El pinsapo mutante

19 Feb

blog19_febrero

Mi santo esposo se fijó en mí engañadito. Engañadito vivo. No es que yo empleara malas artes para cazar al mancebo. La cosa surgió así. Y ya está.

Amante de la montaña, del campo y de todos los deportes de riesgo terminados en –ing: (rafting, puenting…), el joven se había propuesto ennoviarse con alguna mozuela que al menos supiera lo que era un “pinsapo”.

Así que ni corto ni perezoso me lanzó la pregunta envenenada y acto seguido debió de pensar: “Ésta es” cuando, no por mi amor al aire libre sino gracias a mi saber enciclopédico, le contesté sin pestañear lo que era el ente de sus desvelos.

Y así empezó una historia que dura ya 22 añitos. ¿Significa eso que yo me he vuelto una campesina feliz cual Laura Ingalls en La Casa de la Pradera? Pues va a ser que no. ¿Supone que él se ha hecho miembro activo de un grupo de filosofía experimental y no hay rincón de biblioteca que no conozca? Negativo.

No tengo ni idea de qué es lo que hace funcionar este matrimonio. Ni la más remota. Y lo peor de todo es que así no voy a poder desvelarles a mis hijos el secreto de la pareja perfecta, algo que para una madre sobreprotectora como yo es fun-da-men-tal.

Por ahora no les he contado aún que deben elegir bien, considerando que los seres humanos tenemos la fea costumbre de mutar en el tiempo. Nos convertimos, evolucionamos, renovamos… Sí, pero siempre a peor.

Así somos, amados lectores. Todos y cada uno de nosotros. A excepción, os revelo, de Alberto Comesaña. Sí queridos, porque de ser el irreverente miembro de los grupos de música de los 80 Semen Up y Amistades Peligrosas (recordad, recordad: “Basta ya de tantas tonterías, hoy voy a ir al grano, te voy a meter…”), ha pasado a convertirse en un respetable padre…  ¡¡¡que concursa con sus niños en Juegos en Familia de Boing!!!

Reconozco que aún no me he repuesto tras ver su transmutación en la tele, pero que gracias a ella he renovado profundamente mi confianza en el ser humano. Su reaparición pública como amantísimo marido y progenitor me ha dejado un poso de inequívoca felicidad.

Ha vuelto a mí la esperanza. La quimérica ilusión de pensar que la gente cambia… para bien.

Esto hay que celebrarlo, amigos: me voy a plantar unos pinsapos a la biblioteca de la esquina.

Terry Gragera
@terrygragera

Un antiValentín cualquiera

11 Feb

blog_11febrero

¿Algún abogado matrimonialista en la sala? ¡Bien! Me alegro. Más que nada para alejar definitivamente de mí las pérfidas tentaciones que casi me llevan ayer a pedir el divorcio exprés y/o la anulación conyugal.

¿Y me diréis: pero tú no cohabitas con un santo varón cuya benevolencia glosas sin reparo? Y yo os contestaré: sí… Eso es así casi siempre. Porque el hombre es un ser imperfecto y contrahecho y, cuando resulta más inconveniente, ¡zas!, decide ser humano en toda su magnitud. Y si no fuera tan fina como soy diría, con el meñique levantado y todo: la ca-ga.

Así pasó ayer: un día en que yo NO podía llegar tarde a la oficina, uno de esos momentos en que NO conviene en absoluto destacarse para mal, una de esas jornadas en que NO basta con serlo sino que hay que parecerlo… Y tuvo que suceder. Justo ayer.

Os pongo en antecedentes. Ada se había despertado con dolor de cabeza, así que, ingenua de mí, pensé: un sanDalsy y al cole. Pero, mira tú por dónde, que la molestia, misteriosamente, no se le pasaba después de un tiempo. Y, claro, una a veces es borrica, pero no para mandarla de esa guisa a clase. Así que, pese a que ayer NO era el día, tuve que esperarme con ella en casa a que el medicamento le hiciera efecto. “Será cuestión de minutos”, pensé. Sí, sí. Cuestión de 60 minutos, y de otros 60 y de otros 60…

Hasta que, temiéndome lo peor, me dio por telefonear:

-“Estooooo, cariño, boniiiiito, corazón de mis entretelas, ¿cuánto Dalsy le has dado a Ada?”
-“Pues 5, como siempre”

A eso le llamo yo ser un sentimental, un hombre de profundos arraigos, un padre con convicciones. ¿A quién si no se le ocurriría dar a su hija de 11 años la misma dosis que cuando era una bebé de 12 meses?

El fin de la historia ya la sabéis. Tan sólo llegué tarde cuatro horitas de nada a la oficina, justo el día en que NO debía retrasarme. Y, je, je, casualidades, unos minutejos después de darle a la pobre criaturita mía la dosis exacta que, oh milagro, le quitó el dolor al instante.

¿Comprendéis ahora por qué adoro a mi marido sobre todas las cosas? ¿Por qué renovaría mis promesas matrimoniales hoy mismo? ¿Por qué hay momentos en que cogería un exprimidor para dar buena cuenta de esta media naranja con la que la vida me ha obsequiado?

No busquéis en mí una Infanta cualquiera. Que no sabe, no recuerda, ni le constan los pecadillos de su urdangarin particular. Soy mucho más arpía y bienmemoriada. Y, en esto, queridas mías, sé que no estoy sola, porque de hombres ocurrentes y oportunos está el mundo lleno.

Como veréis, hoy estoy totalmente poseída por el espíritu de San Valentín. ¿Qué os creíais que era sólo un invento de unos grandes almacenes o qué?

Terry Gragera
@terrygragera

Un secreto inconfesable

5 Feb

blog_5febrero

Este post debería estar vetado para ellos, para los maromos con los que compartimos vida y familia, así que ya sabéis, varones todos que osáis entrar en este humilde blog:  fus,  fus, por favor. Lo que voy a tratar aquí es un asunto de alto secreto.

¿No os habéis enterado de que entrando ahora mismito en la web del Marca regalan un pase vitalicio para ver a la Selección Española de Fútbol y un crédito ilimitado de cervezas?

Ahora sí, creo que por fin nos hemos quedado solas de verdad.

Queridas mías, no deseaba que hubiera ninguna criatura humana del sexo masculino por aquí, y mucho menos mi santo, porque por primera vez voy a darles… ¡¡¡la razón!!! Sí, sí, ya veis que es muy grave.

Todo empezó cuando el pasado viernes mi amantísimo esposo decidió irse con los niños a la nieve. Yo trabajaba, así que, entre compungida y pesarosa, no tuve más remedio que tirarme toda la tarde haciendo algo que ya casi no recordaba: tumbarme a la bartola en el sofá a ver la televisión. ¡Mis lumbares y mis meninges no daban crédito!

Pero hete tú aquí que fueron pasando las horas y la expedición alpina seguía en la nieve, y seguía, y seguía. Fue el teléfono el que me sacó de dudas:

-”Mamá, llevamos más de cuatro horas en la nieve. ¡¡Hemos hecho un iglú…!!”.

-«Estamos helados, mamá, no siento los pies, mamá. Yuhu, qué divertido”.

– «Se nos ha hecho de noche, mamá. Llevo los calcetines empapados…”.

Claro, cómo imaginaréis, a mí me faltó tiempo para monologar a gusto:

Yo-a-este-hombre-me-lo-cargo-pero-como-puede-ser-tan-insensato-con-el-frío-que-hace-pero-qué-iglú-ni-iglú-cómo-se-pongan-malos-me-va-a-oír-y-con-los-calcetines-calados-pero-a-quién-se-le-ocurre…

Casi una semana después, mis niños no han tenido ni un moco, ni una tos o un estornudo, pero siguen recordando encantados su aventura con el iglú. Y digo yo, ahora que no nos oyen los mancebos, ¿no será que las madres somos demasiado exageradas en ocasiones?

¿Cuántas veces nos hemos empeñado en ir con el niño al médico o a Urgencias por nuestra natural tendencia a sobreponderar todo lo que tiene que ver con nuestros hijos? Confesad, confesad todas.

Y lo peor es esa cara de acelga que se te queda en la consulta cuando el niño, milagrosamente, ya no tose, ni está decaído, ni vomita, ni nada… Y eso que has asegurado que había alcanzado los 38,5 ºC de fiebre cuando el termómetro apenas había pasado de los 37,5 ºC. Pecadillos maternales, mentirijillas sin obligación de confesión… Que las hemos hecho todas, pillinas.

Claro que hay pediatras que ya se conocen bien las letanías de las primerizas. Recuerdo bien a la que teníamos cuando nació Ada. En aquella época en que por un moquillo escuálido de nuestro bebé, íbamos padre y madre (juntitos los dos y con la cara transida por la preocupación) disparatados a la consulta.

Delante de la pediatra, yo relataba vehementemente la peligrosidad indiscutible de aquella pobre mucosidad que tímidamente se asomaba al orificio nasal de mi niña. Ella me dejaba acabar sin rechistar, momento en que sin cortarse un pelo preguntaba: “¿Y qué dice el padre?”.

Con el tiempo he comprendido que aquella pediatra tenía mucha mili hecha, y que sabía que el juicio más reposado no se lo iba a proporcionar nadie más que mi santo, el padre de la criatura (del horrible moco).

Pero al margen de los episodios médicos, hay más. ¿Quién de vosotras no ha dicho: «Me preocupa, Ataúlfo, me preocupan las compañías del niño. No quiero que se junte con esos compañeros o acabará mal». «Pero Ataúlfa si sólo tiene 9 meses y va a la guardería». «Ya, pero nunca se sabe». O «Me preocupa, Ataúlfo, me preocupa que a este niño no le gusten las frutas tropicales». «Pero Ataúlfa si a ti tampoco te gustan y tienes 40 años». «Ya, pero ¿y si le da el escorburto?». Y así sucesivamente.

Nosotras imaginamos increíbles catástrofes, hecatombes y desastres, como el resfriado-de-una-semana-en-cama-post-iglú, que iban a pasar mis hijos. Y mientras, ellos ponen ese gesto de pez tan inconfundible con el que asienten una vez más: «Lo que tú digas, cariño».

Así que por esta vez hago examen de conciencia y lo comparto con vosotras. Eso sí, nada de hacer partícipes a los esposos fieles que con su amor nos deleitan. Que quede entre vosotras y yo. No sea que tengamos que dejar de mandar. Y por ahí sí que no paso, amigas. Por ahí sí que no.

Terry Gragera
@terrygragera

Dudo, luego existo

28 Ene

blog_28enero

Descartes fue un pringao. Un pardillo, un pajarel, un pechicolorado. ¿Pero a quién se le ocurre propugnar lo de la duda metódica? ¿A quién sembrar la pepita de la incertidumbre universal?

Porque digo yo, si filósofos como él se hubieran ocupado de desentrañar cuestiones trascendentes de verdad, otro gallo nos cantaría. Asuntos como: “¿Que mis hijos jueguen media hora al día con la tablet es mucho o poco?”, “¿Me estoy pasando a regañinas con mi hija preadolescente?”, “¿Cuántas docenas de veces se puede repetir una orden sin haber perdido la autoridad?”.

Cosas como ésta. De cada día. De todos los días. Que te consumen la paciencia. Y las fuerzas. Y que te hacen pensar que no sabes nada de nada, que te han regalado el carnet de madre en una tómbola y que la muñeca chochona tiene más virtudes que tú para educar a tus hijos.

Porque qué difícil es a veces domar a la prole, queridos míos. Sobre todo cuando hay gente delante. Me refiero a otros adultos, para más señas con hijos, que sólo con la mirada ya te están haciendo un traje: el de progenitor MD (¿muy demasiado?, no… ¡¡muy deficiente!!).

Me sentí así el pasado fin de semana cuando, después de ir a un partido de baloncesto, Teo no quiso finalmente jugar. Confieso que lo intentamos con todos los métodos y que lo sobornamos con un listado de tentaciones que ni Paris Hilton en sus mejores tiempos. Pero ni por ésas. Dijo que no jugaba y no jugó.

Así que ahí estábamos mi santo y yo sin saber qué cara poner, porque en el fondo, ¡oh, desgracia!, desconocíamos lo que teníamos que hacer. (si-lo-obligamos-a-ver-si-se-traumatiza-pero-si-lo-dejamos-hacer-lo-que-quiera-nos-va-a-tomar-por-el-pito’lsereno-pues-no-sé-lo-que-será-mejor-ni-yo-tampoco-pues-vamos-a-presionarlo-un-poco-más-¿más?-si-nos-ha-faltado-desheredarlo-pues-prométele-algo-¿algo-más-de-las-cuatro-bolsas-de-gogos-y-las-20-chuches-quieres-decir?-mira-yo-ya-no-sé-qué-hacer-y-para-colmo-qué-vergüenza-qué pensarán-los-otros-padres-yo-era-igual-de-pequeño-y-mírame-ahora-sí-has-cambiado-mucho-ahora-eres-aún-más-testarudo-si-nos-vamos-a-poner-así-yo-no-me-pongo-de-ninguna-manera-pero-el-partido-va-a-empezar-y-tendremos-que-decir-si-va-a-jugar-o-no-pues-yo-no-sé-qué-hacer-pues-yo-tampoco).

¿Es o no para meterle una demanda al tal Descartes?

Desde el “tú juegas porque si no estás castigado hasta que cumplas 18 años sin ver la tele”, hasta el “venga, bonito, venga, campeón, venga, mi cielo», sin olvidar el socorrido: “¡Cuando lleguemos a casa verás!”, pasando por «pero si eres el mejor del equipo, qué van a hacer los demás sin ti, ay, mi niño, guapooooo». Todo. Retodo. Y todo otra vez pensamos, dijimos o murmuramos sin éxito alguno.

Y todo ello en la más absoluta incertidumbre, indecisión y titubeo. Con lo bonito que es tenerlo claro… Debería estar prohibido que los padres dudáramos. Ya que nadie nos explica cómo hacernos cargo de los cachorros que la vida nos regala, al menos que nos programaran para no dudar. Hombre ya.

Ay, amigos, aún me estoy recuperando del sofocón del sábado. Y lo peor de todo es que horas después de poner nuestra capacidad paternal en entredicho, Teo se descolgaba, risilla mediante, con un: “Pues me arrepiento de no haber jugado”.

Desde entonces vivo en un mar de vacilaciones, y aún no he podido desovillar mi cabeza. ¿Soy una madre incapaz?, ¿he sido abducida por unos extraterrestres de Raticulín (fiu, fiu) que me han borrado el juicio y las certezas?, ¿si continúo dudando me quedaré calva?, ¿los niños nacen o se hacen?, ¿a qué huelen las nubes?

Pero qué fatigoso es titubear. Lo que yo os digo, Descartes… un espabilado. Duda metódica, duda metódica. Anda, que me sale la abeja que todos llevamos dentro y si no fuera porque este es un blog respetable acabaría con aquello de: “¡Que te pego, leche!”.

Terry Gragera
@terrygragera

El amarillo no es un color

22 Ene

blog_minion

El amarillo no es un color. El amarillo es un sacrilegio. Una impiedad. Una inclemente penitencia. Sobre todo para biparidas como yo que pasan de la cuarentena.

Y es que, amigos, este fin de semana me transmuté con el resto de mis compañeras en una Minion cualquiera (aquí tenéis la foto). Era la fiesta de Año Nuevo de mi empresa y tocaba disfrazarse.

Ya he glosado antes aquí la proverbial juventud de la chavalería con la que tengo a bien compartir mi vida laboral. Algo que se hace especialmente patente en estas ocasiones. Porque donde una madre como yo hubiera elegido un hábito de monja franciscana sueltecito y cómodo, sin poner en evidencia las lorzillas de más y la inevitable e impía ley de la gravedad que no deja cuerpo con prestancia, ellas eligieron un trajecillo corto y llamativo. En amarillo chillón.

Sí, queridos, sí. Y ahí me veis a mí con un petito vaquero “cubreingles” que se acompañaba de una camiseta tan ceñida que podría ser homologada para hacer torniquetes en los brazos y por unas medias de ese color que todo lo adelgaza, todo lo disimula, todo lo oculta, todo lo enmascara: habéis acertado, ¡el amarillo!

Porque no hay nada comparable a meter unas patas de jamón cinco jotas (las mías) en unas medias de talla única creadas para ser lucidas por una estrella de +/- 45 kilos del manga japonés, y luego mirarse en un espejo. Virgensantadelapiedadbendita. Celulitis… ¡presente! Grasa localizada… ¡en sus puestos! Descolgamientos varios… ¡arrr!

Pero eso no fue todo. Dispuestas a darme la noche, las medias de marras se me iban bajando cual pantalones “cagaos” a cada paso, para recordarme cada uno de los (kilo)gramos que me sobran y que, por supuesto, y esta vez sí que sí, pienso perder este año. Y, claro, tenía dos opciones: o medias a medio muslamen o peto arriba y culete al aire para subirlas cada 0,2 segundos. Afortunadamente, soy muy sufrida. Mis secretos siguen siendo míos.

Aún así, y pese a todos estos pequeños “inconvenientes”, tengo que confesaros que pasear por París (sí, mi empresa es francesa) vestida de Minion, con pestañas postizas (por primera vez a mis 42), mi gorrito (amarillo, of course), unas gafas de aviador retirado y canturreando “Ni-no-ni-no-ni-no”, como en la película, es un excelente antídoto para liberar la mente.

Lo que no me queda muy claro es lo que pensarán mis niños de mí. ¿Me verán como a un personaje de ficción? ¿Comenzarán los trámites para ingresarme en un frenopático? ¿Habrán hecho terapia de grupo en la asamblea del cole a mi costa?: “Mi madre se viste de Minion”. “Ooooh, lo sentimos”. “Estamos contigo”. “Apóyate en nosotros”…

Con lo agustito que hubiera ido yo disfrazada de Gru, con un abrigo de paño bien gordo hasta los pies, y me toca lucir cuerpazo, azo, azo…

Aunque en el fondo, ¿sabéis lo que os digo? Que viva el amarillo y los cuerpos contundentes enfundados en él. Aunque sea una única (y osada) vez al año. Et c’est fini. Lo que viene siendo: Ysanseacabó.

Terry Gragera
@terrygragera

Un cumpleaños, un parto y una emoción

15 Ene

blog_14enero

Me temo que este post me va a salir un poco ñoño. Melancólica que está una. Hace exactamente ocho años, en este mismo momento en que escribo, me encontraba recostada en el salón de casa, casi en penumbra, sintiendo las primeras contracciones que traerían a mi hijo Teo al mundo al día siguiente, un 15 de enero.

Con esa capacidad visionaria que dan las hormonas del embarazo a todas las mujeres, me había dedicado los dos días anteriores a ordenar fotos: las de los tres primeros años de vida de su hermana Ada. Pensé que iba a tardar mucho tiempo en disponer de nuevo de tiempo libre para esa tarea (y muchas otras) y estaba en lo cierto. Hoy, ocho años después, la caja de las fotos permanece como la dejé.

Mi niño cumple ocho años. Ese bebé que me tocaba suavemente la espalda de madrugada para que me girara y le diera el pecho, ese torpedillo que se rebozaba como una croqueta en la playa, ese niño sensible al que había que acompañar en los cumpleaños de los amigos… se nos hace mayor.

Cuando lo miro ahora parece que llevara toda su vida así: hecho un tirillas, diciendo “tomaaa” cuando le confirmo que puede jugar al Scalextric, pidiendo “dos chuches y una bebidita” como premio de cualquier cosa… Y, sin embargo, la sensación de notarlo dentro de mí permanece intacta.

Mi embarazo fue de libro. De libro Guinness de los Récords, quiero decir. Porque puedo dar fe de que es posible comenzar a sentirse (muy) mal, incluso antes del test de embarazo y continuar así nueve meses hasta dar a luz. Mi santo también. Tanto que juró una automutilación de salva sea la parte (a lo Lorena Bobbitt) antes de aguantarnos (a mí, a mi malestar y a mis hormonas) otra gestación más. Afortunadamente para todos, no fue necesario.

Sí, mi pequeño, definitivamente, está dejando de serlo. Y tal vez por eso recuerdo más que nunca esos meses de comunión perfecta, de sentirme, a pesar de todo, bendecida por llevarlo dentro de mí. Como si el parto hubiera sido ayer.

Y es que llega un día en que dejas de fingir que tu niño te llega por la barbilla porque de verdad te ha alcanzado. Un día en que tienes que pedirle a tu hija que se siente para peinarla porque ya no te llegan los brazos. Un día en que se te olvida que durante más de una década has dejado de ser tú, te has desleído, te has desculturizado, te has “enlorzado”.

Un día en que te das cuenta de que no puedes pedir nada más  porque hay dos pajarillos de 11 y 8 años que revolotean ¡sin parar! a tu lado.

Y es entonces cuando ves que la vida va pasando para quedarse. En lo más profundo de tu corazón.

No digáis que no os avisé…

Terry Gragera
@terrygragera

Pensando en el futuro

7 Ene

blog_7enero

Lo prometido es deuda. Aquí estamos de nuevo, Periquitos. A estas alturas del año, siete días después de su estreno, y tras unas completísimas Navidades, os imagino exultantes de júbilo y satisfacción. Exactamente igual que yo. Porque, admitámoslo, no hay nada más reconfortante ni energizante (aunque sea por aquello de poner los pelos de punta) que ligar una con otra, y con otra, y con otra… celebración familiar. Claro que sí.

Para nosotros han sido unas semanas muy intensas. Es lo que sucede cuando el cumpleaños de tu hija y el santo de tu marido se unen a los escasos compromisos propios de las fechas. Sí, Ada ya tiene 11 añitos, y por eso me ha entrado un ataque de pánico y he sobreexplotado las jorobas de los camellos de Oriente pidiendo cuatro libritos como cuatro soles sobre el proceloso mundo de la adolescencia. Para irme preparando. Para ir entrando en materia.

Sé que con esto avivo una vez más mi inmerecida leyenda de madre máspalláquepacá, pero como cita en su último libro mi reverenciado Carlos González: “La humanidad se divide en psicóticos, que son los locos, y neuróticos, que son los cuerdos”. Así que tengo que alimentar mi voraz neurosis.

Mi niñita ya ha pasado de la decena y para celebrarlo nos fuimos con sus amigos al zoo. Qué graciosos son los animalitos, oye. Sobre todo cuando delante de doce jovenzuelos y dos padres al borde de la implosión les da por aparearse. “Están jugando…”, dijo una de las amiguitas de Ada con alma caritativa ante nuestro ojiplático estado. “…Eso o están…”, continuó. Ay, ay, requeteayyyyyy. “…Eso o están… pensando en el futuro”. ¡¡Aleluya, aleluya!! (Cánticos celestiales). Qué alivio, qué sin par descanso. Yo que me esperaba oír lo peor, y aquella chavalilla me da una lección de buen gusto.

Pero el azoramiento me duró un buen rato. Casi tanto como cuando vino a visitarnos otra amiguita húngara de Ada. Mientras las chicas jugaban en casa, la madre se escapó al cine para ver una película y así refrescar su castellano. Todo perfecto. De no ser porque a la vuelta, muy educadamente, me interrogó: “¿Puedes explicarme qué significa la palabra ‘cachonda’? Salía todo el rato en la película”. Virgensantadelapiedadbendita, y yo que creía que con lo del acoplamiento animal ya había tenido suficiente.

Ada recibió como regalo de sus amigos una nueva cobaya a la que ella y Teo han llamado Lola. Así que de nuevo nuestro salón está ocupado por ruiditos, heno y esa jaula tamaño XXL en la que procuramos su bienestar a cambio de mortificarme visualmente cada día.

Y llegó la noche de Reyes, pero, oh cielos, cuando escribimos las cartas, Lola no estaba en casa y ahora sí. “Vamos a pedirle a los Reyes en una notita al lado de nuestros zapatos que le traigan algo a ella también”. “Pero a estas alturas, no sé yo si van a llevar en los sacos algo para cobayas…”. “Tranquila, mamá, que ellos son magos”. ¡¡¡!!!

Así que la noche de Reyes fue es-pec-ta-cu-lar. Ada no consiguió dormirse hasta las dos de la madrugada de puro nervio. Fue entonces, a una hora tan mágica como conveniente, cuando hubo que proceder con el empaquetado de regalos (“el año que viene esto no me pasa, los preparo antes”, llevo diciendo más de un lustro sin éxito). Resuelto el asunto de los envoltorios hacia las tres de la madrugada, ese bendito que haría lo que fuera por complacer a sus hijos, se dedicó con voluntad y acierto a materializar el presente cobayil: una patata artística digna de MasterChef talladita toda ella a cuchillo con el nombre de la homenajeada, pero a la que el bichito ignoró a conciencia al día siguiente.

Misión cumplida. Tres y media de la madrugada. Mi reino por una almohada. Pestañas recién plegadas. Cuatro de la madrugada, vocecita de Teo: “Papáááááá´: ¿ya han venido los Reyes?”. Y así cada media hora hasta las siete. Entre siete y nueve, breve cabezadita y a las nueve, saltando sobre el lecho conyugal para despertarnos sutilmente: “¡¡Que ya han llegado, que ya han llegado!!”.

Por lo demás, han sido unas vacaciones perfectas…

Antes de terminar este post quiero alabaros el gusto porque estáis leyendo uno de los 14 blogs que ha recomendado seguir en 2014 Álvaro Varona, un gurú de los buenos de esto del Internés. Como os podéis imaginar, para mí es todo un orgullo. Si yo sólo soy una humilde madre contando sus desventuras… Pero, bueno, hacedle caso, y a periquitizarse este año.

Un abrazo muy fuerte para todos. Estoy encantada de veros de nuevo por aquí.

Terry Gragera
@terrygragera

¡FN y PAN!

18 Dic

reyes_magos_blog

Como dice Teo, “de tal palo, tal espina”. Y en su caso es así. No ha salido obcecado ni cabezota ni testarudo ni tozudo como su padre. Mi hijo es persistente, constante, perseverante, tenaz… como su madre. Por eso ha pasado exactamente 365 días con Papá Noel y compañía pegados en las ventanas de su habitación. Se propuso mantener la decoración navideña durante un año y a fe que lo ha conseguido.

Así que en nuestra humilde morada, y con pleno derecho, ¡ya es Navidad! En el Belén lucen ilustres figurillas como el Pipinet (a falta de un Caganet como Dios manda), y en el Árbol se han hecho fuertes los adornos imposibles que llevamos recopilando desde que mi santo y yo celebramos nuestra honey moon en Londres un mes de octubre de hace 15 años.

Sea agosto, marzo o noviembre, cada vez que salimos en familia por ahí compramos un adorno para el arbolito. Así que luego el pobre abeto luce desde un jamoncito de resina de la Alpujarra hasta una casita alemana, un indalo de Almería o ¡por fin! un Papá Noel de Lego comprado en el mismísimo mes de julio en tierras teutonas. Todo muy kitsch. Pero oye, es empezar a desembalar regalitos y subirte así una emoción al pecho, un cosquilleo abdomino-gutural recordando buenos momentos que nada más que por eso merece la pena el engendro visual.

Además, como en toda casa con niños que se precie, nuestro Belén tiene sutiles remiendos: un decapitado por allí, un gatito a medio orejear e incluso la Virgen María sin mano derecha. Solera o pátina vintage, que se llama.

He de confesaros que aunque soy una rendida enamorada de la Navidad, poco me falta para que a 6 de enero acabe con sobredosis de valerianas. Y no penséis mal, no es porque insinúe que lo que de verdad estropea las fiestas es pasarlas en familia, que pa-ra-na-da, ni porque acabe hasta los cuernos de Rudolph de que los mildoscientostreintaycinco grupos de Whatsapp en los que algún alma caritativa me ha incluido (sin preguntar) me bombardeen a mensajitos con la bruja de la suerte y el papá Noel exhibicionista, que en absoluto. Ni siquiera porque todos mis conocidos se empeñen en buscar un hueco (“¡a ver si nos vemos!”) justo en esos 15 días cuando hay otros 350 totalmente libres. No, no es eso.

Es que… Se trata de… Bueno, ya os lo cuento en otra ocasión.

Lo importante ahora es disfrutar y encarar el nuevo año con fuerza. Sí, de esa que emplean las suegras para decirte cuááááánto te quieren o tal vez fulminarte con la mirada; ya sabéis, queridos todos, que la energía ni se crea ni se destruye, sino que se transforma, como el espíritu de la Navidad que nos llena de gozo y parabienes el corazón.

Para el 2014 voy a hacer propósito de enmienda y tal como decía Ada con dos añitos: “Ya no voy a pegar ni morder ni arañar ni meter el dedo en la oreja ni meter el dedo en el ojo”. Pues yo igual, pero en adulto.

Mientras lo pienso detenidamente, os dejo hasta el día 7 de enero. Ponedme a los pies de vuestras madres políticas y, sobre todo, sed muy, pero que muy felices, Periquitos. Me encanta despedir el año en vuestra compañía. ¡Nos piamos en 2014!

Terry Gragera
@terrygragera

La felicidad a aa a (¡con ritmo!)

11 Dic

patito

Hace once años yo era una madre primeriza. Muy primeriza. Detallando: de las que se encerraba en casa tras las vacunas por si a la niña le daba reacción. De las que entraba constantemente a la habitación para comprobar si la recién nacida respiraba. De las que le cambiaba el body a las cuatro de la madrugada porque le había caído una (1) gotita de pipí.

Pero ahora todo ha cambiado. Ahora soy una primeriza con once años de experiencia. Aunque en esto de la maternidad sigo teniendo sueldo de becaria (oséase, nasti de plasti) y mis condiciones laborales son más que precarias: continúo trabajando días laborables, fines de semana y fiestas de guardar; en horario diurno y nocturno con turnos rotatorios y jornadas de 24 horas, y mis jefes, esos dos niños de casi 11 y 8 años que pululan por la casa, no tienen pinta de modificarme el contrato.

Tampoco he cambiado en mi querencia por leer todo lo que de educación infantil se hubiera escrito en esta u otras latitudes, lo que me ha sido muy útil con mi santo para imponer mi criterio: “Que no lo digo yo, que lo dicen los expertos…” (claro, basta con citar al sesudo de tu cuerda y asunto arreglado, pero lo importante es salirte con la tuya, que no es la suya sino la mía).

Debido a esa incomprendida manía, un día llegó a mis manos un documento más revelador que las profecías de Nostradamus: “Las 10 cosas que hacen más felices a los niños”. Como poseída por mí misma, me tiré a él y, antes de nada, lo plastifiqué para garantizar su integridad. Por fin tenía ante mí el enigma más esperado, el arcano más oculto, el secreto más recóndito.

Tal vez una eminente neuropediatra había investigado las conexiones cerebrales de un grupo seleccionado de niños ante unos estímulos cuidadosamente escogidos y bajo rigurosas condiciones ambientales. ¡Y yo iba a conocer el resultado! ¡Qué gozo, qué sin par alegría, qué molicie y algaraza! (me voy poniendo fina, que ya llega el resultado!

¿Y bien? Queridos amigos, tengo que confesaros que he mantenido ese documento conmigo durante muchos años para que no se me olvidara nunca que lo que realmente hace feliz a un niño no es vaciar la cuenta corriente de sus padres en un parque de atracciones, ni pintarle bigotes a la mismísima Gioconda, ni montar un alado caballo blanco, ni tan siquiera vivir en la casa de Pin y Pon.

Lo que de verdad hace felices a los niños es… ¡¡¡dar de comer a los patos!!!

Mi reino por un trozo de pan duro, me dije entonces. Y hasta hoy.

Pensaba en ello este fin de semana en que hemos tenido a dos invitados menudos en casa. Dos amiguitos más dos hijos hacen un total de cuatro organismos multicelulares que necesitan cuatro camas (y ya me quito las gafas de secretaria del Un, Dos, Tres). Sin problema. “¿Ves, querido marido, qué prácticas son las camas nido… ¡y no lo digo yo!?”.

Pero no. Mis hijos y sus amigos Pedro y Álvaro decidieron ser felices por su cuenta. Detallo: Uno (Teo) durmiendo en el hueco que deja la cama nido al sacarla hacia fuera; otro (Pedro) recostado en el suelo que para eso es un boy scout; otra (Ada) retrepada bajo su escritorio encima de unos cojines. Falta el cuarto (Álvaro), descendiente directo del Homo Sapiens, que decidió dormir sobre una cama a pierna suelta y dejarse de experimentos happy como los demás.

A la mañana siguiente, todos tan contentos y como una rosa. ¡Qué mala es la edad, si a mí con sólo pensarlo ya se me estaban deshaciendo los riñones!

Para el 2014 voy a proponerme volver a los orígenes, ser feliz con lo más puro, menos es más, amigos. Que hay que acercarse a los patos, pues me tendré que ir a Salzburgo a ver El Lago de los Cisnes; ¿que hay que dormir en recónditos lugares? Pues tendré que dar la vuelta al mundo en su búsqueda (en business, claro). Es que la felicidad está en esas pequeñas cosas… ¡Y no lo digo yo!

Terry Gragera
@terrygragera

Como una niña con coletas nuevas

3 Dic

blog_jesuitinas

Hace justo un año descubría un secreto que estoy por patentar: un método revolucionario para quitarse arrugas, canas y ojeras, en definitiva, más de 20 años de encima. Se trata de EAF (encontrar amigas por Facebook). Y tras este fin de semana, puedo dar fe de que sigue funcionando. Porque sí, queridos, he vuelto a reunirme con mis amigas del colegio, con ésas que dejé de ver cuando tenía 13 años y llevaba uniforme y coletas y cuyo contacto he retomado tras 28 laaaargos años.

Y me diréis, ¿y qué tienes en común con ellas, después de toda una vida separadas? Pues absolutamente todo. Encajamos como un mosaico. Casadas, arrejuntadas, en búsqueda activa de pareja, en búsqueda pasiva de pareja, separadas, divorciadas, anuladas… al final todas acabamos hablando de lo mismo: de los hijos. De los nuestros y de los de las otras, a pesar de que no los hayamos visto jamás.

Además, aunque parezca imposible todas coincidimos en tres cosas: un máster, un posgrado y un plan de ahorro.

Sí porque todas hemos cursado el máster en manualidades zen que te habilita para no abrir la ventana y ponerte a cantar una jota cuando a las 9 de la noche alguno de tus niños se descuelga sutilmente: “Mamá, se me ha olvidado decirte que para mañana necesito llevar al cole una cinta azul pavo real pintada con letras en relieve en rojo bermellón de las palabras de una mujer que haya ganado un Nobel, tenga menos de 40 años y sea austrohúngara”. “Hija, espera que acabe de hacer los deberes con tu hermano, que se me queman las croquetas y la lavadora está a punto de terminar y luego solucionamos lo tuyo”. Y lo curioso es que al día siguiente la niña lleva su cinta azul pavo real con letras rojo bermellón en relieve, mientras a ti de camino al trabajo no te queda otra que musitar: “La Virgen del Pilar diceeee, que no quiere ser francesaaaa, que quiere ser capitana de la tropa aragonesaaaa.”.

Y qué referir de ese posgrado que cursamos con deleite reaprendiendo ríos, cordilleras, capitales de Europa y lo que se tercie (“la religión que la estudie contigo, cariño, que a ti se te da mejor”), en español, en inglés o en paquistaní.

Por no hablar de nuestro común gusto por el ahorro en sillones a costa de no poner las posaderas en ninguno durante toda la semana porque, a falta de otras cosas, lo que nos complace, nos seduce, nos arrebata a las madres es estar de pie, que dicen que así riega mejor la cabeza.

Una es madre aun en ese único sábado al año reservado para estar con las amigas del colegio. “Ahora vuelvo y me tomo el postre, que voy a llevar al niño a un cumpleaños”, “uy, perdonadme, os tengo que dejar que tengo que comprar terrones de azúcar para hacer con mi niño un iglú que tiene que presentar el lunes”. “Vengo enseguida, que voy a recoger al niño del cumpleaños”.

Claro que quien no ejerce de madre, ejerce de hija. Como yo, que dejé a mis niños al cuidado excelso de su padre y me fui yo solita en autobús para encontrarme con mis amigas y mis profesoras del cole. ¡Qué felicidad, qué descanso! 500 kilómetros de ida y 500 de vuelta sentadita sin hacer nada, absolutamente nada. Eso sí que es reposar, al menos físicamente, porque claro, una cree que a sus 42 años ya no tiene que pasar por ciertas cosas, pero ¡no! Mi madre es de las que ejerce siempre. Por eso al llegar me preparó una frugal cena que paso a detallar: gambones a la plancha, langostinos, mejillones al vapor, pastel de salmón, hojaldre relleno, aceitunas varias, berenjenas en escabeche, ensalada césar, tocino de cielo. (“Come, que estás más delgada”). Todo para mí solita.

Tanta cocina debió de enajenarla transitoriamente porque a pesar de que le había advertido que la comida colegial tendría merienda, cena y recena, mi móvil comenzó a echar humo a partir de las 11 de la noche: “No te muevas de ahí, que ahora mismo va tu padre a por tiiiii”, “no te vuelvas sooooola”, “cógete un taaaaaxi”, “¡¿pero dónde estááááás?!”. Cuatro llamadas como cuatro soles que me hicieron retroceder casi 30 años a mi época de colegiala. Si es que mi madre está en todo, quería que me mimetizase con el objetivo de la reunión. Hacerme sentir una adolescente. Y lo consiguió. Vaya que si lo consiguió.

Tengo que confesar que en esas doce horas que estuvimos juntas también hablamos de hombres, esa especie rara e intercambiable que va apagando luces o calefacciones por la casa, que se pelea con la tele al ver el telediario, que no sabe hacer la “o” con un canuto, que le pone a tu hija unos pantalones fucsia con un forro polar rojo y un jersey marrón (sic) cuando tú estás fuera. Igualitos. Son todos igualitos. Como separados al nacer.

Después de este fin de semana vengo henchida (gracias a mi madre) y con la conciencia clara de que la infancia es el paraíso perdido que se puede recuperar a pesar de los años. Mis amigas del cole y yo lo sabemos, por eso hemos quedado a perpetuidad el último sábado de noviembre de cada año. Para recorrer de nuevo el colegio, para cantar el Mil Albricias en la capilla, para recordar el inicio de nuestra vida juntas y permitirnos un día de máxima y despreocupada felicidad. Que digo yo, que nos lo vamos mereciendo.

Terry Gragera
@terrygragera