) y también un montón de amigos del alma que conservo desde los 20 años. A lo largo del tiempo, muchos de los voluntarios nos hemos ido casando entre nosotros (cada uno con el suyo o la suya ¿eh?, sin desmadrear) y ahora vamos juntos por ahí, con trece niños a cuestas, como si fuéramos una sola familia.

Para reproducirnos, todos hemos empleado el mismo método. Obviedades aparte (tranquilos, que en este blog siempre hay horario infantil protegido), la cosa consiste en organizar una comida de Navidad. Pareja que la convoca, pareja que se queda embarazada al año siguiente. Comenzamos en nuestra casa un diciembre de 2001 y, milagrosamente, nunca nos ha fallado el invento, tanto que ya van trece churumbeles y estamos por patentarlo…

Algunos años ha habido disputas, pues todos queríamos reunirnos en nuestra casa, y otros como estos últimos, con los cupos familiares a punto de estallar, ya nos vamos batiendo en retirada. “No, mirad, mejor una meriendita allá por febrero”, “pues es que a nosotros no nos viene bien, que tenemos que cambiarle el alpiste al canario”… Aunque al final siempre hay suerte, pues algún valiente o insensato acaba ofreciéndose, aun a riesgo de tener familia supernumerosa.

Una de las mejores cosas de que sigan naciendo niños en el grupo es que podemos ir a conocerlos al hospital. Ése es un día grande porque, siguiendo la tradición, acudimos todos juntos para agasajar con cervezas frías al padre, mientras la madre devora el embutido que no ha podido degustar en todo el embarazo. Me conozco al dedillo el gesto de estupefacción de cada una de las enfermeras que al entrar en la habitación de la recién parida casi se caen de espaldas por el olor a chorizo. ¿Quién había dicho que los bebés olían a Nenuco? Los nuestros huelen a morcón de lomo.

Sí, mis amigos son especiales. Por ejemplo, Esther es la única persona en el mundo con el don (real) de la ubicuidad; David es el único ser (sin inteligencia artificial) que podría disertar, en pleno campamento, sobre la rentabilidad de cambiar el diseño de los cartones de huevos y Pedro es el único ingeniero capaz de apoyar una tabla entre una barandilla y un caballete, colocar encima una escalera, subirse, caerse y seguir manteniendo después que el invento era seguro. Podría hablar también de Rosa y de su admiración por los que vivimos en “tiempo real”, de Virginia, de Alberto I o de Alberto II (que con su lenguaje críptico deja en pañales a la Piedra Rosetta), de Patricia y su gula con las quesadas, de Rocío, de Juan Antonio, de «Maia», de Pepón…

Ya que me he puesto sentimental, voy a aprovechar para hacer una cosa que siempre he querido… “¿Puedo saludar?”, me pregunto a mí misma. “Sí, anda, saluda…”, me contesto simulando incomodo. “Pues aprovecho este blog para saludar a mis amigos del Club que tanto quiero, y especialmente a Pedro y Esther que necesitan ahora muchos achuchones”. “¿Algo más?”, me apremio. “Bueno, sí, que a ver quién organiza este año la comida de Navidad”.

Pido no. O sí, que nunca se sabe.

Terry Gragera
@terrygragera

Con el índice, con el pulgar… o con el meñique

27 Ago

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Hasta ahora creía que el género humano se dividía en dos especies: los que usan el dedo índice para mandar mensajes de móvil y los que utilizan el pulgar. Eso fue hasta que vi a mi santo haciéndolo con el meñique, y entonces lo comprendí todo.

Ese prodigio de hombre con el que comparto mi vida pertenece a una raza aparte. ¿Cómo si no iba a pasarse tres semanas de vacaciones en solitario con nuestros churumbeles sin quejarse, sin decir “estoy cansado”, sin preguntarme “cuándo vienes”, sin resoplar “hijos, que os aguante vuestra madre”? Ninguna reclamación, ningún lamento, ningún enojo ni velada acusación. Claro que tampoco ningún cepillado de pelo a los niños, ningún recambio de ropa sucia, ningún repasado de dientes de leche… Todo en plan minimalista, me temo.

Después de 21 años con él (sí, yo era muy joven cuando lo conocí, lo que se entiende por mozérrima), ya me voy acostumbrando a sus rizos alborotados, a su barba sin recortar y a sus camisetas digamos que vintage. En el fondo, es el mismo aspecto que luce ahora Borja Thyssen al más puro estilo bohemiam chic, pijipi o, con perdón, jipipollas (uy, a fumigar, a fumigar, que éste es un blog distinguido). Es decir, soy (insultantemente) rico, voy desaliñado y me gasto mil euros en un pantalón raído porque es lo más cool. ¡Y yo sin saber que tenía un paradigma del estilo en casa!

Debo reconocer que matrimoniar con un hombre tan singular tiene sus ventajas. ¿Acaso cualquier otro varón hubiera osado llevarme al autodenominado “Rey de las Tortillas” en nuestra primera cena romántica? No, amigos, no. A eso le llamo yo gozar de una estratosférica autoestima.

Ni restaurantes de pitiminí ni cafeterías decimonónicas de las que delicadamente hermosean Madrid. Él me invitó a un mesón de los de antes, con sus churretes de grasa en las paredes, sus mondadientes en la barra y su sutil olorcillo a fritanga para hacerme ojitos mientras de fondo sonaba un “Manolo, ponme una de chorizo”, “marchando, con muuuucha cebolla”. Romanticismo en estado puro.

Pero ya lo he olvidado. Si yo no soy rencorosa. De hecho, me estoy volviendo casi tan despistada como él. Aunque, mira tú, la cabezonería no se me pega; para eso necesitaría varias reencarnaciones…

Mi madre, que no da puntada sin hilo (véanse sus comentarios a este blog)  asegura que los niños le han salido a él en lo buenos y a mí en lo listos. Y él, que no es pendenciero ni orgulloso ni revanchista como yo, se queda como si tal cosa. Vamos, que llega mi suegra a insinuar algo parecido, análogo y/o similar sobre mí y reavivo la guerra frrrrranco-prrrrrusiana.

Por todo esto y mucho más, tengo que deciros que no sigáis buscando. El caldero de oro del final del arco iris lo tengo yo en casa. ¡Uff, esto me ha quedado más empalagoso que un cupcake doble con extra de azúcar glass!  Pero en el fondo es verdad, mi santo vale un Potosí. Y que no se atreva nadie a decir lo contrario, que para meterme con él… ¡ya estoy yo!

Terry Gragera
@terrygragera

Una (Rodríguez) y no más

20 Ago

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Queridos todos: estoy de Rodríguez. Pero no se me imagine a lo Pajares y Esteso en “Los bingueros”, “El currante” o “Desmadre matrimonial”. Aquí me tenéis sola y contrita delante del ordenador, mientras mis dos soles y mi marido apuran sus generosas y no por ello menos merecidas vacaciones.

Ay, ay, ayayayay… ¡Cuánto los echo de menos (a unos más que a otros, bien es verdad)! Yo que me pensaba que esto iba a ser coser y cantar: trabajar por la mañana, un ratito de piscina, ver los cotilleos en la tele, cenar cuando me diera la gana y meter un (1) plato en el lavavajillas… y, sin embargo, estoy que no me hallo.

Porque el postureo de soltera independiente-sin-ataduras-porque-yo-lo-valgo-¿sabessssss? está muy bien para un par de días, pero luego la semana se te va cayendo encima y te entra un mal humor de tanto dormir, de estar sin estrés  y de no recoger cosas tiradas por el salón que no hay quien te aguante.

Y lo peor de todo es que no tienes con quien meterte ni a quien echarle la culpa de nada…porque “él” no está. Recórcholis, ¡cuánto te extraño, santo mío! Repámpanos; esto es un sinvivir. ¿Pero nuestro matrimonio no era indisoluble también en verano?

Menos mal que el fin de semana puedo desquitarme cuando voy a verlos. Entonces, como el que no quiere la cosa, me pongo a mandar más que la Merkel y a ceder y perdonar al nivel de Rajoy. Y lo organizo todo, absolutamente todo lo que se puede desordenar en una casa durante cinco días sin una madre. (No, no hace falta que os pongáis en mi lugar, dejad los tranquilizantes para luego).

Pero llega el lunes, y vuelta a empezar: desubicación total, así que no me queda otra que ponerme a discutir virtualmente a través de la tele con los del Sálvame: “Eso no me lo dices en la calle”, “¿Mi santo? No te permito que hables de mi vida privada…”, “Te va a caer una demanda que lo vas a fliparrrrrr”. Así, al menos, se me baja el nervio y no me acuerdo de que estoy mohína, pesarosa y melancólica.

¡Qué dura es la vida de la Rodríguez! Todo el año quejándome sin control por unos minutejos de asueto, esparcimiento y/o inacción para ahora no poder disfrutarlos.

Hijos míos, os lo digo desde ya: vuestra madre es la diosa de la contradicción.

Terry Gragera
@terrygragera

Yo por mis hijos cangre-je-o

13 Ago

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Nunca he sido amante de los animales, pero ya se sabe que cuando una se convierte en madre hace un cursillo acelerado de “donde dije digo, digo Diego”. Por eso, y desde que mis niños me lo piden, me dedico al noble arte del cangrejeo. Vamos, a lo que viene siendo pillarme un lumbago de narices apostada en cualquier roca costera esperando que un incauto cangrejillo asome las pinzas para, ¡¡zas!!, atraparlo como sea, para solaz de Ada y Teo.

Más de una vez me he llevado un buen picotazo y/o mordisco, pero el dolor no le llega ni a la suela de las chanclas a la cara de ilusión de mi prole cuando ponen al pobre bicho en el cubo. Así que vuelvo a cangrejear, porque es que a-mí-me-encanta desollarme los dedos y ganarme a pulso las tortícolis.

Después de recaudar unos cuantos cárabos, cual cobrador del frac, los dejamos en libertad, pues ya se sabe que mis hijos son la encarnación en la tierra de San Francisco de Asís.

Cinco gallinas (ponedoras), tres pollitos, una cobaya, un conejo enano y ¡cómo no! un periquito, comparten con nosotros las vacaciones. Tanto que veo asomarse a mi santo con barba de 15 días y me parece estar contemplando a Noé a bordo del Arca.

Esto por citar a los vivos, porque también está Acqui de cuerpo presente. Compañero del ilustre Caballito, el pobre pez lleva cuatro meses envuelto en film transparente para ser enterrado junto a su hermano de aleta en el campo de los abuelos, a 500 kilómetros de casa, según órdenes estrictas de Teo. Para que luego la gente se admire con la momia de Tutankamon. Los egipcios, unos aficionados a nuestro lado.

En general, nuestros animalillos disfrutan de la bucólica vida campestre. En general, digo. Porque de vez en cuando tenemos visita. Como el pasado viernes: 11 niños persiguiendo a las pobres gallinas, 11 niños acorralando a los pollos, 11 niños corriendo tras el conejo, y Sara, de dos años, acosando a la cobaya con tal de ponerle su chupete en la boca.

Con lo tranquilitos que estábamos los padres degustando unos piononos de Santa Fe y van y nos obligan a ejercer. Así no hay quien digiera una frugal comida.

Definitivamente, éste es un verano bestial, aunque espero que mis hijos no se asalvajen (aún más). No obstante, hay algo que me preocupa. ¿Por qué cuándo jugamos al diccionario me miran tan fijamente cual lechuza o batracio sin compasión?

Oye, es comenzar… con la B: ballena; con la F: foca; con la M: manatí… y no quitarme la vista de encima. ¿Debería sospechar algo?

Terry Gragera
@terrygragera

Un político en la familia

6 Ago

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Mi hijo va para político. Sí, sí, sí. Y no me extraña en absoluto, teniendo en cuenta que antes quería ser constructor. Cuando vamos a jugar en familia, él siempre propone el Monopoly. Los demás aceptamos a regañadientes porque ya sabemos cómo termina todo: Teo acaba desplumándonos y con varios hotelitos en calles recalificadas. Así es la vida.

Mis sospechas de que dará con sus posaderas en un hemiciclo cualquiera se han agudizado este verano. Sin ir más lejos, y mientras desayunábamos bucólicamente con el trinar de los pajarillos, mi niño fue capaz de escuchar ¡sin quejarse! el discurso exculpatorio de Rajoy de hace unos días.

Noté que entrecerraba los ojos mientras sorbía su Nesquik y el señor presidente explicaba aquello de que todos tenemos derecho a no declarar en nuestra contra. Así que cuando Mariano hizo una pausa para respirar, él se apresuró a resumir en alto: “Pues entonces yo también puedo poner excusas, porque soy un ser vivo”. Fin de la cita.

En ese momento, mi santo y yo nos pusimos a engullir las tostadas rápidamente, no fuera que el niño nos hiciera preguntas acerca del Código Civil, Penal y hasta Militar. Fue su hermana Ada la que rompió el silencio: “No, Teo, que yo he estudiado en Educación para la Ciudadanía que no se puede mentir”.

No sé por qué los analistas políticos se han centrado en otras cuestiones con lo límpido que quedó todo para una criaturita de 7 años…

Además de esa mente preclara para captar el mensaje principal, reconozco en Teo otros valores de la estirpe política. Por ejemplo, su diplomacia. Nadie podría haber calificado a Mario Vaquerizo mejor ni de otra manera: “Es una mutación”. Y, como un expresidente cualquiera, su facilidad para los idiomas: “Mamá, ya soy trilingüe. He aprendido portugués: sé decir Aquashow”. Y eso en público, no en la intimidad.

También (a lo Federico Trillo), su proverbial habilidad para la geografía, pues en cuanto pisamos una playa me inquiere: “¿Esto es un mar lejano?”. Con su natural prudencia, quiere asegurarse de que no habrá tiburones…

Y, por si fuera poco, unas rocambolescas asociaciones de ideas que sólo y únicamente pueden corresponder a alguien con alma de político: “Mamá, creo que soy alérgico al cloro, porque me meto debajo del agua y no aguanto casi nada”.

Os lo aviso. Lo presiento, lo barrunto, lo sospecho, lo intuyo. Dentro de unos años, veremos a Teo en la tribuna de oradores, lo que me alegra y me desasosiega al mismo tiempo, porque ¿a quién le habrá salido este hijo mío? Mira que si me lo cambiaron en el hospital…

No, no puede ser. En el fondo de su alma brilla la benignidad de su padre. Y explico por qué. Si os pensáis que tengo a mis hijos explotados haciéndome ilustraciones para este Blog, os equivocáis. Desde que leí en el Hola que una aristócrata les pagaba a sus niños las infantiles contribuciones a su empresa, me propuse no ser menos.

Así que los dibujos son por encargo y re-mu-ne-ra-dos. Al principio les pagaba 1 euro, pero cuando empecé a autoinsultarme llamándome “rata”, decidí subir el precio a 2 eurazos como dos soles. Pero ahí estaba mi niño, genéticamente bueno como su padre, que me dijo: “No, mamá, con 1 euro es suficiente”. Y esto es lo que me hace dudar seriamente de que vaya a acabar siendo político. O constructor.

Tengo que observar concienzudamente cuál es su evolución. Y si finalmente se confirma que le tira esto de la cosa pública, contratar desde ya a Mario Vaquerizo como asesor de imagen. Ya me estoy imaginando a Alaska abriendo sus mítines a los sones de “A quién le importa lo que yo haga, a quién le importa lo que yo diga…”. Ay, qué ilusión, ¡mi niño en un reality de la MTV!

Terry Gragera
@terrygragera

Un cumpleaños más y un cargo menos

30 Jul

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A mi madre le encanta maquillar ciertas realidades, y una de las circunstancias en que pone más empeño es en mi edad. Supongo que me sigue viendo como esa niña que decía “ciquedas de báculo” por tijeras de plástico, así que cuando le espeto: “¡Que cumplo 42!”, me responde como si tal cosa: “Ah no, de eso nada”.

Puestos a elegir, no sé si lo prefiero a la sinceridad de mis hijos: “Mamá, estás un poquito vieja…”. Esto, esto me faltó para castigarlos con una clase magistral sobre la diferencia entre manchas y pecas y arrugas y líneas de expresión.

¿Pero es que en esta familia no hay término medio? A mi madre la dejo por imposible, y Ada y Teo se salvaron porque me prepararon una hipocalórica tarta de cumpleaños: mousse de chocolate, galletas, cobertura fondant, virutas de cacao y unas rositas de pitiminí de azúcar… coronadas por los numeritos de marras: 42. (4-2, ¿alguien para línea?, ¿alguien para bingo?).

Debo confesar que, después de pasar la barrera de los 40, no me asusto igual ante mis cumpleaños. Superado el sofocón del cambio de década, ya no me siento como en caída libre, ya no se me escapan los lagrimones cuando rememoro la juventud perdida, ya no me veo mayor. Ahora me considero directamente… ¡senil! Y presa de un ataque de pánico.

Porque los 40 parecen el horror de los horrores, pero están tan compactos y redonditos, que es como si no fueran en serio. El verdadero drama viene después: cuando empiezan a caer inmisericordemente los demás. 41 (ay, mira tú), 42 (gensanta), 43 (bueno, tampoco hay que exagerar)…

Este cumpleaños me ha pillado en la playa, y eso me ha obligado a torturar a mi santo a destajo. “¿A que ésa está mucho peor que yo?”, ¿quién está más gorda: la del bikini rojo (que-ya-le-vale) o yo?”. Y así sucesivamente.

Lo bueno es que, tras lo contemplado, he tomado una determinación. Yo, que me había autoproclamado con todos los honores presidenta vitalicia de CI (Celulíticas Invadidas), he decidido dimitir (a ver si cunde el ejemplo) de todos mis cargos. Porque si hay que ostentar se ostenta, pero habiendo quien merece más esa distinción, no quiero yo ser desconsiderada con los méritos ajenos. Así que me quedo con mi piel de naranja, pero sin complejos.

Mi próximo objetivo es pasar a ser una madurita interesante. Así que, para ir adelantándome a lo que viene, ya me he puesto el flequillo que Michelle Obama se calzó por sus 50 años. “Quítate eso, que te pareces a Angela Channing”, me ha dicho mi madre al verme, pero yo, como el que oye llover.

Que esto de la edad es algo muy serio. Tanto, que he empezado a preocuparme de verdad al descubrir cómo me gusta ahora que me piropeen al pasar junto a un andamio. Y eso sí que no. Aunque pensándolo bien, va a ser que en el fondo-fondo estoy hecha una chiquilla; ¡ay, cuánta razón tiene mi madre!

Terry Gragera
@terrygragera

Una de coches y buenrollismo paternal

23 Jul

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Comencemos por el principio. Diría que “me llena de orgullo y satisfacción” la acogida que ha tenido Mamá, Periquito me quiere pegar, pero como la Corona está en horas bajas, mejor ni mentarla. Así que con toda mi plebeyez a cuestas os agradezco de corazón vuestros primeros comentarios,vuestras primeras palabras de ánimo, vuestras suscripciones al Blog. Estáis todos los que esperaba (amigos, familiares, compañeros, jefes…) y alguna sorpresa, porque hasta el clero y un alcalde revolucionario me siguen (¡bienvenidos, Rosario y José Antonio!), así que esto tiene que salir bien…

Ésa que veis en el dibujo de Ada no soy yo con algunos kilillos de más y una depilación de labio superior pendiente, no. Es nuestra cobaya, Kira, con su equipaje a cuestas, dispuesta a tomarse vacaciones con nosotros. Pienso, heno, mordedores, la jaula de estar, la jaula de paseo, el bebedero grande, el bebedero pequeño… y medio maletero lleno. Porque, queridos míos, ya no somos cuatro de familia, ahora somos cinco (¡no hiperventiles, mamá!), porque Kira-se-viene.

Bueno, preciso: Kira-se-venía. Nos acompañaba hasta el momento en que nuestro cochecito la armó. Algunos ya sabéis que nuestro encantador utilitario tiene vida propia. Y lo ha vuelto a demostrar.

Es, sencillamente, “adorable”. Pensando en el bienestar de la pobre cobaya, que se iba a chupar 800 kilómetros de viaje, decidió pararse al inicio de la ruta para que nos lo replanteáramos. Y vaya si lo hicimos. Exactamente, mientras la grúa nos volvía a remolcar y mi hermano Fernando nos martilleaba con el soniquete de “ya os dije yo que no os comprarais un coche con frenos de tambor”.

Así es la vida, un déjà vu constante. Porque la primera vez que, en plenas vacaciones, el coche te deja tirado, pones sonrisita de medio lado y dices aquello de: “No pasa nada, que todos los problemas fueran éstos”. Pero la segunda vez (¡y en cuatro meses!), sólo te brota un “voy-a-cag…-en-todo-lo-que-se-menea”.

Pero no puedes hacerlo. Porque ahí están tus hijos. Escrutándote con la mirada. Ávidos por pillarte en un renuncio. Mascullando algo como “a ver donde os metéis ahora eso de que hay que ser positivos y no alterarse por los problemas”. En las gónadas suprarrenales, hijos, en las mismísimas gónadas suprarrenales nos lo metemos.

Porque educar sobre el papel es muy fácil, ¡que viva el buenrollismo paternal!: no hay que perder nunca los nervios ni la compostura, hijos; hay que ser educados, hijos; todo siempre con buenas palabras, hijos; la sonrisa en la boca, hijos; la amabilidad ante todo, hijos… Pero ellos te están esperando, sí, aguardan con fruición tu momento: ése en el que mandarías a tomar… bocanadas de aire fresco a todos tus principios para poder lanzar improperios por doquier y desahogarte como está mandado.

Y una se debate descarnadamente, con el hilillo de baba ácida escurriéndosele por la boca y el insulto glotis arriba, glotis abajo: mmm, mmmm, mmmmm… Y entonces las ves: son las pupilas de tus hijos clavadas en las aletas de tu nariz, que se ensanchan por momentos, y tienes que soltar un ¡ay! porque has decidido morderte la lengua, aun a riesgo de intoxicarte, en lugar de volver a ser masa enfurecida por encima de madre.

Así que aquí estamos, sin Kira, que se ha quedado sin vacaciones, bajo la vigilancia de esa beatífica mujer que es mi suegra, a la que hemos cambiado bicho por coche. Ella cuida de la cobaya y nosotros sacamos a pasear a su automóvil. Creo que es justo, ¿no? Si por algo es santo mi imponderado esposo… ¡la genética!

Y mientras, en el Taller, una factura destelleante espera amargarnos el verano. Pero no, eso sí que no. Y menos delante de los niños. No pienso dejarles descubrir que su madre puede ser demoniaca si el cochecito de marras se lo propone.

Así que a sonreír y a cantar las bondades de la vida, que estas mis criaturas crecerán y ya tendré tiempo de vengarme esplendorosamente del turbo, de los inyectores y de la mismísima fábrica que los engendró. ¡Por éstas!


Terry Gragera
@terrygragera

¡Bienvenidos, Periquitos!

16 Jul

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Mamá, Periquito me quiere pegar. ¿Por qué? Por ná. Por un pimiento, por un tomate, por una onza de chocolate”… En estos mis diez primeros años de experiencia como madre, me he repetido interiormente muchas veces esta retahíla, que supongo haber escuchado a mi abuela.

Como digo en mi presentación, tengo dos hijos y un marido, maravillosos a partes desiguales, que me inspiran día sí, día también, protagonizando múltiples sucedidos que traen a mis meninges la citada cancioncilla, ora en momentos de desesperación, ora en instantes de surrealismo fraternal.

En este Blog que he titulado justo así, quiero contaros, siempre en tono de humor, anécdotas de nuestra vida familiar. Algunos ya me conoceréis a través de los post que he escrito en Creciclando y en Enfemenino. Tal vez penséis que soy una madre neurótica (y no os voy a quitar la razón) o que ése que nombré mi santo (con permiso de Elvira Lindo y Antonio Muñoz Molina), va mereciendo ya su monumento por aguantarme. La verdad es que sí; es toda una joyita, un diamante… en bruto.

Ironías aparte, en este Blog encontraréis un reflejo de lo desquiciante-maravillosa-insufrible-irrenunciable-agotadora-divertida… que puede llegar a ser una familia con dos hijos: una niña con 10 años y un niño de 7. Ada y Teo, mis hijos, que espero que se rían conmigo en el futuro por atreverme a desdramatizar la maternidad.

Pero no solo leeréis historias de eso que los sociólogos llaman la familia nuclear, que es justamente la que ha retratado Teo en el dibujo que ilustra este post. Como he venido haciendo hasta ahora, me voy a atrever con la “familia extensa”: amigos, hermanos, sobrinos, cuñados, padres (¡hola, mamá!) y hasta con mi suegra. Cof, Cof, ¡Uy; qué tos más inoportuna!

¿Qué? ¿Os he convencido? Pues me tendréis cada martes por aquí. Y para los asiduos y fieles simpatizantes, gracias por seguirme en esta nueva andadura. Espero que dentro de muy poco, seamos muchos Periquitos y Periquitas.

Un abrazo a todos y ¡hasta el próximo martes!

Terry Gragera
@terrygragera